• Caracas (Venezuela)

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Raúl Fuentes

El muñeco

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El androidismo no es, como podría pensarse, algún tipo de compulsión hacia los smart phones, sino una parafilia objeto  de  sesudos análisis por parte de psicólogos  y psiquiatras, que puede definirse como atracción irracional hacia los robots o muñecos de aspecto humano,  y sirvió de tema a Luis García Berlanga para Tamaño natural, memorable film de 1973 en el que el protagonista  se enamora de una muñeca a la que dedica todas sus desvelos  descuidando a su familia.  Y sacamos a flote esta perversión  porque la víspera de la cumbre Brics-Unasur, la Agencia Venezolana de Noticias suministró a los medios impresos del país una fotografía del señor Maduro que nada  tenía  que ver con su viaje Brasil, sino con el anuncio, a través del programa En contacto con Maduro, de su repentina decisión de posponer el sacudón que, de acuerdo con su amenaza continuada, habrá de  motorizar la “revolución en la revolución”; el arranque de esta convulsión al cuadrado que repotenciaría exponencialmente el proceso castro bolivariano no presagia nada bueno ni siquiera para los más optimistas, ni qué decir de los pesimistas. Ambos están atrapados en el escatológico y certero dilema al que la chispa del cubano común redujo su porvenir después que los rusos tomaron  las de Villadiego: “Vamos a comer m...”, decían los primeros; “Sí, pero no alcanzará para todos”, ripostaban los segundos. Y es que, sin importar cuál sea la solución fondomonetarista à la carte elaborada por la conexión francesa por intermedio de Madtthieu Pigasse y la Banque Lazard, ni la oferta de ensaladas a la vinagreta del menú reformista preparado y envasado en La Habana, se necesitará de algo más que aceite de ricino para contrarrestar la indigestión implícita en cualquiera de esas fórmulas. Pero, esto es harina de otro costal, así que volvamos la foto que archivamos en la memoria respondiendo quizá a un reflejo condicionado o acaso a una suerte de premonición.

La instantánea nos muestra a un Maduro encamisado de amarillo frente a un micrófono. Detrás de él, un afiche en alto contraste, lo duplica hasta en los audífonos de disk jockey que parecen orejeras para protegerse del frío; hay, por supuesto, otros carteles que lo retratan en compañía del supremo desaparecido en lo que, obviamente, es un montaje urdido por un diagramador que no derrochó imaginación; con la mano izquierda acaricia la miniatura de un soldado blandiendo una espada: es zurdo, es eterno, es Chávez condensado en un grisgrís, un talismán de efectos tranquilizantes para calmar los nervios del heredero. Y, por supuesto, uno se pregunta sí no será que este hombre, el que se dispone a perifonear, no la figurilla que, a juzgar por el mandoble, debe simbolizar la asimetría implícita en  la ya casi olvidada (por lo menos a nivel propagandístico) “guerra económica”, es fetichista o si práctica un extravagante ritual que le obliga a cargar con ese soldadito tan cursi como pavoso. Sin una respuesta más o menos sensata a esta interrogante, nos inclinamos a creer que, con ese amuleto, Nicolás intenta  minimizar la figura de su mentor para conjurar su dependencia de él  y superar un  complejo de inferioridad que lo impele al desvarío con declaraciones como las suministradas a al regresar de su incursión en el mundo de las mafias emergentes -“venimos de participar en cumbres históricas para la creación de un nuevo mundo”- una megalomanía desaforada con la cual, y con los habituales efectos especiales para deslumbrar a la galería, intentaba disimular la sensación de fiasco que emanaba de otra fotografía, la oficial del “trascendental evento” en la que él y Morales pusieron la nota discordante y, creyéndose Tommie Smith y John Carlos, aquellos atletas que levantaron sus enguantados puños en adhesión al Black Power en la olimpíadas de México (1968), salieron de safriscos a mostrar los suyos en innecesaria ruptura del protocolo para ganar puntos  con una  agresiva y teatral gestualidad que no les sienta nada bien y que ratifica la creencia de  que hay quienes si no la ponen a la entrada, la ponen a la salida.

Hoy,  cuando comienza a languidecer lo que el bombo publicitario hizo creer que se trataba de un congreso crucial tanto para su partido cuanto para el país, y que ha resultado una convención más penosa que gloriosa a sumar al inventario de fracasos anunciados, el señor que temporalmente ocupa el sillón presidencial debe estar prodigando  especial atención a su juguete y pensando no solamente qué decirle al país, y cómo, ante lo poco lucida que ha resultado lo que se supone insuflaría un segundo aliento al socialismo bolivariano, y posponga nuevamente su ahí viene el lobo para tiempos más propicias mientras canta por lo bajo  “hace un mes que no baila el muñeco”.

rfuentesx@gmail.com