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Beatriz de Majo

El negoción transfronterizo

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Los vecinos colombianos se la están agenciando para sacarle provecho al exabrupto gubernamental que representa la liquidación forzada de inventarios venezolanos a precio de gallina flaca, so pretexto de estar combatiendo la especulación de “la oligarquía parasitaria”. Los comercios de frontera han tenido inmensas colas para la adquisición de todo tipo de artículos que van a parar al otro lado de la frontera para la reventa o uso personal.

Los carros van y vienen de Cúcuta a San Antonio para comprar y llevarse instalados dos pares de nuevos cauchos que son revendidos del otro lado. Cualquiera que transite esa frontera no lo hace con las manos vacías de aquí para allá. Un kilo de harina de maíz se puede comprar por un décimo del valor que tendría en un almacén de Colombia y eso no es más que un ejemplo.

Desde el país vecino y a través de las fronteras de Táchira y Zulia atraviesan camiones de carga que recorren el país, haciéndose parte de la rebatiña oficial y buscando las gangas en electrodomésticos y artículos del hogar, ropa, comida, motos, lanchas, lo que sea, de manera de revenderlas a precios atractivos para los de al lado, bastante más bajos que los que se practican en Colombia, y todo ello después de haber cancelado, las más de las veces, el peaje de rigor a quienes corresponde vigilar la frontera.

En otra época, el gobierno vecino habría exteriorizado malestar por la evidente competencia desleal, pero Juan Manuel Santos, con su popularidad en alza, tiene otras cosas en las que pensar. Los empresarios de más allá del Arauca están acusando el golpe de tal desaguisado, pero antes de que su queja sea atendida por las autoridades neogranadinas, en pleno proceso electoral, los inventarios de los comerciantes venezolanos habrán desaparecido.

Es que el negocio de moda entre los dos países es el de venir a comprar a Venezuela con pesos duros. Es un hecho conocido que el enorme retroceso de la tasa “innombrable” la semana pasada, se originó por la monstruosa demanda de bolívares que se produjo en la frontera para que los que saben sacar cuentas vinieran a nuestro territorio a hacerse de todo cuanto podían comprar. Es que incluso poniendo a un lado las forzadas rebajas, el solo diferencial cambiario ha convertido a Venezuela en el paraíso de las compras.

Los colombianos no hacen otra cosa que aprovechar –y con razón– la colosal distorsión cambiaria provocada en nuestro país gracias a un control de cambio absurdo, inoperante y lesivo de nuestra propia economía.

Otro ejemplo: los traslados de dinero a Colombia de sus ciudadanos en Venezuela, a través de las remesas, están siendo utilizados masivamente. Existe un soterrado mercado de “compra de cedulas de residente” que permite, a quien la tenga, recircular los dólares de las remesas legales al cambio oficial de la divisa Cadivi, para devolverla a Venezuela a la tasa de cambio innombrable, para ganar mediante la operación 3,7 veces el valor de lo invertido. ¿Quién puede resistirse ante la tentación de la ganancia fácil que representa invertir 2.000 bolívares en remesas totalmente lícitas y llevarlos en horas a 22.000 bolívares?

Este año las ventas colombianas a Venezuela y viceversa, a pesar de la entente cordiale de los dos presidentes “mejores amigos” seguirá por el suelo .Las cifras no llegarán a guarismos dignos de ser cacareadas porque alcanzarán, si acaso, a menos de un tercio de lo que ambos países comercializaban hace 5 o 6 años. Así, la binacionalidad está en el peor de los mundos: no crece ni se consolida, pero eso sí se mantiene entretenida.