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Luis Pedro España

Una noche de encuestas

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No es nada difícil imaginarse la reunión donde le informaron al gobierno que 52% de la población evaluó la situación general del país como mala o muy mala; 63% consideró que la situación económica comparada con la del año pasado es mala o muy mala; 57% cree que el presidente Maduro es el responsable de los problemas del país y, como guinda traviesa (porque no hay elecciones presidenciales a la vista); 45% votaría por Capriles y sólo 39% por Maduro si hubieran elecciones el próximo domingo.
Ante el deslave, palabras más y adjetivos menos, el garrote es la respuesta. La principal diferencia entre el gobierno anterior y el actual es la popularidad. El presidente Chávez coqueteo con la democracia electoral (esa que no existe en el “mar de la felicidad”) porque en ninguna de las encuestas serias (que eran por las que se guiaban) sus aceptación popular fue menor a 55%, al menos desde 2004 hasta su última reelección.
A la presente administración no le acompaña la misma estrella. Podríamos hipotetizar sobre las causas del deslave y, lo que es peor, de la imposibilidad de levantar la cuesta sin que medie un nacer de nuevo a costa de un embarazo tan riesgoso que comprometería el nacimiento de la nueva criatura gubernamental. Pero resulta más útil ir directo a las conclusiones para entender lo que nos esta pasando.
Imposibilitados de reinventarse, y con el rancho ardiendo, sólo queda una explicación que a su vez conduce al sendero actual. El propio presidente Chávez dijo una vez que si no fuera por culpa de los medios de comunicación su popularidad sería de 80%. Si lo malo no se conociera o si se expusieran más las virtudes del gobierno, o lo que es lo mismo, si se dijera lo que cualquier gobierno gusta de escuchar, antes de lo que el pueblo esta sintiendo o padeciendo, pues entonces no habría motivo para la critica y menos para la oposición.
Pero aún más grave, a esta sociedad medio abierta que heredaron los gobernantes actuales, les salió liderazgo y una alternativa con la cual lidiar ante los problemas que, por más que se excusen, siguen intactos u empeorados según el caso. No sólo es que estamos en crisis, y ella es culpa del gobierno, sino que la mayoría de la población parece creer que con los actuales administradores no hay salida.
Con esta ecuación la única solución revolucionaria es apelar a la represión, bajo sus formas modernas de invisibilidad y criminalización. Cualquiera que le preste un servicio político, financiero, intelectual, organizativo o incluso de simple proveedor, téngalo por seguro, será candidato a la presión del gigante con pies de barro en que se ha convertido el gobierno y todas las instituciones del Estado que están a su servicio.
En este contexto las elecciones de alcaldes son fundamentales. Bien para que el gobierno se reinvente y acepte el juego que ha servido de base a la convivencia venezolana de los últimos años o, por el contrario, para que siga empeñado en el desconocimiento de las instituciones por considerarlas liberales o descalificar a la elecciones como forma de sucesión del poder por carnestolendas (en palabras del propio presidente), dando paso a cualquier otro método que los atornille pretendiendo ignorar lo que digan o piensen los venezolanos, en lo que seguramente será otra noche de encuestas... en contra.