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Gabriel Antillano

Ya nadie sabe de qué hablar

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Hace cuatro años, un amigo me invitó a ver una obra de teatro en el Celarg. La obra fue pésima y actualmente hablo muy poco con él, pero ese día, mientras esperaba su llegada entré en la Librería del Sur –esos extraños locales que tiene el gobierno para vender sus libros y con unas selecciones literarias muy curiosas– que está ubicada dentro del Celarg. Sobre el mostrador había unos folletos con las «novedades editoriales» disponibles en la librería. Tomé uno y me puse a revisarlo. Recuerdo que en ese momento quise salir corriendo de allí para tomar el primer avión a cualquier otra parte que no fuera este país –sentimiento que se ha vuelto cotidiano en mi vida.

El folleto no solo contenía la oferta editorial del establecimiento, cada libro aparecía con su portada y algunas de ellas traían encima una imagen, que semejaba un sello, que traía la cara del expresidente Hugo Chávez en una mueca de pensador y con la frase «Recomendado por el Comandante». Tanto la cara de Chávez pensativo como las letras estaban en rojo, que resaltaba en todo el folleto. Uno de los títulos, Los miserables de Victor Hugo, aparecía con su portada, una pequeña descripción y encima de todo, el sello del presidente recomendándolo. Aquello era el sello de certificación de Chávez.

Se puede decir que Chávez fue muchas cosas, pero creo que todos podemos estar de acuerdo en que no era conocido por sus conocimientos literarios. Nadie lo recuerda como un gran lector, excepto aquellos momentos gloriosos cuando hablaba de religión, Friedrich Nietzsche y Pinocho, incluyendo por supuesto alguna que otra anécdota sobre su infancia en Sabaneta.

Su recomendación de la obra de Victor Hugo no me dice nada.

El horror que sentí al ver aquellas «recomendaciones» en el folleto de la librería no fue ni la primera vez que sentía, ni sería la última.

Si algo nos ha traído la era de la globalización, el Internet, las redes sociales y las celebridades es la confusión entre información y conocimiento. En una época en la que el conocimiento es despreciado se suele otorgar poca relevancia a las áreas de conocimiento y sus especializaciones.

Es usual que las celebridades adquieran un estatus de superioridad que les permite opinar sobre cualquier cosa. Pero esta opinión también es solicitada por el público. La gente no presta atención al calentamiento global mientras quienes hablen de ello sean científicos con un alto grado de conocimiento sobre el tema en específico, lo hacen cuando una celebridad habla de ello, tenga o no un conocimiento profundo al respecto. Es lo normal. Las celebridades son los dioses del mundo moderno, siempre y cuando sean famosos; al momento que dejan de estar de moda, a nadie le interesa lo que hagan.

Las redes sociales transmiten un mensaje claro y equívoco a sus usuarios: tu opinión importa, tú importas. No parece importar si realmente esa opinión individual aporta algo sustancial.

De la misma forma, Internet hace que todos tengamos acceso, rápido y absoluto, a una cantidad abismal de información. Por ello el ciudadano común cuenta con la posibilidad de, si quiere, estar informado de todo. Como ya dije, información no es necesariamente conocimiento. Este hecho hace que el público espere que cualquiera sepa un poco de todo.

Por esto Wikipedia triunfa. Es la era de los resúmenes. Una persona va a ver Interstellar, la última película de Christopher Nolan, y a la salida de la sala de cine empieza a explicar la veracidad científica del largometraje porque, aunque no sea físico cuántico ni haya leído un solo libro al respecto, tiene acceso a Internet, a Wikipedia, y lee uno que otro resumen sobre agujeros negros.

Hace un tiempo escuchaba en radio a un renombrado periodista –a quien tienen por erudito porque en nuestro país se confunde el ingenio con la inteligencia– decir que los edificios de Misión Vivienda eran «bonitos». Este periodista es marcadamente opositor, pero siempre trata de mantener una posición conciliadora. Más allá de su opinión personal, yo me pregunto: ¿qué es «bonito»? ¿Qué término es ese para hacer un análisis serio? Además, ¿qué demonios tiene que opinar un periodista sobre la estructura de esos edificios? ¿Por qué no entrevistar a un arquitecto al respecto?

En nuestro país se ha vuelto una tradición el desprecio a las especializaciones. Con esto no me refiero a que se les debe dar exclusividad temática a personas con títulos universitarios. Empezando porque un título universitario, se ha demostrado, es una validación floja, frágil si se quiere. Muchos académicos poseen grandes lagunas de ignorancia en sus temas de especialización. Me refiero a que, dejando de un lado los diplomas, hay gente cuya erudición en un tema específico es conocida. Esa opinión, sobre ese tema que la persona maneja, es la que más debería interesarnos.

Todo el mundo tiene derecho de opinar, pero se debe considerar el conocimiento como validación de esa opinión. Yo no quiero escuchar lo que tenga que decir una actriz/modelo de TV sobre el atentado a Charlie Hebdo, capaz sea una erudita y me equivoque, pero prefiero saber la opinión que tiene el filósofo esloveno Slavoj Zizek (cuyo artículo sobre Charlie Hebdo es imprescindible). Se trata de un desprecio total al profesionalismo. Por eso se leen tantos libros escritos por gente que no lee nada, se escucha a tanta gente hablar de temas que solo conoce superficialmente y se cree que cualquier persona que medio maneje un tema es lo más cercano a un genio de los que aparecen una vez cada dos siglos.

Día a día nos tropezamos con opinadores. En todos los medios, gente que opina. No es necesario que manejen el tema, ellos dan su opinión. Esta saturación de gente hablando sobre lo que no sabe, o de lo que sabe muy poco, representa un problema para nuestro país. Suele culparse al gobierno de otorgar cargos a personas con ningún tipo de preparación para realizar el trabajo, pero todos aceptamos que se entreviste en radio a un chef sobre la situación del país, leemos un extenso artículo de un economista que afirma «no leer mucho» sobre la «crisis cultural», e incluso elevamos a un director de orquesta por encima de cualquier juicio moral que puede hacérsele.

El otro día escuchaba a un economista hablar en radio sobre la historia de la Unión Soviética. El hombre sabía muchísimo del tema, recomendó varios libros interesantes e hizo unos análisis poco comunes sobre el avance del comunismo en Rusia. Pensé que cuando lo entrevistaran de nuevo sobre el tema, tenía que escucharlo. Más adelante en el programa le hicieron varias preguntas sobre sus películas favoritas y dijo que le había encantado Avatar. Ya sé que si la próxima entrevista, en cambio, es sobre cine, la evitaré a toda costa.