• Caracas (Venezuela)

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Ramón Hernández

Sin méritos

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Es una lucha a cuchillo, no ideológica, por el poder. No ha corrido la sangre ni los derrotados han sido lanzados a una jauría de perros salvajes, como ocurrió en Corea del Norte. Todavía es un enfrentamiento sordo, por conquistar colinas o conservarlas. No es poco lo que está en juego, algo más de 2,5 millones de barriles de petróleo a 100 dólares por barril, más los ingresos diarios milmillonarios del IVA y los anuales del impuesto sobre la renta, y mucho más de la mitad no sometidos a control alguno y los que sí el verificador mantiene una gruesa venda sobre los ojos para que no le digan que no “colabora con la revolución”.

Nada ideológico está en juego. Nada. Nadie se declara trotskista, pro chino, guevarista ni bolchevique; el remoquete marxista-leninista y la distorsión “centralismo democrático” no aparecen en los documentos y pliegos del partido de gobierno ni en las organizaciones y movimientos aliados. El pensamiento, el debate de ideas, la contribución a la doctrina está más debajo de la nada, de cero, que la temperatura registrada en el Ártico con las últimas tormentas de nieve. El librito rojo que usa Diosdado no tiene ni una arruga, ni una mancha: no le ha quitado el plástico. Su socialismo es pragmático, se queda en los recibos y en los insultos. Ambos superlativos, ambos asqueantes. Deshonrosos. Salvo en las hordas que comandaba el Iluminado Espinoza a mediados del siglo XIX venezolano se puede encontrar desfachatez semejante.

En cierto modo es como si además de haber despertado a los viejos demonios que campearon en Venezuela en aquel charco de sangre que por demagogia se llamó guerra federal, se hubiesen rescatado algunas de las “ideas” del “generar regeneradol” N. Figueredo, que encabezaba la facción Indios Guanarito y montó un asedio a la ciudad de Puerto Nutrias, para exigir que le dieran “alogamiento en espacio sano”, además de “comía y bebía” para propagar la “Nueva Era del Kristianismo”.

El poco tiempo que duró como asesor Heinz Dieterich Steffan y la poca venta que han tenido los libros que con tiradas millonarias se imprimen en las rotativas del Estado, no indican que haya en la población en general desdén alguno hacia la doctrina socialista, tampoco se vende mucho la Biblia y hay que ver cuánto patean las calles los testigos de Jehová para llevar la palabra nueva a través de la revista Atalaya. Indica sí que el régimen igual que en los primeros tiempos del castrismo utiliza una máscara, un estandarte, para hacer creer que su intención es la transformación de la sociedad y no la mutación de los elegidos de la nomenklatura en la “Nueva Clase”, en los burgueses multimillonarios del socialismo ¿pragmático? Remato obras completas de Mao y los Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana de José Carlos Mariátegui, por inútiles.