• Caracas (Venezuela)

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Ildemaro Torres

¡Qué mezcla!

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Sí, terrible la de ignorancia, ineptitud y delincuencia. Padecemos a diario asaltos a nuestras universidades o enfrentamos signos inequívocos de involución social, quedándonos en cada caso pruebas de los perpetradores; pues la comandita cívico-militar que nos acosa parece plantearse como aspiración política la ruina moral, educativa y cultural, como norma el atraso, como estilo lo primitivo, y como gran objetivo la destrucción física del país y la degradación de quienes lo habitamos.

Un hecho cierto y muy preocupante en sus alcances destructivos, como proveniente de un diseño trazado con la más miserable actitud, es la política anti universitaria de extrema agresividad, inducida por un odio manifiesto de negación de cuanto implique estudio, análisis formativos, profundización conceptual, cultura, belleza ambiental y cercanía en lo humano. Es de agregar a lo deplorable vigente, la presencia   de personas de vergonzosa mediocridad en cargos de alta responsabilidad, y a quienes sin embargo se les ve opinar en poses de doctos magistrados y burlándose de profesionales de reconocido prestigio.

Por lo cual, y siendo tanto testigos como protagonistas y hasta víctimas de cuanto ha venido sucediendo, han sido días de justificadas manifestaciones en reclamo de ser atendidas las necesidades planteadas, del respeto a la libertad de ejercer los diversos derechos como seres humanos y en correspondencia con la condición de miembros de la comunidad universitaria.

Algunas circunstancias difíciles de sobrevivirlas en términos personales e institucionales, debidas a necesidades básicas, han determinado movilizaciones y demandas, dejando evidencia de la conmovedora aproximación solidaria que ha unido a profesores, estudiantes y empleados universitarios, y los ha llevado a marchar juntos y compartir situaciones extremas como las representadas por huelgas de hambre y otros sacrificios.

El Gobierno se ha permitido negar toda atención a las verdaderas instancias universitarias, a oír a los organismos gremiales en sus serios juicios. Con ello ha quedado claro que no basta con declarar el genuino y sentido amor por nuestra alma máter, sino luchar de manera frontal y firme por la autonomía académica, el derecho a un desempeño fructífero en la creación y el trasiego de conocimientos, y con los beneficios de una remuneración justa que haga posible el goce de una vida sin angustias ni carencias degradantes.

El vínculo por décadas a lo académico, permite preciarnos de conocer a los estudiantes universitarios, de verlos como compañeros de ruta, y de allí la preocupación sentida ante las brutales agresiones de que son víctimas; debiendo el oficialismo al demandar actitudes no violentas, dirigirse sobre todo a sus propios cuerpos policiales, a sus aparatos de seguridad y al conjunto de pandillas motorizadas, armadas y entrenadas por ellos.
Nada fácil de lograr, porque al régimen le cuesta entender y aceptar que los estudiantes, que hoy manifiestan en todo el país por el pleno respeto a los derechos ciudadanos y un contexto social de sana convivencia, no sean comprables, sumisos ni asustadizos, sino dignos portadores de ideas propias, decididos a luchar por valores éticos trascendentales.

Violeta Parra, por inteligencia suya y sabiduría popular, creó canciones que una vez oídas se quedaron para siempre en nuestra memoria, impregnándonos la vida con el profundo sentido de sus letras; así, no es casual que una de las más recordadas, y hoy de especial vigencia entre nosotros, sea aquella en cuya primera estrofa nos dice: “¡Que vivan los estudiantes,/ jardín de las alegrías!/ Son aves que no se asustan/ de animal ni policía,/ no les asustan las balas/ ni el ladrar de la jauría”.