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Elías Pino Iturrieta

El monstruo paramilitar

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Tal como están las cosas, es obligante la referencia a la degradación de la convivencia que hoy caracteriza a Venezuela. Pocas veces en tiempos de paz, es decir, mientras no se declaran las hostilidades que conducen a una guerra civil, se ha descompuesto la cohabitación a través de la cual se crea una sensibilidad capaz de orientar propósitos de entendimiento entre los personas. Debido a la multiplicación de las evidencias relativas a un menoscabo llevado hasta proporciones inéditas en la historia contemporánea, se hace difícil su tratamiento cabal. Sobran las muestras del encanallamiento de una vida que antes fue relativamente llevadera. Lo que era periférico se ha vuelto céntrico, hasta el extremo de dispersar hacia los ambientes más sosegados un caudal de aguas putrefactas. De allí la necesidad de detenerse ahora en el más protuberante de sus ingredientes: la existencia de fuerzas paramilitares, cuya acción es susceptible de provocar un deslinde sangriento que hasta ahora apenas ha permanecido en la vacilación de los bocetos, si no se considera la acción del hampa.

Venezuela no ha experimentado acuerdos estables en los quince años últimos. La colectividad se fue ubicando en el seno de dos versiones contrapuestas de la realidad, en la medida en que la “revolución” divulgaba su discurso y pretendía convertirlo en hecho concreto. Los actos del chavismo, pero también los de sus rivales, multiplicaron las diferencias hasta el punto de hacerlas enconadas. De un movimiento de vientos que pasa de tres lustros se pueden suponer tempestades, mas no necesariamente fenómenos de los cuales se espere un desenlace cruento hasta sus últimas consecuencias. Partiendo de las palabras airadas de Chávez y de su sucesor, pero también de las respuestas no pocas veces desatinadas de la oposición, nadie en sano juicio podía apostar por una navegación apacible. Nadie tampoco podía calcular cómo la forma de comportarse una de las partes del desencuentro podía desembocar en una aberración como la del paramilitarismo. Labranza de Chávez y cosecha de Maduro, se fue formando en las narices de la oposición hasta constituir una fuerza que exhibe la fachada y el interior de una torva patología de cuya actuación depende, aunque parezca exagerado, la suerte de la república.

Por los recursos que el paramilitarismo maneja, en primer lugar: millones de dólares provenientes del Ejecutivo, con los cuales hace lo que le parece para cuidar los intereses de su patrocinador, pero también lo que convenga a una urdimbre de negocios que cada grupo desarrolla de manera anárquica. Por el apoyo de la fuerza armada, después, capaz de concederle una patente de extralimitación frente a la cual no queda sino la respuesta de la violencia. ¿Se puede dialogar con unos facinerosos guapos y apoyados que apenas responden a las órdenes del jefe del Estado y de los ministros y de ciertos diputados que los promueven con disimulo, o con la cara destapada? La respuesta es obvia. O la gente común y corriente escapa despavorida de las mesnadas sedientas de la sangre del prójimo y de los bienes ajenos, o las enfrenta con la misma violencia de la que hacen gala.

La segunda alternativa ya se viene concretando. Los vecinos se organizan para prevenir arremetidas despiadadas. Las urbanizaciones buscan la manera de convertirse en alcázares que los libren de la barbarie. Las gentes de los barrios se encierran en pared de cal y canto. Los parroquianos de revólver y munición,   los parroquianos de garita y vigila se estrenan como especímenes de un género desconocido e indeseable, cuyo propósito consiste en la defensa de su vida y de sus propiedades. El desafuero paramilitar los ha conducido a esos extremos. Parece evidente que estemos frente al síntoma más alarmante, dentro del declive promovido por una dictadura que encuentra compañía de confianza en el bandidaje, así de gigantesco es su nerviosismo, así de desmedidos son sus recelos ante propios y extraños. Es probable que el miedo no permita al régimen medir las consecuencias del maridaje que ha fraguado, pero debería sentir, en algún arrebato de compasión, que construye la antesala para el advenimiento de una tragedia de proporciones incalculables.