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S:D:B Alejandro Moreno

Los niños en la violencia

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Cecodap en su último informe, el que corresponde al año 2011, recoge 4.107 casos de niños y adolescentes víctimas de muy variados tipos de violencia, entre ellos 659 homicidios, 52 por obra de funcionarios. Las muertes de menores han pasado de 20 en 1992 a la impactante cifra actual. Si excluimos los adolescentes, los niños heridos por armas de fuego fueron 261. Son números que no tienen nada de frialdad aritmética. Son números calientes impregnados de dolor y espanto. Pero hay más. ¿Cuántos niños han sido y son no sólo víctimas sino también espectadores de las peores atrocidades, participantes aterradoramente atrapados en escenas y acontecimientos criminales? El referido informe nos habla de nueve tiroteos desencadenados en planteles educativos. En Valencia más de treinta niños entre 10 y 12 años recibían una “cátedra de terror”, como dice la reportera, en su aula, contemplando cómo su maestra arrodillada y pidiendo que no la matara era brutalmente golpeada y bañada en sangre por la pistola que manejaba un conocido hampón llegado a la escuela para robar. Se nos dice que comenzaron a llorar y a gritar pero nada se nos puede decir de lo que realmente pasaba en el interior de sus mentes y de sus corazones. En Petare unos malandros asesinan a dos agentes policiales delante de un niño de 2 y otro de 6 años de edad. ¿Dejaron a los niños de la comunidad fuera del estadio quienes en él rociaron con gasolina y quemaron vivo al hampón que había cometido un horrendo crimen? Seguramente no. Los niños forman siempre parte curiosa de toda turba que se concentra y actúa. ¿Qué decir de aquellos que presencian impotentes el asesinato de sus propios padres, familiares y vecinos? ¿Alguien los ha contado? ¿Cuál es el porcentaje de los que vivencian la peor violencia en el momento de suceder y en sus resultados sangrientos? El impacto que todo acto violento produce en un niño sea que participe sólo como espectador sea que forme parte obligado, impotente y pasivo de la escena, siempre será muy difícil de calibrar en totalidad y profundidad. En algunos casos podemos intuir algo por los efectos visibles sobre la conducta manifiesta: paralización casi catatónica, pesadillas, terrores nocturnos, retraimiento así como también agresividad paranoide o francamente paranoica, violencia defensiva y en el peor de los casos manifiesta tendencia y decisión tomada a identificarse con los agresores observados quienes siempre de uno u otro modo resultan en lo inmediato exitosos en sus criminales actuaciones. Rangel, director de Incosec, afirma que no hubo ningún detenido en el 92% de los homicidios reportados durante 2011. Impunidad como éxito total. Lo que estamos hoy viviendo es que muchos, demasiados, de nuestros niños no sólo padecen violencia sino que están en la violencia. La violencia los envuelve, los arropa, se convierte en el clima social y humano que forma su verdadero ambiente, lo que respiran y se va inoculando con el oxígeno vital en su sangre. Algunos tendrán suficiente fuerza defensiva en la estructura personal que un ámbito familiar cálida y amorosamente experimentado ha forjado en ellos para superar esos impactos dañinos, pero en otros esas traumáticas experiencias los irán fabricando desde dentro como futuros reproductores de las mismas acciones vivenciadas.

La violencia ya no es asunto de jóvenes y adultos empedernidos. Ha invadido todas las capas de la sociedad y todas las edades. Aceleradamente lleva camino de asfixiarnos a todos. Si no se la detiene, nadie tendrá defensa. Se podrán prohibir hipócritamente los juegos online. ¿Cuándo prohibirán con hechos y no solas palabras esta realidad?