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Beatriz de Majo

En nombre de las libertades

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Una revisión de la historia de los últimos 20 años nos muestra la manera como el mundo islámico reacciona frente a lo que consideran una humillación flagrante, una burla de su figura cimera –el profeta Mohamed– o simplemente un menosprecio a su religión y sus costumbres. Encendidas protestas del islamismo militante han sido la respuesta ante diferentes casos de visibilidad mundial que han despertado su ira en estas 2 décadas.

Las violentas manifestaciones de la semana pasada que contagiaron a 30 países en el mundo no son sino un episodio más de esta repulsa. La comunidad islámica siente que el respeto por la libertad de pensamiento y de expresión, principios que son fundamentales en los países demócratas del mundo occidental, y particularmente en Estados Unidos, carecen de un legítimo valor social cuando tales libertades son usadas para mancillar los sentimientos, los apegos religiosos ajenos, y cuando pisotean la imagen de los líderes espirituales de terceros, en este caso de la comunidad musulmana.

Razón objetiva no les falta. El irreverente video colgado en Youtube a mediados de julio es irrespetuoso, agresivo y alevoso. En 14 minutos este tráiler anuncia la llegada de un largometraje que no puede ser otra cosa que otra versión aún más vulgar, perversa y mentirosa. En su esencia, este trabajo fílmico ha sido diseñado para ofender una religión y para pisotear y destruir la imagen su máxima figura espiritual.
El papa Benedicto XVI se ha sumado a una causa justa que no tiene discusión posible: la del respeto a la diversidad de credos. Es evidente que a los representantes del islam no les asiste la razón al expresar su desacuerdo de manera violenta como ha sido el caso esta vez. Han quedado heridos y muertos en muchos lugares reclamando respeto a sus creencias. Pero esta ocasión debe ser buena para poner de relieve un tema que debería ser objeto de una seria reflexión a escala planetaria. ¿Pueden las libertades defendidas por la humanidad carecer de fronteras?

La realidad es que la libertad de expresión, en este caso particular, se ha transformado en una licencia que avala atrocidades. El irrespeto de las creencias ajenas ha demostrado ser capaz de inflamar los ánimos y concitar acciones colectivas criminales de quienes han sido irritados hasta los extremos de no controlar su ira ni hacer razonar a sus seguidores. La observancia sin restricciones de tales derechos puede constituirse en una licencia para ofender, en una desviación del mismo principio que se pretende preservar. Es esta una contradicción que es necesario resolver.

De la misma manera como la apología del Holocausto es considerada una ofensa criminal y las leyes en algunos países europeos la sanciona penalmente, un régimen legal que prohíba los insultos a todos los profetas podría ser una salida airosa para apoyar el respeto a una religión practicada por 1.500 millones de ciudadanos del mundo.