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César Pérez Vivas

El muro de la vergüenza

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Este 13 de Agosto de 2014 se cumplieron 53 años de la instauración del Muro de Berlín, levantado por la antigua RDA con la excusa de frenar el fascismo alemán. Lo llamaron entonces “el muro de protección antifascista”. Terminó siendo conocido por el mundo como “El Muro de la Vergüenza”. Dividieron una ciudad y un pueblo para mantener bajo control de la cúpula comunista pro soviética al pueblo alemán, que afanosamente empezó a tratar de salir de la pobreza y la humillación del llamado socialismo real. Superado el horror de la guerra, y avanzando la reconstrucción de la Alemania occidental, los habitantes del Berlín y de la Alemania comunista querían venir a la otra Alemania para vivir, comprar, trabajar y compartir. La dictadura comunista lo prohibió y para impedirlo levantó ese muro. La excusa, el fascismo. Cuando ya la República Federal de Alemania había reiniciado su vida en plena democracia.

El tema lo traigo a colación por el muro que hoy nos coloca la cúpula roja en nuestra frontera con Colombia. Concretamente en la frontera más viva al sur del continente, en los municipios tachirenses de San Antonio, Ureña y García de Hevia, los ciudadanos vivimos los efectos de un muro que el gobierno chavista ha instaurado para limitar e impedir el libre tránsito hacia la vecina Colombia. Ahora agravado, con el anuncio del cierre nocturno total de la frontera.

Las excusas se parecen. Se trata de proteger al pueblo venezolano frente al llamado “contrabando de extracción”. Se trata de garantizar “la seguridad alimentaria”, y la “seguridad personal”. Bajo esa excusa han convertido la frontera más activa de Venezuela en una especie de zona de guerra, donde la presencia militar, supera con creces la de regiones en verdadero conflicto bélico; pero donde igualmente, la violación de los derechos humanos son el quehacer cotidiano de autoridades, que por mandato constitucional están llamadas a garantizar su vigencia.

La falta de imaginación y honestidad, en el diseño de la política económica y de seguridad de la cúpula roja, han convertido estos municipios fronterizos, en una zona donde todos los derechos fundamentales de la persona humana están suspendidos, restringidos o altamente limitados, sin que se haya dictado ningún acto de gobierno estableciendo un estado de excepción. Sin control de constitucionalidad se violenta el derecho al libre tránsito, a la propiedad, a la integridad personal, a la libertad, a la vida, a la presunción de inocencia, y no hay ni parlamento, ni ministerio público ni defensoría del pueblo que ponga freno a la barbarie a que está sometida la población.

Si bien aún no han levantado físicamente el muro, como el construido para dividir a Berlín en 1961, hay en la práctica un muro militarista que frena una fluidez que debe ser natural por la geografía y la historia de nuestros pueblos.

La solución a los problemas de flujo de bienes y personas, entre Venezuela y Colombia, no pueden resolverse con esta bárbara política militarista que el chavismo nos ha impuesto. Estas políticas “socialistas” son anacrónicas, contrarias a la naturaleza de la vida humana.

La política de frontera del socialismo del siglo XXI va directamente contra la constitución y contra el sueño bolivariano que consagra la integración de nuestros pueblos. Lo que han establecido es un distanciamiento físico, económico, humano con nuestro pueblo colombiano. La cúpula roja liquidó todo lo que habíamos logrado en materia de integración, llevándonos a niveles de obstrucción jamás vividos en la historia de ambos países.

El muro chavista en nuestra frontera con Colombia es “un muro de vergüenza”. Es un muro de corrupción, de violación de elementales derechos humanos, de florecimiento de métodos obsoletos de control, de testimonio de falta de voluntad para rectificar y superar los errores.

Es la hora de derribar ese muro vergonzoso. Es hora de liquidar la asimetría económica que genera los flujos anormales de la económica, es la hora de promover la integración, es la hora de desterrar el militarismo abusivo contra nuestro pueblo. La culpa no es del ciego, sino del que le da el garrote, dice el viejo adagio popular. La culpa de la crisis fronteriza no es de los ciudadanos, es de un gobierno que no entiende el signo de los tiempos.