• Caracas (Venezuela)

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El principal resultado de esta elección presidencial es tan obvio que casi sobra subrayarlo: hubo mayoría, pero no fue nueva, tampoco abrumadora, ni menos indicativa de un cambio radical.

El resultado es una paradoja: quien ganó (Bachelet) perdió; y quien perdió (Matthei) ganó.

Y es que la política no es una cuestión puramente aritmética, algo que se mide por los votos; es sobre todo una cuestión sociológica que se mide por las expectativas. No son los votos los que fijan el baremo del éxito o del fracaso, sino los anhelos.

Y nunca, desde que se recuperó la democracia, los anhelos de la izquierda fueron tan fervientes, las esperanzas de cambio tan radicales, la confianza tan ciega y tan rotunda.

Michelle Bachelet presumió ganar en primera vuelta y obtener una mayoría tan abrumadora (¡una nueva mayoría!) que ningún obstáculo parecía serlo de verdad: las bases de la modernización cambiarían de manera radical; la Constitución sería un papel en blanco sobre el que se podría escribir todo de nuevo; la realidad social quedaría entregada a los designios de una voluntad colectiva radicalmente nueva; los límites de lo posible se trasladarían un poco más lejos; este domingo principiarían a pellizcarse algunas de las reformas más radicales, la sombra de las culpas que arrastra la Concertación la disiparía, por fin, el sol del éxito arrollador.

Todos esos anhelos a los que la victoria en primera vuelta haría plausibles se han visto bruscamente frenados por la dura realidad de los votos.

Desde luego, la participación electoral fue relativamente baja (y a pesar de eso hubo segunda vuelta). Votaron menos de 7 millones de personas. ¿Cuál es el significado de esa abstención? Lo más probable es que esos casi 6 millones de personas que no se movieron de su casa no lo hayan hecho como una forma de protesta contra el sistema, sino que ello sea simplemente el fruto ordinario de la modernización: la épica del cambio radical no se acompasa bien con la rutina de la expansión del consumo, la individuación y el optimismo privado.

No se trata, pues, de una abstención neutral o indiferente al proceso político. Por el contrario, se trata de un silencio sociológicamente significativo. Esa masa de casi 6 millones de personas que no votaron es mucho más que la inercia de la flojera o el desinterés, es el resultado de un extendido proceso de modernización que ha modelado la vida de millones de personas que sienten, claro que sí, que hay que hacer cambios y promover reformas; pero que están muy lejos de la desmesura que muchos candidatos, azuzados por las cámaras, se dedicaron a cultivar como si Chile estuviera al borde de una epifanía casi final.

¿Tiene alguna posibilidad la derecha en la segunda vuelta? Numéricamente, ninguna. Ideológicamente, muchas.

Y es que la segunda vuelta será un debate acerca del sentido de la modernización de Chile y, paradójicamente, acerca de lo que se ha construido en los últimos veinte años. Si hasta hace poco los debates presidenciales eran acerca de la dictadura, esta vez lo serán acerca de los últimos veinte años.

Así, no es muy difícil imaginar un debate con los papeles cambiados: Matthei, defendiendo la modernización que empujaron los gobiernos de la Concertación, y Bachelet criticándola como el origen de todos los males.

En la segunda vuelta, no cabe duda, ganará Bachelet; pero el discurso que hasta ahora traía (o consentía se dijera en su nombre) se morigerará poco a poco. El temor de enajenarse el centro (especialmente esos 6 millones de personas que como un enigma mudo observan, sin haber votado, el proceso) privará de toda novedad a la mayoría que, así, no será, a pesar de los números, ni nueva ni aplastante.