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Juan Carlos Ballesta

La música en tiempos de crisis

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¿Qué papel tiene la música en la Venezuela actual? ¿Ejerce algún tipo de influencia en la sociedad? Las respuestas a estas y muchas preguntas más pueden darse desde varias perspectivas, dependiendo de la posición política que se tenga. Todo en nuestro país pasa por el tamiz político y poco realmente es lo que se salva, a pesar de que varios de los grandes problemas y evidentes carencias afectan por igual a toda la población y pocos argumentos sólidos existen para desconocer su existencia o achacar las causas a absurdas conspiraciones.

Los músicos tienen una responsabilidad social, en especial aquellos que por su éxito poseen mayor influencia sobre la población. No significa necesariamente que sus canciones sean comprometidas, pero sí que sus posiciones ante la vida vayan más allá del tópico “somos músicos y no hablamos de política” o “somos músicos y cantamos para todos”. El músico es, antes que nada, ciudadano. El país exige en este momento posiciones coherentes, equilibradas, lúcidas y preclaras. Desde la convulsa década de los sesenta muchos músicos le han plantado cara al poder, sea este militar, político, religioso, cultural o económico (Lennon, Dylan, Marley, The Clash, Gang of Four, Sex Pistols, Country Joe, Serrat, Sabina, Charly García, Víctor Jara y un larguísimo etcétera). En Venezuela también hemos tenido diversos artistas que han llenado sus canciones de sensibilidad social, reclamos, inconformismo y denuncia, bien sea de forma sarcástica o directa, desde Desorden Público, Sentimiento Muerto, La Misma Gente, Yordano y Alí Primera (de quien nadie puede asegurar que de estar vivo no seguiría conservando su espíritu crítico) a Famasloop, Atkinson, Melancólicos Anónimos, Onechot, El Gran Tombo, La Vida Bohème, Telegrama, Cuarto Poder, Canserbero y muchos otros que demuestran su descontento a través de redes sociales (Gabriela Montero), manifiestos, entrevistas, nombres de canciones, mensajes en conciertos o iniciativas callejeras de concienciación y unión como la actual Músicos en la Calle (@MúsicosNLaCalle).

El otro lado de la moneda presenta a artistas que se pliegan al poder, por convicción o conveniencia, y de esa manera pasan a gozar de privilegios (generalmente inmerecidos), abandonando la capacidad crítica que pudieran haber tenido en el pasado. Casos emblemáticos como el de Silvio Rodríguez y Pablo Milanés se han replicado en otros países, incluido el nuestro, pasando a ser las voces oficiales de regímenes de orientación totalitaria y hegemónica (gobiernos de corte democrático no necesitan ni buscan este tipo de adhesiones ni se espantan con los artistas críticos).

En medio de la severa crisis social, política y económica que nos envuelve cada vez con mayor vigor, el sector musical sufre los embates con especial fuerza. Inseguridad (cientos de músicos, managers, productores, promotores y técnicos han sido asaltados, secuestrados, heridos e incluso asesinados; sin olvidar que el público también pasa por eso), inflación, escasez y falta de oportunidades se traducen en una ecuación poco halagüeña.

Desde hace ya unos años los costos de todo lo que envuelve el quehacer musical se han disparado de forma exponencial, desde los relativos a grabación, producción de eventos, salas de ensayo y edición de discos hasta los precios de instrumentos. La crisis ha seguido su curso y la escasez de repuestos para amplificadores, guitarras, baterías, consolas y cornetas, entre otras, dificultan el correcto desarrollo del trabajo de los involucrados. El sector musical no es muy diferente a otros que sufren de los mismos males. Todo esto también impacta a los locales nocturnos, que en lo que va de año han visto reducida la asistencia a niveles alarmantes, producto de la inseguridad reinante en las calles, a lo cual no ayudan ni los horarios ni los precios.

La gran mayoría de los músicos no poseen seguridad social, son trabajadores independientes, autónomos. Nadie los ampara. En lo que va de 2014 el sector ha estado casi paralizado, lo que significa que muchos no están teniendo ingresos. Algunos grupos independientes se las han visto mal para poder cumplir compromisos internacionales debido a la dificultad para conseguir pasajes y los elevados precios. Una gran mayoría ha cancelado participaciones en festivales. El Estado parece solo apoyar a grupos que públicamente muestran afinidad ideológica, lo que evidentemente representa un acto discriminatorio. Además, no hay dólares preferenciales para importar instrumentos y equipos, así que comprar una simpleza como cuerdas de guitarra o cueros de batería (si se encuentran) resulta muy oneroso. Las tiendas de instrumentos sobreviven a duras penas. Si hablamos de discotiendas, el tema es dramático. Poca variedad y altos precios.

Bien es sabido que la música en Venezuela, a pesar de todas las dificultades, ha logrado crecer en calidad y cantidad, además de lograr cierta proyección fuera del país. Los medios que han servido de apoyo para la difusión también sufren. No hay papel para las revistas y la publicidad para impresos y radios ha mermado. La situación es grave, nadamos contracorriente. Vivimos en un territorio darwinista donde solo algunos sobreviven. Muchos han optado por irse a otros países.

Paul McCartney visita Chile, Perú, Costa Rica y Ecuador (sí, un país del ALBA). Venezuela no existe. Pésimo síntoma.