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Elizabeth Fuentes

Lo mejor de lo peor

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Criticar a la Fosforito es tan fácil, tan de bombita la cosa, tan de poca importancia lo que diga y haga, que la ministra ha pasado a ser un target casi invisible para sus adversarios de tan sencillo que resulta dejarla en ridículo, situación de la cual ella misma se ocupa y bastante. Varela es apenas un titular pequeñito, escondido en la prensa diaria. Unos centímetros columnas botados por ahí, porque a nadie le interesa ni publicar ni leer lo que ella diga.

Pero en la más reciente e inverosímil competencia entre los voceros del gobierno por ver quién mete mejor la pata y más fuerte que el mismísimo Maduro, la señora Varela va ganando y de largo. Con decirles que dejó en segundo lugar al ministro de ¿qué?, Héctor Rodríguez…quien hace poco aseguró que a los miserables “no los iban a sacar de la pobreza para que se metieran a escuálidos”, sin considerar ni por un segundo no solo que el propio ministro Rodríguez salió de la pobreza sin que le parpadeara la ideología, sino que hasta el sol de hoy aun no ha explicado qué fue lo que pasó con la boloña de dólares que un grupo de corredores de carreras estafó en plena administración suya, falsificando su firma y dejándolo, en el mejor de los casos, como un indolente. Eso que llaman encarar la justicia por acción o por omisión. Medalla de plata, pues.

Dejó lejos también la Fosforito al ministro de Alimentación, quien hace poco protagonizó otro titular de comiquita: “Por qué se quejan de hacer cola para comprar comida y no para ir al cine”, lo que implica un desconocimiento mayúsculo de lo que está diciendo porque quienes se dan el lujo de ir al cine (porque está carísimo, señor ministro), no son exactamente las mismas señoras humildes que se levantan a las 4 de la mañana para plantarse hasta las 12 del mediodía frente a Mercal o Pdval. Gente pobre que a las 6 de la tarde -más o menos cuando los restaurantes de Las Mercedes se llenan de gobierneros pidiendo su whisky 25 años-, ya se están cayendo de sueño frente a la parada de autobús, ministro, y lo menos que puede hacer para adquirir las cuatro pendejadas caríiisimas que usted, Giordani, Ramírez y Merentes les permiten, es olvidarse de eso que llaman vida recreativa. O sea,  medalla de bronce.

Pero aun frente  a ellos, la Fosforito sigue mereciendo no solo medalla de oro, sino tremenda fanfarria, mi llave. Lean esto: según la ministra de no sé que cosa penitenciaria, el Yonny Eduardo Bolívar Jiménez que desde su Toyota 4Runner asesinó  a la joven embarazada Adriana Urquiola, nunca fue escolta de ella.

“No, no…ese tipo no fue escolta mío. Tengo entendido que trabajaba en una empresa de ascensores y vino a reparar los edificios Platinium y también vinieron a revisar los de Inverunion que se habían dañado”. Pero acto seguido –y es aquí cuando creo que llega de primera a la entrega de Medallas para la Metida de Pata-, la ministra asegura que conoce a Bolívar “tanto como puedo conocer a otro privado de libertad” pero que, según lo que ella recordaba, sus antecedentes policiales eran por estafa y no por secuestro y hurto. Es decir, que la ministra recuerda perfectamente que el susodicho malandro fue a reparar unos ascensores en los edificios Platinium e Inverunion, pero sobre el delito que cometió,  el asunto donde de verdad ella debería ocuparse e investigar, la memoria la traiciona. No recuerda si era un secuestrador o un estafador. No recuerda si salió en libertad por su invento de la Operación Cayapa o por un “beneficio procesal” firmado quién sabe por quién y porqué. Y tampoco recuerda, como sugieren fuentes cercanas a su ministerio y al Cicpc, si el asesino trabajó nada menos que como director de Inteligencia de su despacho.

Tremenda película habrían hecho con este caso Carlos Azpúrua o Román Chalbaud, que tantas injusticias denunciaron con el dinero del Estado durante los gobiernos de AD y Copei. Tremenda trama sobre como un malandro terminó trabajando en el ministerio que lo metió preso sin que las autoridades se enteraran y, para rebuscarse, salía de noche como free lance a dispararle a los adversarios de quien lo metió preso, o algo así.

Muérdeme aquí, podría titularse.