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Fernando Rodríguez

Los mentirosos

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La mentira es de esos conceptos de incidencia moral que aparentemente son susceptibles de una definición breve y clara, expresar otra cosa que la que se cree, pero que pueden complicarse copiosamente. Tratemos de evitarlo, solo queremos mostrar que este es un régimen que ha hecho de la mentira, más que ningún otro, un elemento fundamental de todos sus discursos.

Baste pensar en la altisonancia de Hugo Chávez, próceres bravíos, proclamas utópicas e hipérboles sobre la patria y sus grandezas y la realidad que esta escondía, llena de corrupción y sistemática destrucción de todos los bienes y valores, para tener una idea general de lo que decimos. Allí están las colas a toda hora y en todos lados para desmentir los delirios épicos y chovinistas del que se fue.

Pero nos interesa más, porque muestra fehacientemente y en hechos más elementales y tangibles la sistemática e incansable inmoralidad del régimen, apuntar a algunos casos que son tan flagrantes que cuesta entender su uso. Ni siquiera nos referimos a esa búsqueda impúdica de culpables para todos los desmanes y derrotas de los demoledores del país. Basta con atender a un plano más policial, los oscuros fondos. Allí la flagrancia de los embustes son constatables a simple vista y sin mayores argumentaciones.

Se anuncia un magnicidio en puertas, nada menos, una cosa muy grande como su nombre lo indica. Lo cual ha pasado decenas de veces en estos años oscuros. Se supone que todas las fuerzas policiales deberían avocarse con frenesí a esa causa suprema. Pues no, a los tres días ni siquiera la prensa gobiernera le dedica unas líneas, no hay la más mínima continuidad investigativa, por supuesto no aparece ningún culpable y el acusador, a otra cosa. Hasta la próxima, que vendrá, vendrá con la misma impudicia a cuestas.

O cualquier hecho de sangre notorio puede convertirse en un caso político que involucre a la “derecha” nacional o a los enemigos internacionales, ahora ubicados en los más diversos lugares del globo. No importa que la investigación demuestre fehacientemente que se trata de uno más de las decenas de miles de asesinatos de todos los años, incluso que se detenga a los criminales –activada excepcionalmente la policía inerte, cómplice u ocupada de defenderse a sí misma–, y quede claro el motivo: robos, pasiones y venganzas generalmente. Detrás de todo debe haber un invisible autor intelectual que puede ser un cráneo maléfico de algún pentágono o un dirigente opositor. “Ya tenemos pruebas que mostraremos en breve”. Las pruebas nunca aparecen y el tal cerebro oculto es olvidado o sustituido por el próximo. Esto se ha repetido centenares de veces, tantas que ya no recordamos sino muy pocas.

Es posible que asuntos de tan baja estofa sucedan un poco por doquier en este mundo. Lo que sí es un sello nacional muy marcado es que, en vez de que estas sucias tareas las realice algún policía o un líder segundón haciendo méritos, aquí las ejecuta el propio presidente o sus ministros, a veces a escasas horas del suceso, sin que medie indagación alguna y sin pensar siquiera en la llamada dignidad del cargo y se prefieran tranquilamente los supuestos efectos de la calumnia. Es seguro que entre estos esté el que cunda en la sociedad y atente contra sus formas elementales de cohesión. Una sociedad de mentirosos, pensaba Kant, es impensable. Una dosis alta de confiabilidad necesita toda congregación humana.

Puede que además de la generalización de un modelo arrabalero de hacer política algo explique también una caricaturesca supremacía “revolucionaria”. Los moralistas discuten legítimamente si es permisible mentir para preservar un valor mayor, la vida por ejemplo. Caso muy especial, y casi siempre patológico, el de aquellos que piensan que el fin, la revolución, justifica los medios, hasta los más canallas. “La verdad es siempre revolucionaria”, decía el bueno de Gramsci.

Sigan ustedes el caso lamentable del general asesinado recientemente, las acusaciones en curso del alto gobierno y los resultados que se obtendrán. No hay que ser vidente para clasificarlo en lo dicho.

Con esos señores, dicho sea de paso, es posible que haya hasta que dialogar.