La muerte de los vaticinios
16 de agosto 2012 - 16:53
Las fuentes periodísticas internacionales, sobre todo europeas, dan como un hecho la continuidad gubernamental en Venezuela, y no el cambio, a partir del 7 de octubre. Se diría que el aparato propagandístico oficial, con sus agencias, televisoras y embajadas, ha hecho bien su trabajo: sembrar la perpetuación del Hacedor.
Si a esto sumamos la inédita situación del universo de las encuestadoras en Venezuela, arrimadas a la sombra de la mudez, cuando no del poder, se diría que entramos en una instancia inaudita: nadie se atreve a decir nada, y cuando lo dicen, lo hacen en privado. Acostumbrados como estábamos a que las encuestadoras, en tiempos electorales, nos dieran informes al menos mensuales, el silencio sepulcral de ahora nos dice que quien no ha ofrecido sus numeritos al mejor postor (Gobierno), los ofrece a clientes exclusivos (empresas), pues vocear vaticinios hacia la opinión pública puede significar una cortés visita del Seniat o alguna negación de Cadivi.
Bienvenido, pues, elector irrelevante, a la muerte de los vaticinios. Ante la imposibilidad de que algún opinador o empresa extienda su manto tricolor, que fuerzas muy visibles pisarían hasta deformarlo, los únicos mantos que se extienden son los rojos, pues para estos voceros insaciables el planeta mismo es una pobre superficie a la hora de exponer el rostro del Hacedor. Léase entonces que en el patio local las limitaciones son de fondo.
Por lo que un desafío de nuevo cuño, que tiene que ver más con el olfato y el tacto, se impone en la Venezuela de hoy para saber por dónde van los sentimientos del elector, que obviamente cada vez son menos superficiales, so pena de que el lobo los descubra, y más íntimos. Curiosa vida pública llevamos en la que hemos perdido los espejos y en la que todos ignoramos qué opinión lleva el otro o qué deseos lo alimentan.
Como nadie nos ausculta a gran escala, y si lo hace nada dice, todo ha quedado confinado a las sumas de las opiniones muy particulares. La muerte de la escena pública ha dejado al descampado a un cúmulo de individuos que sólo escucha el murmullo de sus pares. añresos lo alimenta. Como nadie nos ausculata en gran escala, todo ha quedado confinado a la sumas de las opiniones muy particulares.
Pero si en el terreno propio las limitaciones son de facto y todo se reduce a adivinaciones, las fuentes periodísticas internacionales tendrían un botín noticioso en Venezuela si de verdad quieren hacer un trabajo que vaya más allá de las gacetillas oficiales. ¿Qué piensa un país, cómo se debate, qué ve en su futuro? Se me antoja que la corriente de opinión decisiva no es la visible, y mucho menos la que tratan de proyectar las autoridades, sino más bien una lenta y honda marea que tiñe los espíritus y que apunta a cambio, a renovación.
En la encrucijada de opciones frente a la cual el país se debate, se diría que la conquista del futuro es tarea más atractiva que las reminiscencias del pasado, que siempre nos anclan en la inmovilidad y la prepotencia. El pasado es de nuestros padres, pero el futuro de nuestros hijos. Venezuela puede representar en breve plazo un elemento sorpresa, un ejercicio de resurrección, que nos debe al menos regresar a la comunidad de naciones vecinas y permitirnos recuperar la senda de la modernidad. Quien lo quiera buscar o entender, tiene las puertas abiertas.
Sería lamentable que las grandes fuentes internacionales se sorprendieran del viraje un día después del 7 y no antes, o ahora, cuando el país palpita con una emoción que pocos reconocen o no saben leer. No vayan a refutarnos los grandes del oficio periodístico diciéndonos que no se lo advertimos a tiempo.

