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Rodolfo Izaguirre

El mayor enigma

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Dejando a un lado los pavorosos acantilados de la mente y del corazón, los enigmas acechan al ser humano desde tiempos inmemoriales. Algunos son patrimonio de la humanidad como el que planteaba a los viajeros la temible y monumental esfinge de Gizeh que tenía forma de león y cabeza humana y devoraba a los que no resolvían su acertijo. Se dice que se suicidó o fue muerta por Edipo cuando éste dio la respuesta correcta. Otro enigma famoso costó la vida a muchos pretendientes de Turandot hasta que el vencedor resultó ser él mismo el enigma mayor que arrasó con la crueldad de la princesa que odiaba a los hombres. La sonrisa de la Mona Lisa sigue siendo enigmática al igual que la belleza secreta e interior de Greta Garbo.

Los diccionarios se asemejan a los intelectuales venezolanos cuando se copian unos a otros porque todos ofrecen la misma definición de enigma: “dicho o conjunto de palabras de sentido artificiosamente encubierto para que sea difícil entenderlo o interpretarlo”. Y, por extensión, “lo que no se alcanza a comprender o que difícilmente puede entenderse o interpretarse”. ¡Es lo que nos concierne!

Son muchos los enigmas: la Atlántida, las pirámides, los años de ausencia de Jesucristo, las líneas de Nazca, las figuras geométricas que surgen durante las cosechas, el triángulo de las Bermudas, la peste del insomnio y la enfermedad del olvido que asolaron a Macondo; las mariposas amarillas que precedían a Mauricio Babilonia.

Lo contrario a un enigma es el actual gobierno venezolano penoso y disparatado. Nada hay en él que resulte difícil de entender o de interpretar puesto que son más que visibles la decrepitud de sus muros, las puertas desvencijadas y todo él enmohecido y vencido por la humedad de la ineficiencia y el desamparo. Un gobierno acosado por el desgobierno y la amenaza creciente de un vaho devastador que emerge de los cuarteles y convierte en zona de desastre áreas enteras en las que hasta entonces descansábamos en paz. Todo es claro: la desconfianza que inspiran los civiles, el terror que siente el régimen cada vez que se topa con algún estudiante desarmado, el encono que le merece quienes discrepan; la represión ejercida por militares que no vacilan en pisotear sus juramentos; la sumisión que envilece la justicia obligándola a mantenerse cegata ante el fortalecimiento del narcoestado que desintegra nuestra ética y protege a una autocracia que hace esfuerzos por confundir en un mismo culto de aberraciones a Simón Bolívar y al Comandante eterno, único culpable de la agonía, miseria y enclaustramiento del país venezolano. No hay enigma alguno en la persecución y asedios a la libertad de expresión, a la compra de diarios y emisoras; al ahogo a que ha sido condenado El Nacional. Los encarcelamientos y las presunciones de torturas. ¡No hay enigmas! El único y verdadero enigma es el que nos perturba a todos sin atinar ninguno de nosotros y mucho menos los más aventajados políticos europeos y continentales a producir una respuesta convincente a riesgo de ser devorados por el monstruo de Gizeh: ¿Cómo es que semejante desastre continúa allí, inamovible, festejándose a sí mismo en su arrogante y maloliente decrepitud? ¿Cómo es posible que todo un pueblo continúe soportando pasivamente indignidades y humillaciones? ¿Esperamos, tal vez, a un nuevo Edipo ciego y atormentado por el incesto que nos devuelva la seguridad y el sosiego que hemos perdido?

¿Cuánto durará este enigma!