• Caracas (Venezuela)

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Rodolfo Izaguirre

El muro

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Dejo abiertas las puertas. En lugar de cerrar, ¡abro! Hay, contrariamente, quienes se empeñan en clausurar las puertas y cegar las ventanas del alma para encerrarse en círculos de ideas y concepciones envejecidas, en lugar de abrirlas para que la imaginación respire aires renovadores. Es el muro, generalmente muy alto, almenado y de apreciable espesor que cierra cualquier espacio físico o espiritual. ¡Es la materia opuesta al espíritu! Lo impenetrable; lo que imposibilita el acceso; detiene nuestro paso y sella con su argamasa la posibilidad de que vuele nuestra libertad obligándonos a frenar nuestra aventura de vivir. ¡El muro nos detiene! Pero si estamos dentro nos protege, nos ampara, encontramos refugio en él. Es su carácter ambivalente: impide y favorece porque en ambos casos, en el afuera y en el adentro, hay vida y ambos se corresponden. 

Existe un muro sagrado que recibe las oraciones y los lamentos del pueblo judío que encaja en sus grietas y ranuras papelitos de esperanzas. Hubo otro muro célebre por el agobio que causó al dividir la identidad humana y alemana amparando una ideología autoritaria. Un muro similar se ha levantado también en el país venezolano: un muro que en lugar de protegernos nos encierra y nos degrada. 

Las puertas son lo contrario del muro. Se abren para que crucemos el umbral y entremos no solo en la casa sino en el mundo. Las puertas unen o separan dos mundos: la vida que se desarrolla fuera (que yo considero sagrada aunque otros la crean profana y hostil) y la que encontramos, igualmente sagrada, al cruzar el umbral que marca la separación entre los dos espacios. ¡El umbral es un lugar límite! Llevamos en brazos a la desposada porque ella, que es hechizo de fertilidad, no puede tocarlo. Los orientales se descalzan antes de cruzarlo porque pasan de la esfera “profana” a la sagrada y para demostrar, además, que no tomarán posesión de la casa.

En el presente venezolano todas las puertas por las que entraba o salía libremente la vida civil, risueña, democrática; imperfecta, pero agradecida, están cerradas a cal y canto y con ellas el país.

La pandilla militar ha levantado un muro no para protegernos sino para protegerse de nosotros. El muro ostenta las firmas de sus diversos constructores que utilizan la perversidad como argamasa. ¡Un muro sin puertas! Y desde sus almenas disparan las flechas de la corrupción, la mentira y el rencor social contra una sociedad civil hambrienta y agobiada y catapultan una ineficacia gubernamental agravada, además, por una patética carencia intelectual.

Con el propósito de defender a China de cualquier agresión externa se construyó, hace siglos, una muralla, pero al querer proteger al inmenso país, lo aisló. Ocurrió con la Caracas de los siglos XVI y XVII. Dice Marco Negrón en el prodigioso libro de María Elena Ramos: El Ávila en la mirada de todos. “...Si la montaña protegía, también era un obstáculo: el mar y con él, por último, el resto del mundo, quedaban del otro lado”.

El muro levantado por la autocracia militar también está aislando al país, pero en lugar de ser nosotros quienes sitiemos al muro, convertido en una siniestra fortaleza, es el muro el que nos golpea con saña y nos atropella.  

Me duele confesarlo, pero hay otro muro que nos limita: un muro de mucho espesor que construimos dentro de nosotros mismos, en nuestro interior. Son pocos los que luchan contra él o tratan de no levantarlo, pero es lo que obstaculiza cualquier intento que haga la sociedad civil para impedir que la muralla del régimen nos siga desprotegiendo. Sin embargo, siento que ya se está alzando un muro de lamentos sin grietas ni ranuras, pero con puertas abiertas y ventanas sin cerrojos, que permiten mantener la certeza de que nos situará en el umbral de un nuevo día.