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Eli Bravo

Entre la moral y la ética, ¿cuál eliges?

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Inspirulina

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En ocasiones vivimos tan metidos en nuestras ideas que no vemos los barrotes porque las opiniones y las creencias pueden elevarse como una celda muy cómoda en la cual nos sentimos aparentemente libres. Allí adentro todo luce bien, como debe ser, mientras que allá afuera es el pandemonio, el mundo de los equivocados. ¿Exagero? Date un paseo por las discusiones políticas o religiosas e intenta escuchar los argumentos con la mayor objetividad posible.

Un domingo fui testigo de una de esas conversaciones reveladoras. Sentados bajo la sombra de las palmeras, una amiga me confesaba que cada vez le costaba más aceptar a la gente que pensaba diferente. Para ella esto significaba, a grandes rasgos, que fuese republicana, que se opusiera al aborto y mostrara una actitud antisemita. El detalle interesante es que mi amiga es psiquiatra, así que en consulta debe escuchar toda clase de historias, por lo que si es un paciente es capaz de asumir una actitud neutral y controlar sus emociones, pero no si es alguien que conoce en un coctel.

Mi amiga no es la única que sufre de intolerancia a las ideas adversas. Tampoco se encuentra sola al decir: “Este mundo está lleno de gente equivocada”. Para ella, el mundo debería ser de cierta forma y sufre porque no puede aceptarlo tal y como es.

El suyo es un conflicto moral. ¿Qué es la moral? En su libro El sinsentido común, Borja Vilaseca la define como nuestro dogma individual; es decir: “Nuestro punto de vista sobre cómo deberían ser las cosas. Esta es la razón por la que muchos intentamos imponer nuestras opiniones subjetivas sobre los demás. Al estar tan identificados con nuestro sistema de creencias, creemos que el mundo debería ser como nosotros pensamos”.

(Querido lector, si le gusta la filosofía, habrá descubierto que el argumento es relativista, asunto que respaldo y asumo las contradicciones que entrañan el relativismo moral y la tolerancia social).

Ante esta tensión, mi amiga podría usar su conciencia ética para sufrir menos a los millones de republicanos que viven a su alrededor. ¿Qué es esto? “Ir más allá de nuestra subjetividad”, escribe Vilaseca, “comprender y aceptar que las cosas son como son. Así, la conciencia ética se sustenta sobre dos pilares: la objetividad de  nuestras interpretaciones y la neutralidad de nuestros pensamientos. A diferencia de la moral —que nos guía hacia la división, la lucha y el conflicto—, la ética nos mueve hacia la unión, el respeto y el servicio”.

La ética tiene más que ver con el modo de ser que con el modo de pensar, o como dice Vilaseca: “Con la predisposición permanente a hacer el bien”. Sí, es cierto, el pensamiento precede a la acción, pero desde la ética nos concentramos menos en nuestros pensamientos y creencias para juzgar al mundo y le prestamos atención a nuestra manera de relacionarnos con él a partir de nuestra verdadera esencia.

¿Y cuál es esa esencia? La respuesta es fruto del conocimiento de nosotros mismos y el crecimiento personal, un proceso que permite ver los barrotes mentales que nos imponemos y, aún más, que la gente ignorante desea imponerles a los demás. Acá utilizo el término ignorancia como el desconocimiento de la sabiduría básica y la conciencia más elevada. En el caso de mi amiga psiquiatra, sería la comprensión de que resulta imposible que el mundo entero comparta su manera de pensar y, más aún, que pensar distinto convierta a esa gente en malas personas.

Claro, me dirás tú, explícale eso a un yihadista. Ese es el punto: cuando se construye esa cárcel con fanatismo e ideología, los barrotes se hacen invisibles. Lo mismo que sucede con ortodoxos, militantes, hinchas o ultrarradicales. De todo hay en la viña del señor. Eso a mi amiga la saca de quicio.