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Maximiliano Tomas

El mundo como una gran bolsa de basura

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Son pocos los que saben (y entre los que devotamente me cuento) que cada nuevo estreno de Rafael Spregelburd es una experiencia única, vital y extraordinaria. Por eso no deja de ser paradójico y hasta un poco desalentador que uno de los mayores autores teatrales de la Argentina sea, sin embargo, más conocido por el público en general debido a su trabajo como actor (El hombre de al lado, El crítico) que por las decenas de obras que estrenó en todo el mundo. La responsabilidad es, de todas maneras, compartida: si los espectadores pueden ser perezosos y convencionales en sus preferencias, es Spregelburd el que no se considera un escritor (habiendo escrito más que todos los novelistas de su generación) sino, fundamentalmente, un actor. Más de una vez ha explicado que comenzó a escribir teatro porque no encontraba obras que deseara interpretar. Desde entonces, a un ritmo frenético y contra las dificultades que impone un país como la Argentina, ha escrito una heptalogía, una saga y, recientemente, dos óperas habladas: Apátrida y Spam, que estrenó en el último Festival Internacional de Buenos Aires y que acaba de reponer en la sala El Extranjero. En el camino, y con solo 44 años, ganó absolutamente todos los premios a los que un dramaturgo puede aspirar.

Spam cuenta (con todo lo pobre y engañoso que un término como "cuenta" resulta a la hora de referirse a lo que Spregelburd pone en escena junto al músico Zypce) la historia de un profesor italiano que sufre un accidente y pierde la memoria. Lo único que tiene el protagonista, al despertar en la habitación de un hotel de la isla de Malta, es una computadora y una conexión a Internet. Será a través de los mails recibidos, y del correo basura, que este lingüista intentará recuperar su identidad y su pasado. La obra, descripta por el propio Spregelburd como "una fantasía apocalíptica con fondo de fin de fiesta, con insólitos paisajes musicales y resabios de hits mal aprendidos" está compuesta por una sucesión azarosa de narraciones que intentan reconstruir la vida de este profesor. Narraciones que incluyen monólogos alucinados, sombras chinescas, un informe periodístico sobre terrorismo dentro de la industria del juguete, un documental sobre una lengua oriental desconocida, un sesión de karaoke, una representación filmada con cámara en mano y transmitida en vivo sobre una pantalla, una teoría acerca de los aspectos desconocidos de la vida de Caravaggio, un homenaje a las películas de James Bond...Todo eso, todo junto, y casi al mismo tiempo.

Las escenas son treinta y una, una por día, aunque en las funciones no siempre se representen todas: un mes entero de spam a lo largo de dos horas y cuarto de duración. Los textos, escritos en verso, vuelven sobre algunas de las obsesiones recurrentes de Spregelburd: las conspiraciones paranoicas, al reverso brutal del capitalismo, la teoría del caos. Como por ejemplo el que corresponde al Día 17,titulado "La basura virtual": "La basura es la primera industria del mundo tal como hoy lo concebimos. / Su presencia es fundamental, y sostiene al capitalismo agonizante / más que una dictadura y mucho más que cualquier constitución. / La economía que rige el curso del planeta pende de un hilo / y ya hace tiempo que se basa en la producción de cosas inservibles: / millones de niños jugarían con un tronco / en vez de una sofisticada muñeca con un chip a bajo precio. / Sin embargo, el chip a bajo precio mantiene a mucha gente trabajando. / Y nadie fabrica troncos para que los niños se entretengan como puedan / Para mantener trabajando a la gente antes es fundamental / crear la necesidad de algo inútil, como alargar el pene / o lucir relojes de muñeca pesados como anclas, / o dejar plano el abdomen".

No es tanto que Spregelburd eche mano al absurdo como recurso, sino que a través de su mirada, no exenta de humor, es el absurdo de la vida contemporánea el que se revela en sus obras. Y esa revelación genera un efecto y a la vez una incomodidad: extraña situación en la que el espectador comprende que el mundo en el que vive se dirige a su ocaso, y al mismo tiempo no puede dejar de reír a carcajadas.

Desde hace un tiempo nos gusta bromear, con algunos amigos directores de teatro, sobre la posibilidad de que en veinte o treinta años le otorguen a Spregelburd el Nobel que en su momento le negaron a Borges. Una de esas raras ocasiones en que se premia a dramaturgos como Darío Fo o Harold Pinter. ¿En qué otra cosa sino en alephs enloquecidos se están convirtiendo sus obras, que tienen el riesgo, la complejidad formal y la reflexión crítica que los suecos gustan de ponderar en sus selecciones? A medida que la obra de Spregelburd se abisma y se multiplica, aquella broma va perdiendo gracia. Es cierto, nadie debería tomar en serio al Nobel, al menos no como medida de la calidad de una obra literaria. Y no podemos saber, de ninguna manera, si en dos o tres décadas seguiremos dando vueltas por este mundo, o siquiera si el mundo seguirá dando vueltas. Pero en todo caso, si con el paso del tiempo y la obsolescencia de las tecnologías esta suma de bytes en forma de caracteres apenas legibles en una columna de opinión logran esquivar su destino de basura virtual, que quede constancia de que algo así fue dicho aquí por vez primera: mucho, mucho tiempo atrás.