• Caracas (Venezuela)

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Eduardo Semtei

Un necesario balance político

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Transcurrió 2013. Un buen año para el mundo opositor. Solo con recordar el controvertido resultado electoral de abril, presente en la conciencia colectiva, podemos evidenciar la existencia de un avance sustantivo e irreversible. En el peor de los casos, precisamente el que pasó, somos la mitad del electorado. Y aquella trampa, ese gigantesco fraude ya no se repetirá nunca más.

Mucho se ha hablado y debatido sobre la estrategia diseñada por Henrique Capriles. Solo los más radicales, esos mismos que viven en el exterior o que se definen como soldados de un pretendido golpe de Estado, escritores ocasionales de las redes sociales, donde, por cierto, permanecen en el anonimato, afirman que Capriles debió haber llamado a incendiar la pradera. A quemar todos las oficinas del CNE. A generar violencia y caos.  La prudencia y la paciencia fueron en aquellos momentos los mejores consejeros. El cementerio de la historia está full de cadáveres de políticos impacientes y precipitados.

El camino seleccionado de dar a conocer al mundo las irregularidades electorales, el ventajismo oficial y el abuso del poder del Estado para favorecer la candidatura oficial significó un mentís universal acerca de las bondades del socialismo del siglo XXI. Por allí anda Hans Dieterich disparando cañonazos certeros al alma pesuvista y desnudando sus inconsistencias teóricas y patrañas prácticas.

Nuestra economía tísica y débil, con una inflación desatada y un crecimiento desgarbado y raquítico nos ayuda a esclarecerles a las grandes mayorías y a los observadores del mundo que este sovietismo de nuevo cuño corroe los cimientos de la libertad y hunde en la arena movediza del desconocimiento los derechos de la propiedad privada. Esos decretos de precios supuestamente justos no dejan de ser una copia penosa y despreciable de las estrategias comerciales existentes en otros países para estimular el consumo mediante rebajas generales de precios, basta citar el Black Friday yanqui.

Las elecciones de alcaldes y concejales que apenan finalizan demostraron, otra vez, que si las grandes mayorías asisten a votar las posibilidades de éxito del gobierno y su camarilla son más remotas que lejanas. Caramba, y hay gente que esa realidad palpable, como una catedral de ladrillos, no parece percibirla. Al igual que un sapo obtuso y cegato, chocan una y otra vez contra la misma pared. Es tan sencillo el cálculo.

El neocomunismo chavista tiene un piso firme de 30% del electorado. El otro 70% es en buena parte opositor activo y en menor grado está compuesto por indolentes, flojos, irresponsables e insensatos. Es evidente entonces que si solo asiste a votar 50% del electorado, aquel 30% rojo rojito se convierte en 60% en un santiamén, y, por lo tanto, duplica su poder, no sobre la base de la constancia, el convencimiento, el buen ejemplo y un gran gobierno, sino, precisamente, por la irresponsabilidad de una mayoría que, bien pudiera decirse, valida al gobierno con su abstención.

En este largo año se consolidaron las figuras de Henrique Capriles, Henri Falcón, Leopoldo López, Antonio Ledezma, Ismael García y María Corina Machado, por solo nombrar algunos. Del otro lado de la acera el desgaste es evidente. Jaua. Diosdado. Ramírez. Arreaza no se escapan de la recia crítica de radio bemba ante la triste realidad de que los medios de comunicación ya no comunican nada. Hemos vencido las sombras.