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Sergio Dahbar

Si me necesitas, silba

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Apenas tenía 19 años y había aparecido en la portada de la revista Harper`s Bazaar, porque tenía el pelo rubio, los ojos verdes y una mirada enigmática que prometía demasiado. Corría el año 1943 y un director mitológico de Hollywood buscaba una cara nueva para convertirla en la estrella de una película que se basaba en un libro que había escrito un amigo suyo. Y de repente todo hizo click.

Ella se llamaba Betty Joan Perske, pero la convencerían que optara por un nombre con mayor pegada y sofisticación, Lauren Bacall. Había nacido en Brooklyn y buscaba trabajo en el séptimo arte.

El director era Howard Hawks y estuvo de acuerdo con su esposa en que esa mujer tenía un raro magnetismo con enorme potencial. Y el escritor amigo, Ernest Hemingwey, ya había aceptado que Hawks convirtiera Tener y no tener (To Have and Have not) en una trama de la Segunda Guerra Mundial, que sucede en la Martinica de Vichy.

Todo era perfecto para aprovechar el éxito inesperado de Casablanca (1942). Hacía falta una historia de amor que se construyera en medio de las tribulaciones de los personajes; un lugar exótico donde la maldad de los nazis hiciera llegar su clima de persecución; un gobierno provisional que se rendía ante el invasor; un pianista que era tierno con las mujeres; y un amigo del héroe que siempre ayuda… Y así ocurrió.

Howard Hawks se cubrió las espaldas con dos guionistas soberbios: William Faulkner y Jules Furhmann. Este último ya había impreso su nombre en el conjunto de escritores que hicieron posible Casablanca. La película fue, según el historiador del cine Otto Friedrich, un hito de 1945, año de su estreno.

Friedrich cuenta en su libro La ciudad de los redes que Hawks no tenía confianza en Bacall. No le gustaba su voz aflautada, aguda y nasal. “Le tuve que decir que hacíamos películas sobre chicas muy refinadas, que las chicas que yo quería en el set no tenían una vocecita nasal. Y concluí: lo más probable es que usted no sepa declamar los diálogos que escribimos’’.

Lo que no se esperaba Hawks era oír la siguiente frase: “Y que hago para cambiarme la voz’’. Le aconsejó que fuera a un lugar apartado y que practicara un registro bajo y ronco. Bacall tenía un Plymouth que le había costado 1900 dólares. Con él se dirigió a las afueras de la ciudad con un Best Seller de la época, La túnica sagrada, de Lloyd Douglas, que habla de Jesucristo.

Entonces comenzó a caminar por las laderas, leyendo aquel libro en voz alta. Ella misma se percató de que si la hubieran visto, le habrían recomendado el manicomio. Así construyó su voz aguda y sensual.

También aprendió de Hawks que las mujeres interesantes eran aquellas que tomaban la iniciativa. No era casual que el director entendiera que ella escondía una dosis notable de insolencia. Solo tenía que practicar.

Y lo practicó con Humphrey Bogart, en uno de los diálogos inolvidables de Tener y no tener, cuando ella lo deja en su cuarto y le dice que si la necesita, que silbe. "No tienes que decir ni hacer nada. Nada absolutamente. O quizá sólo silbar. Sabes cómo silbar, ¿no, Steve? Basta con juntar los labios y... soplar". De tanto ensayar, nació una de las historias de amor clásicas de Hollywood.

Ella acaba de morir, a los 89 años, víctima de un derrame cerebral. Sobrevivió a la muerte de Bogart, y a una vida que a medida que avanzaba se volvía una carga pesada. Hizo más de cincuenta películas y tal vez un clásico de la novela policial, El sueño eterno, sobre novela de Raymond Chandler. Otra vez la acompañó el equipo que la vio nacer como estrella: Bogart, Hawks, Faulkner, Furthman. Lo demás lo puso ella, como siempre, dejando a todos con la boca abierta.