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Arnaldo Esté

La mejor inversión social es en educación

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Con gran satisfacción se ve que en el discurso político de todo el mundo, de gobernantes y aspirantes a serlo, además de investigadores e instituciones internacionales, se coloca cada vez más en primer plano la importancia de la educación. Y no ya como una simple condescendencia con una tradición genérica, sino como una convicción primaria.

A eso se agrega la discusión sobre su necesaria calidad. No solo de la educación como número de docentes planteles y equipamientos, sino como maneras y métodos que implican una profundización de la democracia y, con ello, el logro de valores y competencias.
La educación tiene fuerza generatriz, como una energía que va aguas abajo, en cuanto que mejora la condición de la persona y su vida social, ello se traduce en creatividad, productividad, seguridad, placer y disfrute.

Mejorar la calidad de la educación requiere otra función de los docentes, mucho más pedagógica y menos simplemente informativa o represiva. Cederle el papel principal a los estudiantes, aprender a silenciarse y a seguir lo que ocurre atendiendo inconveniencias y dificultades. Propiciando un ambiente de aprendizaje donde ocurran cosas. Presentando problemas que les sean pertinentes, intrigantes, en lo que insistimos en llamar interacción constructiva.

Así que los cambios de calidad son complejos y a mediano y largo plazo. No tienen el efectismo que reclaman las contiendas políticas. No son escénicas.

Estas fuertes exigencias para los educadores deben corresponderse con un incremento tanto del respeto que se les debe, como de las condiciones materiales de su vida.

Todo esto viene a cuento a propósito de las discusiones que se inician y se presentan propuestas de convenios para mejorar sus salarios y condiciones de trabajo, que mucho se han deteriorado en el curso de la crisis general  de nuestro país.


arnaldoeste@gmail.com | @perrolzao