• Caracas (Venezuela)

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Elizabeth Fuentes

La metamorfosis

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Hay dos pichones de zamuro en un edificio frente a mi casa. Anidan en el balcón de un apartamento que lleva meses vacío. ¿Será que la familia se fue del país? ¿lo estarán vendiendo para pagar un secuestro ¿andarán de vacaciones? ¿Les dará pánico alquilarlo? En fin, una se hace todas las preguntas clásicas viendo aquello como quien observa vidas ajenas desde lejos, tipo La Ventana Indiscreta de Hitchcock. Y resulta que descubrí que los pichones de zamuro son bien lindos: color caramelo, peluditos, lucen como de peluche, provoca acariciarlos, consentirlos, alimentarlos. Una belleza los animalitos.

“Se parecen a las revoluciones”, me dije un sábado de ocio, café mediante. Y es que la noche anterior había visto una maravilla de documental, Unfinished Spaces, donde los autores narran de manera magistral el hermosísimo inicio de la Cuba de Fidel, puro sueño bonito aquello. Resulta que un día, mientras Castro y el Ché jugaban golf en el expropiado Country Club de la isla, se les ocurrió la idea de construir allí “las mejores escuelas de arte del mundo”. Y llamaron a tres arquitectos, Ricardo Porro, Roberto Grittardi y Vittorio Garatti –los tres trabajaban acá con Villanueva en el Banco Obrero–, y se fueron a Cuba apenas triunfó la revolución. Ayudado por los alumnos de arte, se fajaron a diseñar y a trabajar en aquellas bellezas de Escuelas de Ballet, Danza, Artes Plásticas, Teatro y Música. Pero ¡ups!, cuando ya tenían casi listas dos de las escuelas e iniciaban la construcción de las tres restantes, el pichón de zamuro creció y los atacó a mansalva.

A los arquitectos los acusaron de burgueses, de excesivo intelectualismo. Porro se tuvo que ir exilado a París, donde murió. Garatti fue etiquetado como espía y lo metieron preso porque se llevaba los proyectos a su casa para trabajar y resultaba sospechoso. Y a Gottardi, el único que sigue en Cuba, lo obligaron a laborar como obrero para que “se conectara con la realidad”. Su castigo consistió en ser albañil de unos edificios horrorosos, cuyo diseño provenía de la URSS y, vaya casualidad, idénticos a esos esperpentos de “Misión Vivienda” que ha sembrado Farruco en medio país.

Por eso pensé, café mediante, que como pichones de zamuro, las revoluciones comienzan de lo más cuchi, pero a medida que crecen no les queda otra que obedecer a su naturaleza. Viven de cadáveres, los convierten en su propiedad, se tornan agresivos, invaden sin preguntar, atacan sin compasión, y los peores y mejor “alimentados” de la bandada comienzan a replicarse cual motorizados en choque. De acuerdo con los ornitólogos, si bien es verdad que los zamuros aceptan comer en grupo, entre ellos suelen surgir riñas sangrientas por hacerse de la mejor pieza. Compiten ferozmente a la hora de engullir y, aunque trabajan en silencio, al momento de agredir no se detienen en nada y, sólo porque les apetece, se abalanzan también contra otros de su especie. En su afán de destrucción por sobrevivir no les importa matar a cualquier inocente que se les atraviese en su ruta insaciable.

Y aunque aquí nunca comenzó bonita, más de un zamuro ha tratado ahora de convencernos de que todavía siguen en su etapa de pichones. Sin ir muy lejos, Elías Eljuri, presidente del INE, que de lo más tierno acaba de asegurar que la revolución ha cambiado la calidad de comida de los venezolanos porque “en los últimos años, la gente de todos los sectores está comiendo carne, pollo y pescado” y además han logrado la eliminación del hambre de los niños en todas las escuelas porque les dan merienda dos veces al día. Y ni hablar del (¿quinto, sexto?) ministro de Energía explicando las razones del mega apagón con aquella cara de gatico herido, o el dolor interminable de Maduro llorando mes tras mes la partida de quien lo dejó como pajarito en grama. Todo eso pensé viendo ese apartamento vacío, semi en ruinas, tomado por zamuritos. Parece una foto del país.