• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

José Ignacio Calderón

Los muertos

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Nadie nunca al abrir un libro o leer una noticia de alguna catástrofe se pregunta de la vida de los muertos. El grueso de la población no es noticia al menos que sea destruida, aniquilada, asesinada, quemada o explotada en algún acto terrorista o desastre natural. Y aun así, nadie recuerda los nombres de los muertos.

La información es mercancía y hoy es monopolio de ricos o famosos. De futbolistas, políticos o actores. De certámenes de belleza, o concursos de música. De bailarinas talentosas, o socialités que sólo viven para las cámaras. De los millonarios excéntricos o de los héroes de guerra yanqui. Para que un pueblo africano o algún caserío andino figure en un periódico de larga tirada, dispone de dos opciones: el escándalo, o la muerte.

Y es que los muertos han nutrido nuestra cultura desde siempre, en lo bueno y lo malo. Los muertos de La Ilíada, el libro seminal de la cultura occidental. Los muertos vivientes de la Divina Comedia de Dante. Los ejecutados en todas las obras de William Shakespeare. Los muertos que La Libertad pisa para liberar al pueblo francés en aquél famoso cuadro de Eugene Delacroix.

No estamos encerrados a muertos ficcionales tampoco. Los fallecidos reales son –con justicia- más pesados que los literarios o artísticos. Los muertos de las infinitas guerras del mundo antiguo, entre oriente y occidente. Los muertos de la inquisición. Los muertos de la conquista española, y antes de ellos, los muertos indígenas, exterminados por los imperios aztecas o mayas. Los muertos de las tantísimas guerras que han asolado Europa. Y para terminar de llenar nuestra pulsión mundial por tánatos, los muertos del holocausto, que acabaron con más de ocho millones de disidentes, polacos, gitanos, homosexuales, discapacitados, ucranianos, y judíos.

Tuvo el canciller alemán Joachim Gauck que decir frente al parlamento alemán, a 70 años de la liberación de Auschwitz, que “la Shoah es parte indeleble de la identidad alemana”. Ocho millones de muertos pesan en la bandera de una nación entera.

Nadie tiene derecho de hablar por los muertos. Pero tampoco se debe tener derecho a olvidarlos. Y en nuestro país, la memoria es cuestión de corto plazo. Hemos olvidado los muertos de la independencia, los muertos del exilio caraqueño al oriente del país, los muertos de la guerra civil, los muertos de Juan Vicente Gómez, los muertos de Marcos Pérez Jiménez, los muertos de la represión en la democracia puntofijista, y ahora, los muertos de quince años de revolución bolivariana.

La opción de catástrofe y escándalo –para poder figurar en las noticias- se ha estado mezclando en un letal líquido etílico para nuestra sociedad. Cada vez los asesinatos son más espectaculares. Las armas más largas. Las granadas, más explosivas.  Los enfrentamientos, más longevos y sangrientos. Y es que los muertos son gran parte de la psique de nuestro país. Pero los olvidamos. Y peor: olvidamos sus nombres. Pasamos cada día por encima de ellos. Después de constreñir la cara y murmurar “qué horror, Dios mío”, nos sacudimos los hombros y seguimos con lo que nos incumbe en nuestro día.

A un año del inicio de una ola de protestas y de su brutal represión del gobierno, dos hombres humildes sí son recordados con nombre y apellido. No es Fight Club, ni una estratagema de ventas. Son Basil Dacosta y Robert Redman.

Salud a ustedes.