• Caracas (Venezuela)

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Antonio López Ortega

Un mundo sin fronteras

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En 1973, cursando tercer año de bachillerato, una joven profesora de nombre Mercedes nos dio a conocer un cuento llamado “El guardagujas” del mexicano Juan José Arreola. La sensación era la de haber entrado en otro mundo, como si todas las clases previas de Castellano y Literatura no hubieran servido para nada. Después de Arreola vino Rulfo, con muertos que caminaban y hablaban. Después quizás “El Aleph”, de Borges, un mundo que era una réplica de éste. Después “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, de García Márquez, que hablaba de un ángel torpe y desahuciado. Ya éramos otros seres cuando comenzamos a sospechar de la dulce y risueña Mercedes. ¿En qué nos quería convertir esta maestra de ojos claros y voz fina? ¿Qué propósitos oscuros escondía su guión de lecturas? Las respuestas aparecían mientras nos percatábamos de que los textos venían en nuestros manuales de estudio, perfectamente impresos y comentados. No se trataba entonces de las invenciones de Mercedes sino de programas perfectamente oficiales. Las sorpresas siguieron fluyendo en cuarto año, con Onetti, Donoso o Asturias, y hasta en quinto año se nos permitía escoger entre Sobre héroes y tumbas, La casa verde o Rayuela para hacer una tesina de grado.

Se discute en estos días si el boom de la narrativa latinoamericana se inició entre 1962 y 1968, pero lo que sí es seguro es que en menos de diez años ya esa vanguardia formaba parte de la educación formal venezolana. La velocidad de nuestros programadores educativos es digna de resaltarse ahora, pues no dudaron en mover rápidamente las manecillas del tiempo continental para incluir a Venezuela en esa ola de renovación y reconocimientos. Leíamos al continente casi en vivo, en simultáneo, con autores que estaban en la cúspide de su desarrollo creativo y de los que se hablaba en la primera plana de los periódicos. En 1964, con la creación del Premio Rómulo Gallegos, el país no hacía sino refrendar su condición de seguidor del proceso y de anfitrión continental, pues las condiciones políticas del conjunto de naciones no eran las mejores.

¿Qué significaba para aquellos párvulos preadolescentes aquella gama letrada de autores y piezas narrativas? Pues caben varias respuestas. Significaba el descubrimiento de un idioma único, también de una cultura compartida, también de una historia común, también de una red de circulación de saberes, también de una sensibilidad. Teníamos un enorme patrimonio y no lo sabíamos, porque también estos nuevos autores, los deudores, honraban a los viejos autores, sus maestros. Retrato en familia que se nos revelaba con una fuerza inusitada: éramos ciudadanos del mundo y no lo sabíamos. A partir de allí, descubrimos que nuestro mundo no terminaba en Paraguaipoa o en Santa Elena de Uairén, al menos no culturalmente. Nuestro mundo era un mundo sin fronteras, pues ya no creíamos en los límites geográficos sino, en todo caso, en los límites idiomáticos: el castellano era nuestra verdadera patria. Un patria infinita de hablantes, caras y pasiones.

Si el boom tuvo algún mérito, y habrá que agradecérselo a Mercedes, fue el de inoculársenos en la sangre, fue el de llevarlo como un virus o un antivirus, fue es el de tenerlo como cura y anticura. Esos maestros llegaron para cambiarnos, para marcarnos, para fijarnos unas metas de excelencia. Me asombra ver desde la distancia cómo Venezuela, a diferencia del personaje de “El guardagujas”, se subió al tren del cambio y abrazó la modernidad de esos días con antelación ejemplar. Todo lo contrario a como hoy reaccionamos: bajándonos de todos los trenes que signifiquen nuevas ideas y nuevos propósitos para irnos corriendo a abrazar proyectos fracasados.