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Mauricio Palacios

Ninguno

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En un ensayo del escritor noruego Stig Sæterbakken (Myheartbelongs to Europe. Thereforeitisbroken), respecto a la cuestión de si existe una literatura europea o noruega (en lugar de una literatura occidental o universal), se refiere a sí mismo como “Ninguno”. Refiere que él, como escritor tanto como lector, pierde su identidad en la literatura. “Ninguno” es la respuesta que Ulises le da al cíclope en la Odisea. Dice Stig Sæterbakken en el mismo ensayo que el acto literario en sí, lectura y escritura, implica, como dice Rimbaud, ser “otro”.

“Ninguno” sería un buen calificativo para alguien cuando pasa más tiempo dedicado a la lectura que a actividades más reales, más a la intemperie o más sociales. En la historia de la literatura existieron autores de esta índole: Edgard Allan Poe, Lewis Carroll, Jorge Luis Borges, Howard Philips Lovecraft. Escritores que supieron hacer literatura de sus ensoñaciones, sus infancias infelices, sus fantasías de mundos oscuros y herméticos, mundos a través del espejo y mundos ideales imaginarios. Eran “Ninguno” y al mismo tiempo contenían continentes. Desde la ceguera, la locura o el encierro pudieron dar con la clave, con la forma, con las palabras. Como Homero, en su ceguera e inmovilidad, estos escritores tuvieron más la mente en la épica de las palabras y la imaginación que en sus propias vidas, fueron otros a través de la palabra, y quizá hasta hubieran deseado ser otros en la vida real.

Porque principalmente la literatura permite la capacidad de ser “otro”. Desde la literatura podemos estar en tiempos remotos, en el futuro, en versiones alteradas del tiempo. Podemos identificarnos o ponernos en los zapatos de personajes que en la vida real encontraríamos despreciables, como el escritor de Muerte en Venecia. Allí los criminales se vuelven hermanos, los traidores se comprenden (Tema del traidor y el héroe de Borges), el suicidio del personaje se siente como el propio (Las desventuras del joven Wherter de Goethe).

La literatura, aunque en el siglo XIX haya intentado dar identidad en numerosos países, sobre todo latinoamericanos, más que dar identidad, la borra. No en el sentido de la globalización como algo hegemónico que nos dice qué pensar, sino como un verdadero laberinto de ideas, mundos y personajes. Uno pierde el ahora, el momento inmediato durante el tiempo de la lectura y va a ese otro momento, a un mundo aparte. Siempre se vuelve a los buenos libros o a los clásicos no tanto porque sea obligatorio o porque estén en un canon, como porque lo que tenían que decir y mostrar esos libros aún tiene por mostrarnos.

Ese ser ninguno, ese ponernos en los zapatos del otro, puede permitir, así sea durante unos instantes o al menos durante la lectura, la empatía. Una empatía que en mayor o menor medida se ejercita, se extiende hacia personas por las que normalmente no sentiríamos nada. Se ejercita la imaginación y también las posibilidades. Uno vive varias vidas a través de lo que lee como si se desdoblara en otros. Un lector tiene la vida de cuantos libros haya leído. Incluso de volverlas a revivir en cada relectura. Es muchos y al mismo tiempo es “Ninguno”, como si a cada nuevo libro abierto se le sumara otra capa a su persona y se le borrara una partícula de sí mismo.