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Marcos Tarre

El menudeo de la corrupción policial

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Los venezolanos estamos empezando a descubrir, al sufrir en carne propia sus efectos, cómo la corrupción es un delito que nos afecta a todos y cuyo impacto deteriora directamente nuestra calidad de vida.

Durante demasiado tiempo, cuando el dinero alcanzaba, existió cierta tolerancia social hacia el corrupto. Era el vivo, el pícaro, el “pájaro bravo” que sabía aprovechar la oportunidad. El famoso “a mí no me den, pónganme dónde haiga...”, era aceptado como un chiste simpático... Total, al meterle la mano a la hacienda pública no se afectaba a nadie en particular. Pero, la crisis en la que nos ha metido el chavismo, agravada a extremos nunca antes vistos con Maduro, han hecho que en las interminables colas para acceder a los productos regulados, o al sacar la billetera del bolsillo y constatar que el dinero no alcanza para nada, y menos para pagar los inaccesibles precios que cobran los bachaqueros y otros proveedores, comenzamos, tardíamente, pero con sobradas razones, a hacernos preguntas, exigir respuestas y establecer responsabilidades.

Veamos algunos detalles que pueden ayudar a entender cómo impacta y agrava la corrupción, el deterioro general que padecemos.

Una vía normal y común de distribución y venta de verduras y frutas ha sido, tradicionalmente, los camiones que se ubican en esquinas o sitios estratégicos de las ciudades para vender sus productos, traídos del interior, directamente de las zonas productoras. Sin embargo, basta conversar con alguno de ellos para oír sus reclamos y quejas de cómo son “matraqueados” en alcabalas y controles policiales para poder proseguir su ruta. Tienen que “bajarse de la mula” y pagarle a Guardias Nacionales o funcionarios policiales, bien sea con dinero en efectivo o con productos para poder llegar a sus puntos de venta en dónde, adicionalmente, pueden ser abordados por funcionarios policiales para exigirles su correspondiente “cuota”. Estos “costos” o pérdidas que sufre el comerciante las repara de inmediato incrementado sus precios de venta al consumidor...

Otra escena bastante común. Un camión cava refrigerado de venta de pescado está ubicado en su punto de venta, bien sea en un mercadito local o simplemente en una calle. Los clientes esperan su turno. Llega una moto con dos uniformados de verde oliva y saludan muy cordialmente al pescadero. Éste saca del camión cava una pesada bolsa negra llena de productos y, también muy sonriente, se la entrega al Guardia Nacional que va en la parrilla. Los uniformados arrancan y se van. El pescadero se siente obligado a dar explicaciones a sus clientes.

–Es que nosotros “ayudamos” al comando y si tenemos un problema, ellos nos echan una mano...

Pero el costo de esos kilos de pescado que el comerciante “regala” a los uniformados para usufructuar de ese especial trato o apoyo, serán ampliamente compensados cuando el pescadero saque sus cuentas y decida los nuevos precios de sus productos... Es decir, incidirán en el precio de venta al público y los clientes son los que terminan pagando los “regalos” hechos o exigidos por los funcionarios.

Y lo que es todavía peor, es que esos “costos adicionales” incidirán en una especie de matriz general, que determina los precios de los productos y de ese modo, aún los comerciantes que no sufren de esos matraqueos también nivelarán los precios o será la excusa para hacerlo, poniendo su granito de arena a la espiral inflacionaria que devora nuestros sueldos y salarios.

¿En cuánto incide ese costo de la menuda corrupción policial y de la GNB en los precios de venta al público? Imposible determinarlo sin mayores estudios en profundidad, pero sin duda, tanto de forma directa, como indirecta, tiene una incidencia.

Por diferentes vías, las arriba mencionadas y otras, el “menudeo de la corrupción” de los funcionarios policiales y Guardias Nacionales agrava la crítica situación de todos los venezolanos y venezolanas, con absoluta impunidad...