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S:D:B Alejandro Moreno

Las muertes inútiles

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“Detrás de nosotros una revolución victoriosa que dio mal resultado, varias revoluciones fracasadas, un número tan grande de matanzas que da un poco de vértigo”. Esto lo escribe en  “Memorias de un revolucionario”, Víctor Serge, comprometido integralmente con la revolución hasta su muerte en 1947, testigo activo y excepcional de ella. Nunca supo que la revolución victoriosa de “malos resultados”, la rusa, también fracasó. Si a él las grandes matanzas le dieron un poco de vértigo, a nosotros nos dan vértigo entero. Pero lo que supera todo vértigo es su inutilidad para sostener la misma revolución que para eso las produjo. Tampoco le sirvieron para no fracasar.

Vértigo a vértigo, unos superan a otros. El que produce el genocidio revolucionario de Camboya, tres millones de muertes inútiles sobre 7.300.000 habitantes, es uno más.

De los documentos abiertos a la investigación luego de la caída y fracaso del régimen soviético se deduce que las cifras de muertos por la revolución de 1917, la guerra civil, el terror, las hambrunas y las epidemias, rondaron los 10 millones. Un importante estadístico ruso, durante la revolución, aportaba los siguientes datos: en 1928 había en la URSS 24 millones y medio de hogares; un año después, el monto había subido en algo más de un millón, pero ya en 1936 sólo quedaban 20.300.000. En seis años habían desaparecido casi cinco millones de familias. A Lazar Moiseyevich Kaganovich, el “lobo del Kremlin”, el “carnicero de Ucrania”, se le atribuyen, mediante la creación de la KGB, tanto las “purgas” estalinistas como la tortura de miles de judíos y el asesinato de 40 millones de personas. Desfile de víctimas inútiles.¡Vértigo! Estos, los muertos.  Si se pudieran contar los sufrimientos de la gente común, del pueblo, en beneficio del cual dijeron que se hizo esa revolución, ¿qué vértigo no daría?

Para la revolución china, tan fracasada que ha regresado al más salvaje de los capitalismos, las cifras más conservadoras hablan de 63 millones de víctimas mortales. Inútiles. ¿Qué decir de Corea del Norte?

Detengámonos porque el vértigo nos puede hacer perder el sentido. Se entiende, así, que el citado Serge escriba: “Revolucionarios, queriendo crear una sociedad nueva, habíamos construido con nuestras propias manos, sin darnos cuenta (¿¿??), la más terrorífica máquina estatal que pueda concebirse”, igual que se entiende la confesión que le hizo Lukács, en un rato de sinceridad: “los marxistas saben que se pueden cometer impunemente muchas pequeñas cochinadas cuando se hacen grandes cosas; el error de algunos consiste en creer que se puede llegar a grandes resultados no haciendo sino pequeñas cochinadas”. Ni tan pequeñas. Inútiles también.

¿Cuántos muertos lleva ya el empeño por implantar la revolución venezolana, desde la guerrilla, desde los intentos de golpe en Carúpano y Puerto Cabello, hasta la represión inmisericorde de estos últimos dos meses? ¿Cuántos más nos quedan? ¿Para cuál bien real y verdadero?

Muertes y más muertes, sufrimientos y más sufrimientos, que no han impedido el fracaso de todas las revoluciones ni impedirán tampoco el de la venezolana, pues ciertamente no escapará al destino de la historia; usando un lenguaje bien marxista.

Muertes y sufrimientos inútiles para salvar, mantener y hacer triunfar una revolución que se cierra en sí misma, incapaz de redención y rectificación, que corre ciega hacia su abierto abismo.

Al final de todo un trágico recorrido, nada resulta más reaccionario que estas revoluciones.

No se trata de ser conservador, sino de pensar y repensar todo cambio centrado, sin trampas ni subterfugios retóricos, en un profundo humanismo.