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Nelson Rivera

Libros: Simone Weil

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La leyó y encontró allí la significación, la metáfora de la fuerza. A pesar de que su vida fue breve, Simone Weil (1909-1943) alcanzó a regresar a sus páginas muchas veces. La leyó y pensó que el centro de La Ilíada es la fuerza, “el más bello, el más puro de los espejos”. Lo que nos somete. Lo que es capaz de vencer al alma humana.

Un oscuro y contenido pálpito acecha en las páginas de su ensayo “La Ilíada o el poema de la fuerza” (La fuente griega, Editorial Trotta, 2005). Se siente su conmoción: y es que pensar la fuerza es pensar en lo que somete a los hombres. De Homero a nosotros, eso no ha cambiado: el sueño del progreso cae derrotado ante el uso de la fuerza.

La fuerza convierte a los seres en cosas. Devenida en poder sumario nos mata, nos lleva al punto de lo inerme. Escribe Weil: “Un hombre desarmado y desnudo contra el que se dirige un arma se convierte en cadáver antes de ser tocado”. No siempre la fuerza mata de inmediato. Esto quiere decir: no mata de inmediato. No todavía. Puede ser que mate o que tal vez no mate, pero queda ahí suspendida: tiene el poder de transformarnos en cosas a la espera de la muerte.

La imposición de la fuerza es fría como si fuese materia inerte. Nadie se salva de ella. Ni los héroes, a quienes el miedo tarde o temprano siempre alcanza. Aquiles, Héctor, Áyax: cada uno ha sentido el temblor del miedo en su cuerpo. La fuerza nunca considera que toda imposición sea transitoria. Quien ejerce el poder no alcanza a sospechar que el uso de la fuerza producirá nefastas consecuencias: le doblegará, se volverá contra él mismo como padecimiento.
 
Mucho antes que el Evangelio, ya La Ilíada había definido el precepto de Talión: “Ares es justo, y mata a los que matan”. Es imposible que no perezca, que no caiga abatido bajo una fuerza proporcional a la que ha empleado. Quien no limite el uso de su propia fuerza, ni reconozca su desproporcionada ventaja sobre los otros (la desconsideración del semejante), y deriva de ello que el destino le ha provisto de todos los derechos, cruza el umbral hacia su propia muerte: ha ignorado el precepto de su propia limitación, el reconocimiento de que toda fuerza solo puede ser empleada hasta un punto, el punto límite donde ella no mata.

Quiere todo, puesto que la tentación del exceso es irresistible. No escucha los llamados de lo razonable. Vivir sorda a las súplicas de las víctimas, tal es el talante de la fuerza. Embriagado, ajeno a la virtud del comedimiento, en el verdugo subyace una víctima. Lleva dentro una semilla escondida, la de su propia muerte. Porque al cruzar el límite en el uso de la fuerza, ha cristalizado su verdadera naturaleza, su doble necesidad de muerte: la de matar y la de morir.