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Antonio Sánchez García

Aquel nefasto 4 de febrero de 1992

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De modo que lo que hoy celebran actores y herederos de la felonía, cometida con la mayor cobardía, en despoblado y con alevosía, sin correr el menor riesgo de pagar el crimen con la vida ante la alcahuetería, complicidad y aplauso de todos los sectores nacionales involucrados, fue un crimen a mansalva. Una muerte anunciada. El cadáver yace ante nosotros: el pestilente y sórdido despojo de una nación desarbolada.


A Carlos Andrés Pérez, in memóriam


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Las tragedias son tanto más nefandas cuanto más estúpidas, evitables y anunciadas. El domingo 17 de noviembre de 1991, El Nacional impactaba con una apocalíptica primera página en que sobre una foto a tres columnas que mostraba al director del periódico, el hoy exiliado periodista Alfredo Peña, entrevistando al fallecido gurú de la exclusiva y elitesca cofradía de los Notables, se leía el aterrador titular: “Arturo Uslar Pietri: Venezuela se desintegra y puede haber un golpe de Estado”.

La primera parte de la oración era una infamia, una falacia indigna de quien fuera preciado como el intelectual más prestigioso y afamado del siglo XX venezolano. Uslar Pietri mentía con su cara de santón in pártibus: ese año de 1991 el crecimiento del PIB alcanzaba 10% –uno de los registros más espectaculares de su histori–, el desempleo se reducía a 6%, el más bajo de la región y uno de los más bajos del mundo, la tasa de conflictos sociales no llegaba a 1% de los que azotan hoy a la sociedad venezolana, si se exceptúa el motín del 27-F, casualmente escenificado luego de la visita del viejo tirano caribeño y en rigor más un coletazo del período Lusinchi que un aldabonazo de un gobierno que no terminaba de tomar posesión del cargo.

Venezuela no se desmoronaba. Muy por el contrario. Como se lo destacara en el Foro de Davos, Suiza, a pocas horas de desatarse la infamia, no solo había cumplido cabalmente los propósitos anunciados al comienzo del período por el equipo económico de gobierno, sino que auguraba un desarrollo sustentado en el saneamiento de las perversas taras heredadas del populismo clientelar lusinchista –clásico exponente de AD, el partido que culminara el trabajo de zapa iniciado por nuestro páter familia defenestrando pocos años después a uno de sus prohombres y abriendo los portones a las consecuencias del anunciado golpe de Estado, segunda parte de la oración. Alentado por un grupo de notables economistas y politólogos, Venezuela se asomaba a un nuevo ciclo del desarrollo económico social en América Latina y, si no se interponían los imponderables, podía en pocos años ponerse a la cabeza del desarrollo regional. El lugar que hoy ocupan Chile, Colombia, Perú.

Todo esto era perfectamente sabido por Uslar Pietri, un hombre que luego de dejar los gobiernos del posgomecismo cobijó sus desvelos literarios en la empresa privada, ocupaba puestos directivos en compañías de seguro y poderosos conglomerados financieros y debía tener perfecta conciencia de que el país se enrumbaba precisamente por la senda del sembradío del petróleo por el que él había pugnado desde sus tiempos de funcionario ministerial de los gobiernos de López Contreras y Medina Angarita. Si es que la frase que se le atribuía no pertenece en rigor, como muchos sospechan, a César Zumeta.

La sinceración de la economía, el drástico fin del control cambiario y las facilidades ofrecidas a la actividad económica mediante la liquidación de los engorrosos trámites y cortapisas de todo orden que lastraban el emprendimiento, le habían asestado un golpe mortal al principal factor de corrupción y enriquecimiento ilícito de la sociedad venezolana desde los tiempos del Viernes Negro y Luis Herrera Campins: el control cambiario, que alcanzara con Lusinchi cotas nada despreciables con el invento de Recadi y su chinito cabeza de turco.

La descentralización impulsada desde el gobierno acompañaba ese extraordinario esfuerzo modernizador de nuestra democracia. Nada había alterado la política social con sus hogares de cuidados diarios y fuertes subsidios a los sectores más desfavorecidos de la población. De modo que el desmoronamiento anunciado con bombos y platillos por el titiritero del golpismo venezolano no era más que una canallada. Era una conminación al golpe. La luz verde.


2

La segunda parte de la oración, en cambio, no era un presagio: era un propósito enmascarado en un anuncio que seguía al pie de la letra la infamia de la llamada “profecía autocumplida”.  Uslar y Peña eran personajes extraordinariamente bien informados y llevaban a cabo, plenamente conscientes del encargo, la parte más delicada de la operación facciosa que culminó dos y medio meses después con la felonía del 4 de febrero de 1992, hace hoy exactamente 22 años.  Uslar, que llevaba la batuta del acorralamiento “jurídico político” al presidente constitucional de Venezuela con exigencias absurdas y apocalípticas, costosos remitidos de prensa y sinfonías de trompetas, se sabía parte de un complot en el que militaban José Vicente Rangel, Antonio Cova, el secretario privado de Uslar, Ramón Escobar Salom y un largo etcétera de banqueros, jueces, empresarios, académicos, comunicadores, políticos y monseñores aferrados a la balsa del naufragio. Había decidido saciar todos sus rencores arrastrados desde sus frustraciones presidencialistas en el posgomecismo, cobrar con sangre y fuego las humillaciones a las que lo sometiera la Revolución de Octubre y la sentencia condenatoria del Jurado de Responsabilidad Civil y Administrativa establecido por la Junta Revolucionaria de Gobierno.  Y al parecer no estaba dispuesto a morirse sin pasar su larga y pesada factura. El “puede haber un golpe” era una hipérbole. En verdad decía sin dejar lugar a dudas: “Habrá un golpe”.

Y lo hubo. El control mediático por parte de la Venezuela facciosa impidió que nos enteráramos de las figuras civiles que formarían parte de la Junta de Gobierno de la dictadura militar que, instaurada ese mismo 4 de febrero,  hubiera sido presidida por Hugo Chávez o Francisco Arias Cárdenas, los cabecillas del siniestro atentado contra la Constitución y la democracia. Pero si Uslar no ocupaba un puesto estelar, se hubiera debido a su importancia supraterrenal. Uslar ya no estaba para ministerios o vicepresidencias. Era el propio Deus ex machina de la insurgencia emergida del más remoto y polvoriento pasado predemocrático, incluso gomecista. Su identidad con los golpistas se fundaba en la conciencia de la necesidad de volver a instaurar un gendarme necesario. De allí que, fracasado el golpe pero entronizado el golpismo que avanzaba turbulento, abiertamente y ruidoso al asalto del poder por la vía neofascista de una victoria electoral, escribiera un libro, Golpe y Estado, justificándolo. Con absoluta razón, el siempre cuidadoso, culto de lengua y templanza diplomática Simón Alberto Consalvi le declara a Ramón Hernández a veinte años del suceso: “Es el libro más hijo de puta escrito en Venezuela”.

De modo que lo que hoy celebran actores y herederos de la felonía, cometida con la mayor cobardía, en despoblado y con alevosía, sin correr el menor riesgo de pagar con la vida ante la alcahuetería, complicidad y aplauso de todos los sectores nacionales involucrados, particularmente de sus compañeros de armas, fue un crimen a mansalva.  Una muerte anunciada. El cadáver yace ante nosotros: la pestilente y sórdida inmundicia de una nación desarbolada.


3

Salvo que se pretenda glorificar a quienes instauraron la torva y aviesa dictadura imperante –que solo la cortedad de juicio de algunos opositores puede calificar de “democracia incompleta”– los resultados de la obra de notables de utilería y resabiados políticos del establecimiento, entre ellos el ex presidente de la república, que no tuvo empacho en estrangular su propia criatura con tal de volver a calentar el desvencijado sillón de Miraflores, hoy se toma por gracia la peor morisqueta de nuestra triste y desventurada historia bicentenaria: el asesinato de más de 200.000 jóvenes venezolanos, el saqueo y despilfarro de la mayor fortuna jamás habida por Venezuela –¿3 millones de millones de dólares?–, la ruindad de haciendas, fábricas, empresas y bienes, el inmisericorde saqueo y destrucción de nuestra principal industria. Y lo que se puede calificar sin exageración alguna como el más odioso crimen cometido contra la patria en sus 500 años de historia: la entrega de nuestra soberanía a una miserable tiranía del Caribe. ¿Qué pena les cabe a los culpables de esta infamia?

Ni en el más oscuro y tenebroso momento de nuestra historia bicentenaria se vivió una atrocidad semejante al descuartizamiento moral de nuestras Fuerzas Armadas. Si de alguna utilidad distinguida, la de facilitar el sometimiento colonial y amedrentar con sus armas a los patriotas que aún hoy, contra viento y marea, miran con amor y esperanza a nuestra humillada bandera. La patria, tras estos 22 años de maldad, saqueo, expolio y entreguismo yace malherida. Sobrevive en la angustia de una ciudadanía que se mantiene fiel a los principios de su nacionalidad, sin más recompensa que la amenaza de la pervertida nomenclatura que nos somete. Debemos honrarlos.

No hay razones para otra celebración que no sean el dolor, la lamentación y el llanto. El domingo recién pasado, un pequeño grupo de compatriotas tuvo el acierto, la determinación y el coraje de llamar a la rebelión contra tanta ignominia. A pesar de los pesares, lo mejor de nuestra patria guarda la capacidad de indignarse y afrontar la más colosal de las tareas: vencer al monstruo y rescatar la nacionalidad. Es nuestra honra a los caídos. Volver a ser la patria que fuimos.