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Antonio López Ortega

Los muertos

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Uno de los ciegos balances que se extrae de este ominoso período de vida pública es la triste y muchas veces trágica desaparición de tantos seres queridos, ya sea por delincuencia, accidentes, enfermedades sin tratamiento a la mano, presidio, secuestros, violencia física, hambre o tortura. Ya cada quien tiene su contabilidad íntima, que toca a la puerta cada cierto tiempo. Los lutos, los duelos, los funerales, los ataúdes, las cremaciones, los cuerpos sin dueño de la morgue, establecen un rosario de circunstancias asociadas al dolor, al llanto, a la pérdida irremediable, a la pena que no cesa. Desde estrellas de televisión hasta presos, desde empresarios hasta cadáveres recogidos en el río Guaire, desde escolares en medio de una refriega hasta adolescentes embarazadas, desde policías hasta deportistas, desde ancianos hasta niños, la muerte se impone como la gran reina de nuestra ordalía social. Y los números no cesan de aumentar, bajo la indiferencia o la impericia de las autoridades.

Se trata de uno de los espacios más íntimos, más difíciles de manejar, porque no hay hecho mayor que la muerte para negar la condición humana. Se entienden más las muertes naturales, las que corresponden a enfermedades terminales, las de accidentes inevitables, las causadas por desastres naturales, pero se entienden menos las muertes ocasionadas por balas perdidas, por delincuentes inclementes, por actos represivos, por maleantes de carretera, por excesos policiales, por hospitales sin recursos, por carencia de medicinas, por enfermedades que delatan la ausencia de políticas públicas. Esas muertes, que han podido evitarse, son las que más duelen, son las que dejan a los deudos trastornados, llenos de rabia o impotencia, cuando no de dolor o desolación. Los muertos desaparecen, ciertamente, pero la experiencia más honda la viven quienes los pierden, porque sus vidas quedan también diezmadas, marcadas por un recuerdo que no cesa, que es difícil de cicatrizar.

¿Cuántos hogares no cuentan con seres silenciosos que flotan en el aire o que se sientan a la mesa, generalmente en los puestos vacíos? ¿Cuántos deseos no se congelan cuando se cifraban en torno a seres que desaparecen trágicamente? ¿Cómo se mide la orfandad de un padre cuyo sentido de futuro estaba puesto en el hijo que lo deja sin previo aviso? Son las muertes en vida, que arrastramos como cadenas y que nos acercan más al fin. Con todos los indicadores mortuorios que nos acosan, nuestra sociedad es también una muerta en vida, llena de dolores, frustraciones, impotencia. Es incapaz de ver hacia el futuro, de gestar esperanza, porque el presente luctuoso la apresa, la detiene, la paraliza. Cada paso que se da es frustrado por alguna pérdida cercana, por algún zarpazo de la dama insaciable.

Lo más alarmante es cómo la muerte se ha vuelto cotidianidad, tema de pasillo, recuadro insustancial de periódico. Somos indiferentes frente al horror porque, de tanto verlo, de tanto experimentarlo, ya nos parece aire que respiramos, alimento que masticamos con los ojos cerrados. Esta circunstancia es también una hechura, un diseño de alguna política malévola (la de la inacción), que se implanta para que borremos en nosotros el sentido de sorpresa, el justo reclamo, el gesto de indignación. Estamos anestesiados, como si hiciéramos la cola de los que vamos a fallecer y sencillamente estuviéramos esperando el momento de pasar al paredón.

Se me antoja que en nuestra lenta recuperación republicana, de la que el 6-D es un escalón proverbial, también deberían hablar nuestros muertos. Todos aquellos que han desaparecido por la desidia o culpa de otros, por la falta de políticas públicas, por la vergüenza de nuestros hospitales, por las noches que han entregado a la delincuencia. Hablarán los hijos que no terminaron de serlo, las novias que no llegaron a casarse, los padres que no concluyeron su paternidad, los estudiantes que no llegaron a graduarse, los amigos que perdimos después de una fiesta, los cuerpos que se apagaron por una bala. Los muertos están en los aires, los muertos se sentarán en las sillas vacías, los muertos depositarán su voto en una urna distinta a la que los recogió después del último aliento.