• Caracas (Venezuela)

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Tulio Hernández

La mordaza

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Independientemente de la opinión que se tenga del periodismo que oficiaba, Globovisión, el canal de noticias, será recordado como la última televisora privada venezolana de alcance nacional que resistió las presiones del régimen chavista hasta que –ya es vox populi– fue comprado por magnates de la boliburguesía, esa nueva casta empresarial que ha amasado, o multiplicado, su fortuna poniéndose al servicio incondicional de las estrategias de tierra arrasada del proyecto militarista rojo.

El pasado viernes 7, comenzando la noche, me fui al canal, invitado a participar en Aló ciudadano, el magazine con analistas y políticos invitados y espectadores que participan vía telefónica, que surgió como réplica a Aló, Presidente, el talk show dominical conducido durante años por el poderoso jefe militar que ya no está.

Pensé que íbamos a un programa más. Pero apenas entré en el estudio entendí que algo andaba mal. Leopoldo Castillo, el conductor, no exhibía el tono de voz potente y metálica al que nos tiene acostumbrados. Parecía un hombre debilitado por un resfriado u otra afección respiratoria. Apenas si podía hablar.

La atmósfera era de suspenso. El Ciudadano, como se le conoce popularmente, recién había adelantado que al final del programa haría un anuncio importante. Todos presumían que se trataba de su renuncia. Y así fue. Al iniciar el segmento final, Leopoldo Castillo, seguido por un camarógrafo, caminó por el set rememorando los doce años que tenía visitando diariamente aquel lugar. Agradeció a su equipo. Luego caminó al centro del estudio y desde allí habló de pie para despedirse de su audiencia. Sin muchas explicaciones. Tratando de no comunicar ni rabia ni amargura.

Algunos lloraban sin contenerse, otros secaban sus lágrimas con discreción. Alba Revenga, la nueva directora ejecutiva, presenciaba la escena con la expresión despavorida de quien mira a una persona ahogándose sin poder hacer nada para rescatarle. La cortinilla de cierre cayó. Los técnicos se acercaron a despedirse y a tomarse la que podría ser la última fotografía con el hombre que durante largos años contrapunteó diariamente con el autócrata de Sabaneta. Apresurado, el Ciudadano tomo su maletín y cuando salió del estudio veinte o treinta trabajadores del canal que laboraban a esa hora lo aguardaban a lo largo de la escalera para despedirlo con una conmovedora salva de aplausos.

Salí del lugar como quien no sabe qué hacer. Entendía que acababa de ser testigo de una escena tan histórica como la noche cuando se apagó RCTV. Tal vez menos evidente y dramática. Pero con el mismo significado. Una era y una experiencia de comunicación que moría asfixiada en las manos de un régimen que no soporta la diversidad.

Si alguien tenía la tímida esperanza de que vendría una televisión mejor, más equilibrada y plural, esa noche entendió que no. Que la televisión libre ha quedado abolida por el cónclave rojo que ha decidido construir una ancha y alta muralla mediática para impedir que informaciones no controladas por sus censores circulen en el país.

En los comunismos no hay problema con la libertad de expresión, todos los medios son del Estado. En las dictaduras tampoco, hay medios privados pero el gobierno practica la censura previa y estos tienen que aceptarla. En las democracias, el asunto es una batalla compleja y permanente. Pero en los totalitarismos del siglo XXI, que necesitan mantener la máscara democrática, el asunto es más sofisticado: si el Poder no puede cerrar el medio por el costo político que significa, entonces ¡lo compra!

Es un asunto de lechugas verdes. Porque, al final de todo, en los países atrasados y de institucionalidades débiles, las democracias siempre están heridas por el capricho de los poderosos. Y en la Venezuela petrolera el poderoso mayor es el Estado. El dueño de las lechugas que se precia de tener incluso su propia burguesía para que salga los fines de semana con una cesta a hacer mercado de medios incómodos. “Pero no fue un cierre”, dicen, mientras congelan la sonrisa.