• Caracas (Venezuela)

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Samuel González-Seijas

Las cuatro miradas

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La mirada azul, la mirada roja, la mirada verde, la mirada negra: esos son los colores con que hoy nos miramos en la ciudad. Varían los tonos y las intensidades, menos en el negro, definitivo y último, mortal. La azul nos viene de los niños y algunos viejos, que miran desde remansos o estanques de fondo celeste, sobre los que se reflejan nubes del pasado o juegos de la luz. La mirada verde es con frecuencia un estallido. Parece abalanzarse sobre nosotros desde la vegetación incuestionable, proliferante, indetenible, que llena todo el espacio vivencial de la urbe. No hay franja, patio, techo, calle o avenida donde no brote una planta, un arbusto, un árbol. Desde su distancia nos parpadean a cada instante. Sus brazos llenos de ojos, que el aire y la temperatura hacen pestañear, nos señalan desde hace siglos. Aún estamos en la tarea de descifrar esos signos, que a veces parecen papelitos, otras veces monedas en las que una mordida de sol nos revela o apuntan a un rostro por descubrir (¿el nuestro?)

La mirada roja: nueva iracundia. Furia retomada quizá de algún remoto pasado nuestro. Mirada brasa que vuelve los rostros ceniza, sin embargo inextinguible. Mirada faculta en incendiarse siempre, renovada en el fuego de su rencor, nueva e incansable en su tarea de consumirse incendiando, quemando a su paso todo otro rostro que pasa, toda intimidad, toda entrega cotidiana y sencilla del vivir. Mirada roja de quien (de quienes) vienen a saldar algo sin contorno, indefinible y sin perfil, que está igualmente consumiéndose en su propia llama. El odio, mirada de odio que arrasa cuerpos a su paso, que desea extender lo estéril, lo yermo.

Como aves que en el monte logran, por un salto de instinto, en el último momento, salvarse de una lengua de candela, algunos hemos sobrevivido. Pero no sabemos hasta cuándo.