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Ronald Nava García

¿Y por qué minúscula y no mayúscula?

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Ya les digo que los manuales de estilo, esos conjuntos de normas prácticas que un medio pone a la disposición de sus periodistas para que se expresen con claridad y precisión, suelen ser fuente de discusiones y reflexiones, tal como la que nos plantea el lector Freddy Morles S. desde la capital del estado Aragua. ¿O ha debido uno escribir Estado Aragua? 

Y es que allí está, en esa disyuntiva entre mayúscula o minúscula, la nuez de la reflexión del lector, quien cita al libro de estilo de la casa cuando nos escribe: “Los nombres de entidades, organismos, asociaciones o documentos se escriben con mayúscula: Presidencia de la República, Ministerio…”. Entonces obligatoriamente tenemos que  preguntarnos: ¿Por cuál razón lógica los nombres de unas entidades de tan elevada significación conceptual -como lo son los “Estados”- deben escribirse con minúscula inicial? ¿Qué les parece a ustedes algo como esto: “El Municipio Mariño está ubicado en el estado Aragua”? ¡A mí me parece horrible!

La persona ideal para responder a Morles es el periodista Ramón Hernández, autor y recopilador del Manual de Estilo, pero lamentablemente no estaba disponible a la hora de escribir estas líneas. Se aventura uno a decir que la duda del lector es legítima, al menos en cuanto a lógica y sentido común. Se imagina uno que el uso de la minúscula pretende evitar confusiones en cuanto al concepto de Estado como forma de organización social, política y económica, y no como una división administrativa.

Cree uno conveniente añadir que el propio manual, en una nota introductoria alerta: “Concebido con el fin muy específico de ayudar a los redactores del diario a expresarse con claridad y precisión, no intenta establecer los “modos correctos” de escritura (un ámbito de especialistas que prefiere no invadir), aunque para diferenciar entre lo que se usa y no se usa en los textos informativos utiliza los términos “correcto” e “incorrecto” en los ejemplos.”

Lo otro importante es que un texto de esta naturaleza tiene que ser corregido y modificado constantemente, porque esa es la esencia que dicta algo tan cambiante como lo es el idioma. Creo que son cuatro las reediciones que lleva el manual y en cada una de ella se incorporan y se modifican normas, o recomendaciones.

Como antecedente vale recordar que hace unos meses tocamos el caso de la nueva gramática de la lengua española, que modificaba un uso determinado acogido por el manual y quedó claro que esos usos nuevos regirían en el diario una vez hecha la modificación del libro de estilo.

En general, existen numerosas objeciones a los manuales de estilo tal como los conocemos. Hay quienes piensan que deberían ser unos verdaderos manuales de producción, que reúnan no solo los aspectos léxicos y gramaticales sino también las herramientas que puedan garantizar el deseo de sus editores. Obviamente que ese concepto convierte su uso en una obligación que forma parte de la cadena de producción. Tal criterio aprieta al máximo el poco o ningún uso que los periodistas del medio suelen hacer del manual, para muchos “el libro menos leído por la Redacción”. O así.