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Beatriz de Majo

El megapacto

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Un pacto de 400.000 millones de dólares, con muchas más implicaciones que lo meramente económico, acaba de ser rubricado entre históricos rivales: China y Rusia. A partir de 2018 Rusia aportará a China 38 billones de pies cúbicos de gas anualmente a través de un gasoducto binacional, uno de cuyos tramos será armado por el gobierno de Xi dentro de su territorio, mientras la administración de Putin hace lo propio con el trecho ruso.

Un acuerdo de esta naturaleza llevaba años masajeándose entre los dos países. Por ello, pretender que la alianza energética es la respuesta a las sanciones intentadas por Occidente en contra de Rusia por la anexión de Crimea es una visión equivocada, o al menos parcial. Este apretón de manos entre estos dos gigantes pudiera plantear importantes interrogantes en cuanto al equilibrio geopolítico del planeta.

En materia puramente económica, es claro que una provisión de gas ruso a China contribuirá a aliviar el desesperado anhelo de reducir su uso de carbón y a disminuir la carga de contaminación ambiental tan adversada por las otras grandes potencias. Para Rusia el acuerdo contribuye a diversificar su clientela y a no depender de Europa. Pero el megapacto involucra bastante más que colaboración energética.

Esta alianza, que se opone frontalmente al deseo de Estados Unidos de penalizar a Rusia a través de su aislamiento económico, constituye un flagrante movimiento antiamericano por parte de las autoridades chinas. Para Pekín no es imperativo hacerse de inmediato de un suministro de gas para uso doméstico, ya que en la hora actual, y aún por largo rato, China está bien surtida de esta fuente de energía. Lo que más bien se asoma en el acuerdo es el ánimo de darle sostén económico a Rusia, de subsidiarla y de desafiar de esta manera a la primera economía mundial.

Fortalecer al régimen de Putin, lo que parece ser el “leitmotiv” chino en el millonarísimo pacto, no es otra cosa que contribuir a disminuir la gravitación que Estados Unidos tiene como líder planetario, un objetivo que el dragón de Asia persigue desde tiempos inmemoriales y un desiderátum que Rusia acaricia desde la pérdida de su hegemonía en la Europa del Este.

Aquí, pues, se juntan dos voluntades para sacar partido ambas del debilitamiento de un tercero –Estados Unidos– y contribuir de esta manera a la instauración de un ambiente mundial con mayores rasgos de multipolaridad, y donde los americanos pierdan parte de la inmensa relevancia que aún mantienen en el concierto global.

Por ahora, ante el mundo, ambos países sienten estar ganando estatura y respeto. A Putin, el acuerdo le sirve para demostrar que con un socio del calibre de China, el aislamiento no se materializará. A China el acuerdo le sirve para mostrar solidaridades euro-asiáticas determinantes en las que Occidente no juega ningún papel y contrarrestan el peso global de Washington.   

No hay duda de que un acuerdo de esta naturaleza, como corolario de una negociación que lleva más de una década de esfuerzos, coloca a China y Rusia en un ambiente de cercanía sin precedentes. No pasará mucho tiempo antes de que estas dos naciones, engolosinadas con este éxito temprano, se animen a armar una cooperación en terrenos donde el desafío es más importante y más frontal hacia el gigante americano… como en el terreno militar.