• Caracas (Venezuela)

Opinión

Al instante

Asdrúbal Aguiar

El miedo a la emancipación

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Más allá de la retórica democrática, que no cede en los labios de quienes denuestan de la Carta Democrática Interamericana llamándola “intervencionista”, o de quienes, entre nosotros, hacen del diálogo una consigna o con ánimo represor de la conciencia libre conducen el gobierno, lo constatable es la irritación que a éstos les provoca la oposición. Llaman radicales a quienes demandan pensamiento propio. 

Desde antes del culto al positivismo, que prende en el alma de los intelectuales a inicios del siglo XX y les permite reivindicar al déspota ilustrado medieval o al gendarme necesario, acaso al César democrático que pinta Laureano Vallenilla Lanz, ya el mismo Simón Bolívar sojuzga al pueblo que busca liberar de extraños. Le considera indigno del bien supremo de la autonomía o de la democracia, en casa propia. 

No por azar despotrica contra quienes, en 1811, apelan a la razón ilustrada para imaginarnos como república posible. Los censura por la forja de entelequias aéreas. Y desde Angostura, en 1819, reclama un senado hereditario tutelar formado por los hombres de espada; y llegado 1826, desde Chuquisaca, forja el modelo que hace bueno a su muerte Hugo Chávez: el presidente vitalicio, padre bueno y fuerte, escoge a su sucesor, en la persona de su vicepresidente. 

Después de 1958, la emergente república civil nos empuja hacia la modernización material y sobre todo educativa; pero bajo la égida tutelar de los partidos. Sustituye el dominio de las armas por las togas y levitas que conducen, con igual criterio dominante, a la sociedad política. 

Nuestro promedio de vida salta de 53 años a 72 años. Se nos dan servicios de aguas blancas y aguas servidas, conjurándose la letrina. Dejamos atrás la constante fatal desde nuestra Independencia, a saber, el abandono de la casa paterna en búsqueda de una capital de estado o de la república, para cursar estudios primarios y acaso secundarios, o alcanzar la exquisitez universitaria. 

Entre 1958 y 1998, las tres universidades públicas con las que cuenta el país y las 2 privadas creadas durante la dictadura militar, crecen e integran una red de más de 400 núcleos de educación superior. Cada hombre y cada mujer de esta tierra lee y escribe, y hace doctores a sus hijos para sacarlos de la pobreza. Pero cuando éstos intentan ilustrarse, es decir, cuando creen llegada la hora de la emancipación, del uso de la razón propia sin servirse de la ajena, la de los dirigentes o jefes de los partidos, quienes suceden a los capataces de los cuarteles que todo nos lo dan y hasta piensan por todos, nuestros primeros actos de rebeldía son entendidos como el producto de conspiraciones o adelantamientos. 

El Estado y los mismos partidos, correas de transmisión de la actividad política y diafragmas impermeables, a inicios de los 90, no se muestran a la altura de su obra magna de civilización. La sociedad civil, el pueblo hecho ciudadanía, es ahora realidad, aun cuando debió preceder culturalmente a la organización de nuestra experiencia republicana. Y al acudir, incluso con retardo, a la fuente universal de la educación en niveles jamás imaginados -no se olvide el Plan de Becas Gran Mariscal de Ayacucho- era predecible que abandonase sus “cárceles de ciudadanía” y tomase la calle con espíritu constituyente. Desata sus amarras, sin propósitos de vuelta o regreso al estadio de sumisión. 

En ese instante, justamente, un traficante de ilusiones, quien anuncia desde los cuarteles entender y satisfacer a la masa que reclama su protagonismo civil, en un hábil juego de manos la hace presa y también demuele las organizaciones partidarias que hacen el milagro educativo y no lo comprenden. Y reinstala en su conciencia el credo de Bolívar y a todos nos devuelve a los orígenes, a la tutela de los incapaces. En esas estamos hoy los venezolanos, desde 1999, con miedo profundo a la emancipación y a luchar contra las incertidumbres que ella provoca.

Creo como Kant, pues, que nada avanzaremos si, como observantes pasivos de la MUD y de los militares que rodean a Nicolás Maduro, no alcanzamos librarnos de nuestra culpable incapacidad; es decir, si como hombres – varones y mujeres - no nos proponemos ser los dueños de nuestra humana condición, anclada en la razón propia y no prestada. 

Se trata de abandonar la pereza o la cobardía, dejar atrás nuestra comodidad de pupilos – lo que sí hacen los estudiantes y en buena hora – y tener el coraje para disentir, para ponernos los pantalones largos de la rebeldía democrática. Ello, obviamente, no le hará gracia a quienes ven como amenaza tal ejercicio, que limitan a las formas y sus rezos, por cultores como Vallenilla del “unanimismo” de los déspotas, sean civiles, sean militares.