• Caracas (Venezuela)

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Alexander Cambero

Cuatro niñas y una muñeca

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Cuba es la demostración del fracaso del sistema comunista. Un país arruinado hasta en la médula, con sus habitantes viviendo en una maraña totalitaria, en donde están atrapados todos, solo puede exhibir resultados patéticos para un pueblo secuestrado por unos rufianes en nombre del socialismo. Su gente tiene que hacer maromas para comer. Las jóvenes se prostituyen en la búsqueda de algún dinero que haga posible llevar algo a casa.

Son el tierno bocado que se ofrece a turistas que desean compañía bajo el ardiente sol de las Antillas. Sus calles están en ruinas, como si por un incesante bombardeo fuera destruido su rostro polvoriento.

La libertad y el derecho a pensar de manera autónoma y sin cortapisas tienen una enorme dificultad. Es un pueblo que sabe guardar celosamente sus pensamientos. Cualquier comentario surgido en alguna conversación informal los puede llevar a la cárcel. Su resentimiento brutal está oculto tras su mirada de profunda tristeza.

Más de cincuenta años de un burdo experimento muestran un resultado catastrófico que desean repetir en nuestra nación (Venezuela). Así que saber callar es un mecanismo que siempre se aplica cuando se está secuestrado por regímenes de corte totalitario. Es la siniestra mano que aprieta la yugular de un pueblo sumido en la oscuridad de la cortina de hierro. Vemos entonces a los ciudadanos vivir en su propio presidio existencial, encarcelados en una turbación que los comprime.

Existen pinceladas del común que hablan de la hecatombe que ha sufrido el pueblo cubano al fragor del socialismo totalitario. Hace algunos días, una agencia internacional de noticias nos mostraba una foto de cuatro niñas jugando con una vieja muñeca. Averiguamos un poco más y obtuvimos datos más precisos.
Una casa en ruinas que se cayó por falta de mantenimiento casi aplasta a las hermanitas Urrutia. Entre los escombros de la antigua residencia, ubicada en la vereda sexta n- 34 del asentamiento San Francisco de Paula en La Habana, apareció una vieja muñeca sin brazos ni piernas. Las niñas estaban felices al tener un juguete por primera vez en sus vidas.

Una alegría en medio de la miseria espantosa. Aquel promontorio de adobes esparcidos entre colchones viejos trajo consigo aquel juguete olvidado durante décadas, pero que todavía podía arrancar las tiernas sonrisas de la inocencia.

Las cuatro niñas rodearon su regalo inesperado. Sus padres compungidos observaban que lo poco que tenían yacía en el montón de tierra. Ahora les tocaba tener que bajar mucho más en el escalafón de la penuria extrema. Sin enseres ni comida, solo con la buenaventura de sus cuatro niñas milagrosamente con vida, y una muñeca maltrecha que apareció para distraer la necesidad de aquellas olvidadas de la revolución.

Una vecina les regaló un carapacho de pollo y así resolvieron la primera comida de aquel fatídico lunes. Las niñas siguieron con su primer juguete en sus vidas; se mostraban dichosas. Desde la tierna infancia comenzaron a descubrir que más allá del hambre está la esperanza de poder sonreír y jugar en medio de condiciones desoladoras.