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Antonio Sánchez García

El milagro: era una dictadura

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Y sucedió el milagro. Todas esas baratijas de quienes hemos considerado “nuestro liderazgo” yacen esparcidas por los suelos. No hay rincón del país ni clase social ni urbanización, plaza, barrio o cerro, ni este ni oeste, ni rico ni pobre que no sepa que esta es una dictadura.

 

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La decisión de un joven líder, asumida luego de un silencioso periplo que lo llevó a recorrer el país sondeando el ánimo de la ciudadanía y midiendo su temperatura política mientras articulaba un pequeño, pero voluntarioso partido, terminó por inclinar definitivamente la balanza del amañado equilibrio de poder impuesto por la dictadura y acatado en silencio por una oposición cataléptica y carente de una estrategia de recambio hasta voltear el rumbo a futuro del país en 180 grados. Es lo que merece ser considerado un giro copernicano en nuestra historia contemporánea. En efecto: luego del 12 de febrero, ni nuestra visión de país ni la que el mundo tenía del conflicto venezolano volverá a ser como antes.

Cuatro prejuicios ya inveterados fueron derrumbados en horas por la acción espontánea de una juventud indignada por los atropellos de la dictadura, cometidos con absoluta impunidad, en despoblado y con alevosía, como la brutal agresión a una joven universitaria de los Andes venezolanos que encendiera la mecha del polvorín. Podemos articularlos en torno a cuatro dimensiones: la dimensión temporal, la espacial, la social y la político-ideológica.

La dimensión temporal, en primer lugar. Todos los factores políticos del establecimiento habían asumido que 2014 sería un año sabático. Una suerte de hibernación dada la inexistencia de procesos electorales, causa y efecto del accionar de nuestras élites.

¿Qué hacer en un año sin elecciones, ser y sentido de la unidad de la oposición venezolana que considera blasfemia cualquier acción que no se subordine a la resolución de esta crisis por medios pacíficos, electorales y constitucionales, habiéndosele extirpado a la Constitución los artículos 333 y 350 y su imperativo categórico moral: combatir por todos los medios a quienes la violaran con fines espurios; incluidas las fuerzas armadas, obligadas por esa misma carta magna a mantenerse en la más estricta neutralidad partidista y sin otro fin supremo que la defensa y resguardo de la soberanía de la nación y la preservación de la vigencia del régimen constitucional?

La dimensión espacial, en segundo lugar. Se había extendido y convertido en prejuicio indiscutible del establecimiento opositor que una barrera infranqueable separaba a ricos y pobres, a desheredados y acomodados, a lo que dos metáforas oprobiosas denominan casi con asco “el este” y el “oeste”, mientras extrapoladas bajo el mismo prejuicio al país entero daba por hecho que el interior le pertenecía al régimen y la capital a la oposición. La conquista de “los espacios territoriales” estaba decidida a favor del régimen y los llamados espacios institucionales no parecían poder modificarse en el corto plazo, salvo por medios electorales. Lo que en 2014 no podía suceder. Ergo: a dormir la siesta del chivo.

Del prejuicio social ya hemos adelantado algunas consideraciones: la épica electorera le regalaría al régimen, encuestas amañadas mediante, el monopolio de “los pobres”, mientras la oposición se encontraría condenada al bastión de los ricos. El prejuicio aceptado universalmente por la oposición tradicional era que la conquista de la pobrería era prácticamente imposible sin un trabajo lento, metódico, silencioso y de zapa.

El prejuicio que contrariaba toda argumentación en contrario sostenía que Internet y la protesta no subían cerro, toda vez que, además de limitarse al laptop, al este y muy en particular a la plaza Altamira, “los radicales” ni siquiera pensaban en reivindicaciones más sentidas por los sectores populares: el desempleo, la carestía de la vida, la inseguridad, el desabastecimiento. Mientras los llamados radicales no dejaran de ser radicales y golpistas, no salieran de plaza Altamira, fueran hijos de papá, olieran a godarria, no treparan cerro ni fueran capaces de agitar con los únicos temas que podrían sensibilizar a los pobres, estarían dando palos de ciego. Con esos radicales, decían nuestras dirigencias arriscando la nariz, ni a misa. Un prejuicio inveterado de 14 años de edad que condenaba a los radicales a ser una élite minoritaria absolutamente desconectada. Acorralada desde los sucesos del 11 de abril de 2002.

Hemos adelantado los puntos extremos de la cuarta dimensión, la político-ideológica: para convencer a los pobres, para terminar de convencer a la clase media y roncarle en la cueva al régimen, además de subir cerro y abandonar todo lenguaje y aposturas elitescas, extremas, radicales y golpistas había que dejar otros temas absolutamente sellados en la urna de cristal de los tabúes de una sociedad filosocialista y protocomunista hasta la médula desde los tiempos inmemoriales de la Generación del 28: no hablar de comunismo, de libertad, de colonialismo. No rozar a Cuba ni con el pétalo de una rosa ni, desde luego, los principios del igualitarismo castrocomunista. No digamos del clientelismo populista: para subir cerro había que cargar las mochilas con tarjetas Mi Negra, barriles de petróleo, mercales cinco estrellas, misiones urbanización adentro, ofertas mejores y más abundantes que las del chavismo. La causa propiamente política: la denuncia del castrocomunismo dictatorial en proceso de entronización, si es que se la consideraba en ciertos conciliábulos, se daba por perdida.

En suma: los cuatro pecados capitales se sintetizaban en leyes inmutables: no tocar al régimen, sino solo y exclusivamente a su gobierno. Respetar a los cubanos presentes en nuestro país en misión samaritana. Elogiar los planes pergeñados en La Habana, ampliarlos y darles más estatus. Digamos: institucionalizarlos, hacerlos más clientelares, más populistas, más socialistas e igualitarios. La estrategia victoriosa radicaba en ser más chavistas que Chávez. Y si fuera el caso, más castristas que Castro. Los moderados hablaban de salidas de centro. Los más osados prometían casarse con la izquierda.

Fueron las pautas de todas nuestras confrontaciones electorales, desde la tristemente célebre campaña presidencial impuesta por Julio Borges y Teodoro Petkoff en 2006 en torno a Manuel Rosales hasta las subsiguientes con Henrique Capriles como mascarón de proa del intento por seducir al chavismo con sus mismas armas, ganar en buena lid, sin la más mínima consideración al hecho indiscutible y palpable de que la vía electoral había sido sellada, condenada y castrada. Ante lo cual, en vez de denunciarlo, había que atacar a los denunciantes. Escarnecidos por instigadores del fracaso de los “abstencionistas”. Y culpables de la conformación del CNE.

El resultado fue la resignación. Puesto que todos estos prejuicios tenían lugar en un contexto sistémico en que si no perdíamos éramos ineluctablemente derrotados y si ganábamos éramos sistemáticamente jibarizados, debíamos prepararnos para una travesía larga y prolongada, elección tras elección, dejarnos derrotar hasta que se les fracturaran los puños, verlos envejecer hasta que hartos del poder soltaran las riendas y les pidieran a nuestros nietos el favor de reemplazarlos. ¿No fue lo que sucedió con la Unión Soviética, que desfalleció solita tras setenta años de tiranía y campos de concentración? Gradualismo y santa paciencia.

Por lo tanto: a esperar las parlamentarias de 2015 y a prepararnos para las presidenciales de 2019. Esas eran las perspectivas que pintaba el futuro para las más fúnebres Navidades de nuestra historia, adobadas con el Dakazo y el brutal y desalmado asesinato de Mónica Spear y su esposo. La absoluta omnipotencia del régimen, ahora corporeizado en Maduro, que según nuestros pitonisos con un golpe de mano y el asalto a algunas tiendas de electrodomésticos recuperó en un santiamén todos sus puntos perdidos y volvió a ganarnos por tres cuerpos. Porque he allí la guinda de la torta: sus victorias habrían sido limpias, inmaculadas, transparentes. Habíamos menospreciado el talento del heredero. La dictadura –con perdón de algunos compañeros que detestan el calificativo– no nos ganaría por ser tramposa y más lista, sino porque nosotros somos más tontones y pendejos. Pregúnteselo a Vladimir Villegas.

Y sucedió el milagro. Todas esas baratijas de quienes hemos considerado “nuestro liderazgo” yacen esparcidas por los suelos. No hay rincón del país ni clase social ni urbanización, plaza, barrio o cerro, ni este ni oeste, ni rico ni pobre que no sepa que esta es una dictadura. Y aun cuando algunos insistan en reprimir el término, hasta la Iglesia ha comenzado a hablar de totalitarismo. La indignación ha brotado como un tsunami derribando todas las compuertas, todos los tajamares, todos los tópicos y lugares comunes de quienes sueñan con ser presidentes, pero sin ofender a nadie ni cambiar nada de nada.

Los temas no son los que nuestros políticos del establecimiento quisieran: son reivindicaciones estricta y rigurosamente políticas: libertad, respeto, dignidad, soberanía, derechos humanos, patria, moral. Claro que se exige seguridad, abastecimiento, leche, pan, aceite, azúcar, harina, salarios dignos, agua, electricidad, pero también decencia, moralidad, independencia, grandeza, honestidad, honradez, instituciones, Estado. Para mayor escarnio del régimen, sus esbirros han asesinado a jóvenes de nuestro pueblo, sin pedirles árbol genealógico.

En horas, aunque al precio del sacrificio de decenas de vidas que recién se asomaban a la adultez, el mundo supo como por un fogonazo que Maduro es un dictador, un títere de los Castro, un rufián y su gobierno una cabilla de facinerosos sin retorno. La siesta colonial se hizo pedazos y el mundo contiene el aliento ante las atrocidades de una dictadura ahíta de abusos, de indecencia, de sangre, de estupro, de corrupción, de muerte, de iniquidades.

Nadie puede asegurar que sucederá esto o aquello, que la revolución democrática en curso triunfará como obedeciendo a nuestros deseos o se detendrá a tomar un segundo aliento para volver a renacer con mayor fuerza y mayores ímpetus. Pero Venezuela ha dado un giro de 180 grados. Copernicano. Nada será como antes. Y sin pretender ser un profeta del desastre: la cobardía, la pusilanimidad, el oportunismo, el tercerismo, la complicidad y el acomodo están llegando a su fin. Demasiado tiempo. Ya era hora.