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Beatriz de Majo

Al mejor estilo de Donald Trump

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Hay una razón poderosa para que los colombianos, en estas trágicas horas para Venezuela, todavía sigan traspasando ilegalmente la frontera que los trae de su país a Venezuela.

No es que de este lado del Arauca consiguen fácilmente trabajo, como fue la tónica durante décadas para buscar el empleo que no encontraban en su tierra, ni tampoco porque al ser pagados en bolívares conseguían ahorrar en moneda fuerte para un retiro cómodo en su propio suelo, como fue el caso tradicionalmente.

Tampoco vienen huyendo de la inseguridad de su país porque, aunque la guerrilla terrorista continúa azotando a los vecinos, al comparar sus niveles de criminalidad con los de esta sagrada tierra de Bolívar, Colombia más bien se asemeja al pacífico Vaticano.

Tampoco vienen a invertir sus churupos de este lado de la frontera, porque ya no existe actividad atractiva en nuestro país para los capitales y ahorros de los colombianos. En el pasado, así fue como centenares de pequeñas empresas de neogranadinos se montaron cerca y lejos de la línea que nos separa, animados por la capacidad de compra del venezolano y por la pujanza de un país que se expandía y acogía bien las iniciativas de los extranjeros.

Venezuela se llenó por años de colombianos trabajadores, dedicados, fenomenales artesanos, buenos técnicos y pudimos beneficiarnos de varias generaciones de individuos acostumbrados al esfuerzo y bien entrenados para disciplinas que el venezolano de la era petrolera no manejaba. Plomeros, albañiles, electricistas, talabarteros, zapateros, agricultores, queseros, y podría continuar….

Otro importante contingente de inmigrantes son aquellos atraídos por el fácil negocio de la droga en este lado de la frontera, sin hablar de los muchísimos delincuentes que ya saben que del Arauca para acá el imperio de la ley no existe y, por tanto, Venezuela es el refugio ideal para criminales, ladrones y guerrilleros que sí son perseguidos eficientemente en su lugar de origen.

Decía nuestro airado presidente la semana pasada que “entre enero y julio ingresaron a Venezuela 122.000 colombianos, lo que él estimaba ‘el éxodo más grande que se da en el campo migratorio en el mundo”. Estaba tan preocupado el mandatario nacional que mandó a su canciller a entrevistarse con su homóloga colombiana del ramo de asuntos exteriores para diseñar una “política superior” ya que: “También estamos llegando al punto límite que puede aguantar ese éxodo y esa migración masiva”.

Alguno del equipo de sabios que acompaña a Maduro debería explicarle lo que realmente pasa entre los dos países, para que, en lugar de desvelarse por la migración transfronteriza, se ocupe de otros problemas nacionales más acuciantes para la diaria vida de sus compatriotas.

Alguien podría hacerle ver al presidente, que son las protuberantes distorsiones cambiarias que tienen lugar bajo sus narices en este país las que animan a los colombianos de hoy a traspasar la frontera para adquirir a precios regalados y subsidiados los bienes que sus hogares consumen o para simplemente transarlos por decenas de veces su valor en el mercado colombiano. Un lucrativo negocio se está armando dentro de la binacionalidad para aprovecharse del desastre económico protagonizado por la revolución.

La cifra de 122.000 inmigrantes colombianos del primer semestre de este año, de la que Maduro ha hecho uso, no es un punto de referencia confiable, como ninguna de las otras variables que el gobierno se inventa para justificar sus actuaciones. Es buena, eso sí, para crear un ambiente de rechazo –a lo Donald  Trump– en contra de los vecinos.

Aun siendo correcta la cifra, debería ser una señal de alarma y al propio tiempo una buena razón para pensar en que al enderezar los entuertos económicos, de seguridad y de imperio de la ley en la revolucionaria Venezuela, este problema se resolvería de manera espontánea.

Alguien debería soplarle en la oreja que quizá así logre detener el flujo de “indeseados” colombianos hacia el país y, mejor que eso, podría conseguir que nuestros mejores profesionales y nuestros jóvenes compatriotas que han huido a refugiarse en la vecina y pujante tierra colombiana piensen en retornar al terruño que los vio nacer.