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Juan Pablo Gómez

La noche del 26 de septiembre

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“El verdadero odio es el desinterés, y el asesinato perfecto es el olvido”.

Georges Bernanos

Conocida y sonada en todo el mundo, la masacre ocurrida la noche del 26 de septiembre en la localidad de Iguala, estado de Guerrero, en México, sigue siendo una afrenta indescriptible para toda la humanidad. Muchos suelen objetar que los asesinatos son prácticas comunes en el continente y no comprenden por qué la masacre de Iguala merece mayor atención que otras barbaridades que se cometen a diario en estas latitudes. Razón no les faltaría. Pero habría que estudiar a fondo las circunstancias del crimen de Ayotzinapa para intentar entrever qué ha ocasionado el saludable espanto de sentir un profundo horror ante este suceso en particular. Digo “saludable” porque la conmoción sigue siendo un síntoma de que todavía la sociedad en su mayoría rechaza hechos abominables como este.

Durante años he ejercido la docencia en varios niveles: educación secundaria, universitaria y posgrado. He conocido a muchísimos estudiantes valiosos, brillantes y talentosos. Pero jamás encontré a uno solo que anhelara ser profesor o maestro. Incluso aquellos que terminaron siéndolo, no lo tenían en sus planes iniciales ni formaba parte de sus ambiciones profesionales. Ser maestro o profesor es uno de los oficios más degradados y despreciados por nuestra sociedad. Basta conocer la remuneración de este gremio para constatar el trato al que está sometido. Por eso siento una especial predilección por gente que decide ejercer el oficio de todos modos. Y quiero diferenciar a los que lo deciden de los que terminaron dedicándose a eso, un poco como quien no quiere la cosa (que son muchos).

Los 43 estudiantes asesinados de Ayotzinapa querían ser maestros. Eran muchachos humildes que habían decidido estudiar para luego enseñar a los niños de las escuelas rurales de la región. Es decir, pobres que decidieron ser maestros de otros pobres. Difícil imaginar gente más valiosa para nuestra sociedad y nuestro mundo. Los acontecimientos son confusos debido a las circunstancias escabrosas que rodean a una sociedad que convive con el crimen organizado en todas sus vertientes posibles. Los hechos probablemente nunca se aclararán del todo. Pero según la información dada por la procuraduría, al parecer, estos muchachos normalistas (estudiantes para ser maestros) habían decidido llevar a cabo una serie de protestas en un acto en Iguala que consistía en una especie de rendición de cuentas de la esposa del alcalde, llamada María de los Ángeles Pineda, de su gestión como directora local del sistema nacional para el desarrollo integral de la familia (más cinismo imposible). El alcalde de Iguala, José Luis Abarca, enfurecido con esta pretensión de protesta ordena reprimir y apresar a los estudiantes, quienes habían demostrado ser disidentes y ocasionar disturbios en ocasiones anteriores (¿puede alguien no ser disidente en un medio así?).

El terrible balance consistió en 6 personas muertas (2 de ellos normalistas), 27 heridos y 43 estudiantes detenidos. Luego, la policía local, por orden del alcalde, entrega a los estudiantes detenidos al grupo criminal Guerreros Unidos y estos terminan llevando hacinados a los 43 estudiantes a un barranco. Durante el trayecto murieron 15 por asfixia, los otros 28 estudiantes fueron interrogados antes de recibir, cada uno, un disparo en la cabeza. Luego, lanzaron todos los cadáveres a una fosa. Luego, encendieron fuego para calcinar los restos. Luego, trituraron los huesos. Solo se nos ocurre la palabra horror para hablar de esto. Pero el horror no culmina allí. Durante la búsqueda de los cuerpos se hallaron, por casualidad, dos fosas comunes: en una había 8 cadáveres y en otra hallaron 4 más. Ninguno de estos tiene nada que ver con los estudiantes.

El cuadro deja una sensación desoladora. Al mismo tiempo, se ventilaron las relaciones estrechas entre grupos criminales vinculados al narcotráfico y el matrimonio Abarca que gobernaba Iguala. Ver los rostros cínicos de estos sujetos una vez que fueron apresados es suficiente para corroborar las limitaciones de series de televisión como Breaking Bad en la creación de sus personajes. México ya no pudo ocultar más su desastre nacional: todo el país está a merced del narcotráfico y del crimen organizado. No hay estrato ni ámbito de la sociedad que no esté penetrado por un flagelo que ya es muy difícil de controlar. La realidad nefasta de esta situación llevó al presidente uruguayo Pepe Mujica a decir que México “era un Estado fallido”. Importante que sea justamente Mujica, el más prestigioso de nuestros presidentes latinoamericanos quien lo diga, pues es el único que verdaderamente hace lo que pregona. Y aunque después rectificara y matizara sus afirmaciones por razones políticas, dijo lo que todos pensamos. El mismo Mujica no comprende por qué se habla tanto de su estilo de vida humilde, de su vivienda modesta y de su Volkswagen escarabajo: “El mundo tiene que estar muy mal para que eso llame la atención”.

No podemos soslayar que en Venezuela en el año 2013 murieron 25.000 personas a causa de la violencia criminal. Es probable que 2014 supere esas lamentables cifras. Cuando una sociedad pierde respeto e interés por la vida, lo justo sería hablar de Estado fallido. Quizás la señal más inequívoca del Horror con mayúscula sea perder la capacidad de asombro e indignación, y simplemente “acostumbrarse a todo”.