• Caracas (Venezuela)

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Alicia Freilich

La música y los músicos

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Música es un grupo de garabatos que solo algunos saben traducir en sonido del arte a través de la voz humana y los instrumentos que la imitan. Quienes saben componer, interpretar y hasta dirigirla solo de oído, hacen guataca, en jerga criolla.

Música, dicen, es instinto primario: los latidos cardíacos son el compás rítmico del feto y el llanto es la melodía que toda especie animal emite al nacer. En lo formal, es cualquier sonoridad que trasciende los ruidos de la naturaleza, sensibiliza al oyente y puede lograr que su imaginación afectiva levite sin límites. La poesía es el otro privilegio capaz de recrear tan mágico proceso. La maravilla musical da eso y mucho más. Para y por el bien o el mal. De los músicos depende.

Es el humanista George Steiner (1929, Francia) quien mejor explica esa contradicción en su libro de ensayos Errata. Melómano, confiesa no explicarse la propia vida ni la compañía amorosa sin escuchar música, en especial el jazz, porque fusiona lo académico y popular, lo nacional y global. Advierte que música es un arte de diseño neutro, sin o con signos precisos sobre un pentagrama pero a la vez señales auditivas y/o gráficas ambiguas, aptas para manipulación en beneficio mayor o máximo daño individual y social. Ni victoriosa o sumisa, inocente o culpable. Es lo que el transmisor y receptor necesitan, usan, enriquecen o destruyen.

Hitler y sus partidarios, adictos a la música académica, germanizaron a los clásicos y desde el poder definieron el jazz como una mezcla “judeonegra y degenerada” para prohibirla y perseguir a sus ejecutantes, tal cual lo relata la novela Un blues mestizo muy documentada sobre el racismo, editada en castellano por Alba de Barcelona, España, 2012.Ya tiene el premio Guiller Price y fue finalista en el Man Booker. Su autora, Esi Edugyan, canadiense hija de inmigrantes de Ghana, la crea como una pieza jazzística, pues parte de un tema que improvisa tiempo, espacio, personajes en diálogo y acción centrados en Louis Armstrong, ético eje por su conducta durante el acosado París de 1939, donde quiso grabar un disco: “Para decirle al mundo, y a los nazis, algo que solo la gente del jazz puede decir”.

El Antiguo Testamento da ejemplos de lo analizado por Steiner: el rebaño obedece manso a su pastor cuando los llama desde el confiable sonido del shofar, un cuerno de carnero. Al contrario, el guerrero Josué convocó a su resentido pueblo caótico y lo unificó desde los ecos de siete trompetas que hicieron de ciclón para destruir las murallas de Jericó.

Por esa condición de utilitaria doblez, en Venezuela el maestro Vicente Emilio Sojo nunca quiso legitimar con su presencia personal ni la de su orquesta, los actos oficiales del dictador Juan Vicente Gómez, y el maestro Moisés Moleiro, sin ser político activo, protegió a la espiada militancia que luchó contra la dictadura de Marcos Pérez Jiménez, esa que persiguió al cantor Alfredo Sadel, “alma libre”, quien fue correo entre la resistencia y el exilio en la plenitud de su gran éxito internacional

Casos dignos que preceden al ejemplo de la ya universal pianista venezolana Gabriela Montero, quien antes de interpretar su composición Ex Patria en la escena mundial, invoca en alta voz por la libertad y los derechos humanos de sus compatriotas.

La música con ética libertaria es una armonía de altísima buena nota.