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Raúl Fuentes

La murga de Panamá

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Pretendía dedicar este espacio, con más barruntos que certezas, a la Cumbre de las Américas y titularlo, quizá, “Cuba y Venezuela en la incerticumbre”;  mas, aguijoneado por un artículo de Rubén Osorio Canales (“¡Es la libertad, estúpidos!”, El Nacional, 07/04/2015) en el que nuestro goloso vate se refiere al déficit de libertad y al superávit de represión que han ahitado la ya insoportable singladura del chavismo, brujuleé por rutas diversas antes de atracar en el istmo. Por tratarse de un poeta, comencé por invocar a uno que se  autoproclama antipoeta, el chileno Nicanor Parra (premio Cervantes 2011), bardo centenario tenido entre los mayores de Occidente, que nos maravilla con sus “artefactos resultantes de la explosión de antipoemas” y nos solivianta con un verso o contraverso que reza: “Bien, y ahora ¿quién nos liberará de nuestros liberadores?”.

Sí, preguntamos con entusiasmo cómplice, ¿quién nos salvará de redentores empecinados en moldear la sociedad de acuerdo con esquemas que, a sus entenderes, son los únicos válidos y, por tanto, incuestionables, sin que les importe un carajo que los mismos hayan fracasado estrepitosamente en otras geografías?; sí, ¿cómo haremos para que el legado simbólico de la revolución francesa –liberté, égalité, fraternité– no cristalice en superfluo comodín o dogmático ménage à trois para justificar, en detrimento de la voluntad individual, inconfesables crímenes en pro de un azaroso bienestar colectivo?

Del conjunto conceptual que emblematizaba el ideal democrático de los revolucionarios galos, que por razones de beligerancia continuada la contenía (¡Liberté, égalité, fraternité, ou la  mort!), fue erradicada la palabra muerte para disimular la mácula que significó guillotinar, Robespierre mediante, a unas 10.000 personas; presas de extático arrebato revanchista, los Castro, en sanguinario contubernio con el Dr. Guevara, siguieron el mal ejemplo de “l’Incorruptible” y consignaron sumariamente al paredón a millares de inocentes bajo sospechas, generalmente infundadas, de afinidades con el ancien régime. En Venezuela no se practica, por ahora, la pena capital, pero no deja de ser capcioso el que, durante más de una década, Chávez y la Fuerza Armada Nacional Bolivariana voceasen, como sublime consigna de esa revolución que los entronizó en el  poder, “¡patria, socialismo o muerte!”. No es, sin embargo, la eliminación física del contrario lo que pone de bulto la depreciación de la libertad por parte del absolutismo, sino una curiosa forma de equidad que estima esencial el igualitarismo a juro y hace de la fraternidad, más que parodia del “uno para todos y todos para uno” de los Tres mosqueteros, una lamentable constatación de que Gustave Flaubert no disparató al afirmar que “la fraternidad es una de las más bellas invenciones de la hipocresía social”. En nuestra  nación, la fraternidad fue suplantada por la exclusión, el chivatazo, la polarización y, más recientemente, por la lista Obama.

Se suele especular que nadie puede ser libre hasta que todos lo sean; tal conjetura  es desiderátum de una quimera que asume libertad e igualdad como  valores complementarios y no excluyentes, a la manera demagógica de ese populismo ordinario que es el chavismo, y su consecuente enfermedad infantil, el madurismo, cuyo empeño en homogeneizar, por decreto y por abajo, a los venezolanos e imbuirles, a la usanza de Corea del Norte, una idea zuche o juche, incompatible con cualquier parecer distinto al oficial, escatima derechos fundamentales e inalienables del ciudadano con la promesa de un nuevo orden social y, su correlato, el hombre nuevo. Atrapado en ese conflicto antitético, el común de nuestros mortales pareciera decantarse por la equidad, en la medida que ésta le reporte algún tipo de beneficio material. Y es que, aunque riman, estómago vacío y libre albedrío no parecen congeniar. Esto lo sabe y fomenta el gobierno militar, nominalmente presidido por un espurio neoemancipador –“¡REVOLUCIÓN, REVOLUCIÓN, cuántas contrarrevoluciones se cometieron en tu nombre!”, dejó colar como queja  siempre pertinente el aludido poeta austral–, que pone a prueba la autoestima del venezolano, lo confina a ese refugio de canallas que es el patriotismo, y lo mancilla ofreciéndole naderías a cambio de su firma para respaldar por obligación una proclama sin más destinatarios que los habituales cómplices internacionales –quienes, beneficiados del bochinchero altruismo escarlata,  pagan con creces su sus sinvergüenzuras respaldando las trapacerías de un gobierno que se ha pasado las leyes por donde la espalda pierde su nombre– y sin otro objetivo –con poco glamorosas foros paralelos y magras manifestaciones callejeras– que el de transformar el evento ístmico en Cuba  pa’quí, Cuba pa’llá, la propia murga de Panamá. Afortunadamente, flota en el ambiente un mensaje nada subliminal: el que recibieron los demócratas que  defienden a quienes comprometen su libertad por disentir de la satrapía socialista del siglo XXI.
 
rfuentesx@gmail.com