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Sergio Ramírez

Los niños se van

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Hay una fantasmagoría recurrente, a la cual terminamos dando la espalda de tanto que se repite, y es la de ese ejército de emigrantes centroamericanos que tratan con permanente terquedad de alcanzar la frontera mexicana con Estados Unidos, a riesgo de maltratos, secuestros, extorsiones, humillaciones, y sobre todo, a riesgo de la vida. Es un viaje épico, pero la épica se construye con nombre de héroes, y estos héroes del infortunio, dispuestos a alcanzar la tierra prometida a cualquier precio, no tienen nombre.

Los trenes de carga en el que hacen una parte del trayecto desde el sur de México, apiñados en los estribos y en el lomo de los vagones, han sido bautizados como el tren de la muerte, pues es poco menos que un viaje por el infierno a través del paisaje desolado y hostil que necesitan atravesar para llegar al paraíso; un viaje al que muchos de esos pasajeros anónimos e indocumentados, que han dejado todo atrás, no sobrevivirán, desnucados a consecuencia de una caída del tren, machacados por las ruedas, asesinados en las estaciones del trayecto. Desaparecidos.

Nunca nadie llegó a imaginar que secuestrar pobres y extorsionarlos, hacerlos víctimas de represalias, tortura y asesinatos, convertirlos en toda una industria de centenares de millones de dólares, sus vidas sometidas al arbitrio de las bandas criminales que los acechan en cada recodo del camino, pudiera llegar a ser posible. Lo es. El tráfico de emigrantes en manos de los “coyotes”, al lado de los beneficios de las organizaciones criminales que se lucran de los secuestros, del trabajo esclavo a que los someten, y de la prostitución, se coloca inmediatamente después del tráfico de las drogas en cuanto a rentabilidad.

Ahora un fenómeno inusitado rompe con nuestra desidia y nos hace volver la cabeza hacia los caminos que transitan los emigrantes. De pronto nos damos cuenta de que en lo que va de este año, cerca de 50.000 niños dejaron sus hogares, la mayoría de ellos solos, y emprendieron el camino hacia la frontera de las ilusiones, en la malsana compañía de los “coyotes”.

Estos son los que lograron llegar a territorio de Estados Unidos. Otros miles se hayan en albergues humanitarios en México, o en camino. Y se han convertido en un problema de Estado. Un problema de seguridad nacional, afirma el gobierno de Estados Unidos. La mayoría de ellos proviene de Guatemala, El Salvador y Honduras, y en un porcentaje menor, de Nicaragua. La primera dama de Honduras ha visitado los campamentos donde se hallan confinados en Texas, uno de tantos lugares donde han sido recluidos en espera de los trámites legales de su deportación, y los presidentes centroamericanos se han ocupado del tema en la reciente cumbre celebrada en República Dominicana.

Crisis migratoria. Crisis humanitaria. Nos olvidamos de que, antes de nada, se trata de una crisis ética. Es cierto que quienes manejan el multimillonario negocio de la emigración ilegal han hallado un nuevo filón con la exportación de niños, y por eso han propagado la especie de que recibirían una admisión de trámites rápidos en Estados Unidos donde podrían reunirse con sus familiares, o facilitar que sus familiares fueran admitidos tras ellos. ¿Pero en qué condiciones vivían estos niños en sus propios países, antes de ponerse en marcha a lo largo de miles de kilómetros hacia la frontera que sus mayores han buscado de manera tan persistente antes que ellos?

Estos pequeños Ulises viven su propia aventura épica andando por veredas ocultas, pero nadie cantará sus hazañas. Subidos al tren de la muerte, mendigando, expuestos a abusos y violaciones, y también a perder la vida que apenas empiezan a vivir, son hijos de la miseria y el desamparo, y eso es de lo primero que nos olvidamos. Olvidamos que las sociedades en que nacieron siguen siendo injustas, divididas entre quienes tienen mucho, o demasiado, y quienes viven al margen porque no tienen oportunidades, mientras la clase media se deteriora. Y estos niños que emigran, y que serán deportados masivamente y devueltos a los lugares donde iniciaron su éxodo, nacieron sin oportunidades y por eso van a buscarlas lejos. Las simples oportunidades de educación, trabajo, llegar a tener una vida digna.

El Informe Mundial de la Ultrarriqueza 2012/2013, presentado por la compañía Wealth X de Singapur, revela que el número de millonarios ha crecido en los países centroamericanos de donde parten al exilio forzado los niños de esta amarga historia, expulsados de sus hogares por la pobreza. Tenemos unos 800 millonarios, y el crecimiento de sus fortunas en apenas un año suma, entre todos ellos, 10.000 millones de dólares. Semejante incremento se equipara al producto interno bruto de esos mismos países. En Nicaragua, por ejemplo, esa riqueza personal suma 27.000 millones de dólares, mientras el PIB es apenas superior a 10.000 millones de dólares. Llamativa paradoja: un puñado de personas son más ricas que el propio país.

¿Prosperidad? Estas cifras no serían tan escandalosas si la acumulación de riqueza diera señales de ser una palanca de transformación, ayudando a traer bienestar a los demás, a los que viven con menos de dos dólares al día, que son la mitad de la población. Estos miles de niños que esperan juicios de deportación en Estados Unidos demuestran todo lo contrario. Demuestran el fracaso. Vivimos en sociedades que han fracasado en crear equidad y justicia distributiva. Y el poder político, cualquiera que sea su signo, es responsable de ese fracaso ético.

Muchos de estos pequeños, en los campamentos donde se encuentran recluidos en Texas, Arizona y California, declaran, al ser preguntados por los motivos de su largo y azaroso viaje para llegar a las puertas del paraíso que no se abren para ellos, que venían tras una vida distinta. Unos quisieran conocer Disneylandia. Otros comerse una hamburguesa. Hay quienes elaboran un poco más: “Allí hay trabajo, se puede comer y tener casa, allí todo es barato…”, dice uno de ellos.

Otro simplemente dice que fue para no morirse de hambre.

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