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Jonathan Reverón

Los misterios de la vileza

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Me estoy cansando de anteponer la esperanza a todo, pero jamás anteponerla ante la verdad. Es un ejercicio difícil que me somete a estar más de lo necesario echado en la cama un rato después de haber despertado, pensando que hoy sí, que todo esta situación no va a doblegar mi espíritu optimista. Estirar, pues, el límite de la tolerancia.

Hay adjetivos fuertes o altisonantes. Opiniones que tenemos de los demás, de la vida de los demás, de quienes son contrarios a nuestro pensamiento, haciendo mella en la condescendencia. Cuando el vaso se rebosa, uno termina descalificando, perdiendo seguidores, amigos, afectos. Cierta deslealtad me disminuye, más que cualquier otra cosa, más que alguien cercano esté de acuerdo con este gobierno, cegado ante su documentada violación de los derechos humanos.

Jonn Locke, filósofo y médico inglés de finales del siglo XVII, dijo que “sólo los estúpidos no cambian de opinión cuando cambian las circunstancias”. El detalle es que en quince años poco ha cambiado la balanza de los beneficios del gobierno ante los que no estamos y no queremos estar identificados con la revolución. Y todos los días me repito que apenas la oposición esté algún día liderando Venezuela, me colocaré del lado de los críticos; la verdad de mi oficio, por definición, está en contra del poder, ha sido así a lo largo de la historia. La credibilidad depende en denunciar responsablemente el totalitarismo.

Cuando leo esas declaraciones con palabras ruines, entre personas que antes vivían en fraternidad, indago en el pasado de ambas partes, buscando coherencia. Pero lo que realmente me indigna es cuando a merced de una idea alguien va en contra de la mano que les ofreció un trampolín y les abrió el camino a realizarse. Son varios los maestros con los que he perdido contacto, sea porque ya no comulgo con ellos y porque las imponderables diferencias que se presentan a lo largo de la vida me han desdibujado la admiración. Hacia ellos en el fondo se mantiene un sentimiento de agradecimiento. Nada me cuesta nombrarlos con respeto y decir lo que ahora pienso de ellos. Pero jamás utilizando la infamia, sea cual sea el grado del termómetro. Hablo de Roque Valero contra Leonardo Padrón por ejemplo, o de Gabriela Montero contra José Antonio Abreu.

Hay un núcleo, una cosa mínima y poderosa que está por encima de la razón: esa sustancia que hizo germinar en algún momento una amistad. ¿Qué es esa soldadura que no debe abandonarse? ¿Cómo se traduce esa ética? La vileza se nutre del olvido. Mi bandera es ser fiel a ese valor que demanda la patria afectiva.

@elreveron elreveron@gmail.com