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Roger Santodomingo

Los mitos del cerebro (I)

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La neurociencia se está convirtiendo en el escenario de los más intensos debates sobre la vida humana.

Cuáles son las verdaderas diferencias entre los sexos, cómo prevenir efectivamente el crimen, cómo predecir las tendencias políticas y explicar su comportamiento, quién puede ser un líder natural y cómo exactamente es que es posible la felicidad son algunas de las preguntas cuyas respuestas estamos hoy intentando responder examinando una tomografía.

Las bases de la psicología moderna están siendo sacudidas y en unos pocos casos reforzadas. Las grandes innovaciones de Sigmund Freud y Melanie Klein consistieron en descifrar nuestro comportamiento con categorías como la disfunción, el trauma y la inteligencia. Hoy hay todo un movimiento de opinión para reemplazar algunas de estas viejas técnicas por una tecnología disruptiva: el scanner funcional del cerebro o la imagen por resonancia magnética (mejor conocido como MRI, por sus siglas en inglés).

Uno de los campos donde la neurociencia será aplicada más pronto y donde tendrá el potencial de generar la mayor de las polémicas es la educación preescolar, básica y media. Pues pocas áreas son tan susceptibles de ser afectadas por la ideología, las modas y el dogma.

Sobre todo porque este es el campo que más preocupaciones despierta en los ya de por sí preocupados padres y representantes de jóvenes estudiantes.

El riesgo con la pronta adopción de innovaciones en neurociencia es que son el resultado de descubrimientos recientes de una ciencia también nueva que continuamente están siendo probados y refutados.

Así que estos descubrimientos pueden ser fácilmente mal interpretados y sobreestimados a la luz del prestigio que otorgan la novedad y la tecnología mismas (estudios neurocientíficos demuestran que tendemos a dar más crédito al “descubrimiento” hecho con tecnologías también nuevas que al conocimiento sancionado por los años).

Véase el caso de esta moda del “Brain Gym” o “Gimnasia Cerebral” que se introdujo con relativa velocidad en muchas escuelas del mundo entero. Sus promotores aseguraban que era posible hacer que los cerebros de los niños trabajen mejor si se hacen una serie de ejercicios que incluyen movimientos y masajes craneales. O la idea de que los niños tenían varios tipos de inteligencia (según el psicólogo Howard Gardner eran varias: inteligencia musical, visual y espacial, lógico-matemática, natural, etc). O que había un cerebro derecho y otro izquierdo (uno lógico y calculador, el otro intuitivo y creativo) y que había personalidades que se inclinaban por uno y otro lado. También que las personas tienen dominancia en una forma particular de aprendizaje (según si su personalidad está cerebralmente predeterminada para ser auditiva, visual o kinestésica).

Bien, todo esto pasó ahora al campo de las creencias impuestas por modas pseudocientíficas. La neurociencia ha desplazado estas ideas (muchas base de la llamada neurolinguística) como neuro-mitos.

Produce gran satisfacción ver creencias una vez esgrimidas como grandes misterios por expertos y charlatanes de todo tipo desenmascaradas con verdadero rigor científico.

Sin embargo, también crea cierta inquietud el percibir que la neurociencia crea sus propios mitos y se convierte en nuevo dogma en la medida que es interpretada apresuradamente o sus conclusiones son extrapoladas sin fundamento.

Por ejemplo, ¿existe un vínculo firme entre el funcionamiento objetivo de los circuitos neuronales y la experiencia subjetiva de la gente? ¿Qué tienen que ver el miedo y la ternura, el genio y el sadismo con las coloraciones que un MRI muestra en esa oscura parte de la anatomía cerebral conocida como el giro frontal superior?

Pero sobre todo, si la vinculación existe, ¿qué diferencia hace saber que aumenta la circulación en un sector del cerebro identificado con las emociones si no sabes cómo manejarlas?

Sin duda hay experiencias que, sobre todo en la infancia, cuando su plasticidad es mayor, influyen en la arquitectura cerebral. Pero saber esto no necesariamente determina la receta de cuál es la mejor experiencia cultural para la educación de los niños.

Sin duda la neurociencia seguirá dando sorpresas y literal y figurativamente nos iluminará el cerebro. Pero antes de considerar los colores de un MRI para innovar en políticas públicas, particularmente en educación, debe tomarse en cuenta los límites de una ciencia en pañales y valorar la efectividad de conceptos que se han probado durante décadas de cuidadosos estudios.

Continuaremos ampliando este tema en nuestras próximas entregas a partir de dos conversaciones que sostuve esta semana. Una con joven pionero de la neurociencia y la otra con un sazonado y prestigioso psiquiatra.

 

@CodigoRoger