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Marianella Salazar

La multiplicación de las penas

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Los venezolanos ya estamos curados de cualquier espanto, ni siquiera Hugo Chávez logró convencernos cada vez que venía con sus cuentos fantásticos sobre magnicidios. Al menos le impregnaba su toque humorístico a cada febril versión sobre el atentado –alrededor de sesenta– y le salía como una gracia. Una vez se le ocurrió meter en el mismo saco de supuestos magnicidas a Juan Manuel Santos, cuando era ministro de la Defensa de Uribe, y al ex presidente George W. Bush, junto con Jaime Bayly y Alberto Ravell. Esos cuentos de espanto eran para estortillarse de la risa, aunque algunos incautos le creían, y cada vez que se acercaban unos comicios apelaba a esas piruetas electorales. Durante su mandato, las teorías sobre el magnicidio abarcaron casi todas las variables, desde el clásico envenenamiento hasta hacer estallar el avión presidencial. El líder bolivariano pasó catorce largos años sacándole el juguito a su condición de “condenado a muerte”, hasta que fatalmente expiró en la cama de un hospital, pero por un cáncer mortal. Chávez seguramente pensó morir con las botas puestas, como un revolucionario en combate, víctima de un magnicidio, siendo un mártir o un héroe asesinado por el imperio. Tener el final de Saddam Hussein o de Gadafi. No fue así y eso ya es historia.

Aunque continúan esgrimiendo la tesis, mal contada, sobre la inoculación del cáncer, que a quien menos conviene es a los hermanos Castro, porque todas las pistas conducen a La Habana, donde lo trataron y aislaron. Ahora, su heredero político, huérfano de todo ingenio, retoma el mismo guión distraccionista escrito por asesores cubanos, para evadirse de toda responsabilidad en la debacle económica heredada y agravada por su incompetencia e ignorancia supinas y, sin el más mínimo pudor, recita el caletre salpicado de sus acostumbrados lapsus linguae, que lo que dan es pena.

Lapsus penis
Nicolás Maduro viene cometiendo una serie de deslices lingüísticos dignos del psicoanálisis. Según Freud, en su libro Psicopatología de la vida cotidiana explica que esos errores de palabras, por lo general de alto contenido erótico, manifiestan deseos que se quieren dejar ocultos. O sea, que según Freud, a Maduro lo traicionó el inconsciente cuando habló de “la multiplicación de los penes” en vez de panes, poniendo al desnudo sus verdaderos deseos o tendencias. Se trata de asunto espinoso que no interesa indagar, porque entre gustos y colores no han escrito los autores, como dice el refrán popular. Sin embargo, esos lapsus, y en concreto el de “los penes” es congruente con la homofobia de Estado, expresada recientemente en la Asamblea Nacional por el diputado Pedro Carreño, para atacar con bajeza y sin conmiseración al líder opositor, Capriles Radonski.

Estudios psicológicos han relacionado el odio hacia la homosexualidad con sentimientos homosexuales reprimidos. Así que el diputado oficialista no hizo otra cosa que proyectar la misma postura del actual jefe del Estado, que de inmediato apareció abrazado a una bandera del arco iris –símbolo gay– para borrar cualquier referencia personal de discriminación y deslindarse de la homofobia que no tiene buena prensa internacional. El supuesto respeto hacia la orientación sexual de Nicolás Maduro es una falacia. Conviene recordar que en abril del año pasado, el entonces canciller, en un acto en la Embajada de Cuba –para recordar el asedio a esa sede en abril 2002–, tuvo expresiones homofóbicas contra la dirigencia de oposición y del candidato presidencial, Capriles Radonski, y los tildó de "sifrinitos, mariconsones y fascistas". Una verdadera pena. Y ya van muchas.