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Ignacio Ávalos

La “marca” chavista en disputa (O el chavismo a la carta)

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I.

Como cabía esperar, la muerte del presidente Chávez ha comenzado a generar un deslave en las filas del oficialismo. Lógico: el liderazgo del caudillo no existe más. Hoy en día no hay manera de someter ni de silenciar las discrepancias internas (ni de controlar las agalla políticas). Y lo más grave es que no hay la cultura disponible para tramitar los conflictos conforme a reglas democráticas. Las únicas barajitas disponibles parecieran ser, en este sentido, la sanción, la descalificación, la censura, la purga y otras parecidas, ninguna buena, todas peores, parte del legado que le dejo a los suyos el líder fallecido. Es, en fin, la consecuencia de un liderazgo fuerte, por no decir asfixiante, que borró todo espacio para el desacuerdo respecto a su palabra sagrada e infalible, el resultado de un estilo de jefatura amamantado en el culto a la personalidad que permitió la coexistencia aparentemente tranquila de civiles y militares, boliburgueses y proletarios, exguerrilleros y conservadores de vieja data, con la condición única de que todos pagaran la factura, aunque fuera simbólica, de la lealtad incondicional.

 

II.

La crisis venezolana, en sus diversas vertientes todas graves, algunas gravísimas, ha sido la ocasión para que, una vez fallecido Chávez, comiencen a brotar las rupturas en las filas oficialistas. Sin duda lo más importante ha sido que, más o menos disimulada y clandestinamente, el debate ha empezado a tocar el modelo de desarrollo, vigente desde el año 1999, también herencia de Hugo Chávez. Si la crisis es imputable al modelo y si el modelo es viable son las preguntas planteadas. Y, en otro nivel, si a fin de encarar los graves problemas de nuestra sociedad, el gobierno chavista tendrá permiso político para tomar medidas no chavistas y si habrá que optar por la gobernabilidad económica antes que por el socialismo.

 

III.

El chavismo ha empezado, entonces, a desdoblarse en varias a formas a partir de sus distintos puntos de vista sobre el país, sobre sus dificultades y su futuro, los cuales se van decantando en una lucha por el poder. Se van conformando, así pues, distintas corrientes que solo tienen en común decir que son leales a Chávez, requisito que cumplen tanto los creyentes en la revolución bolivariana, como los llamados pragmáticos, los que miran  más bien por donde soplan los vientos actuales, los que no se comen el cuento de que China es un país comunista y calibran cuales son los caminos por los que puede transitar un proyecto viable que, si ha de tener fuertes rasgos capitalistas, pos ni modo, como dicen los mexicanos.  Pero, como dije, el telón de fondo lo constituye la lucha por el poder, barnizada, además por la pugna entre sectores civiles y  sectores militares.

 

IV.

Si la historia enseña algo, pudiera decirse que aflora entre nosotros el rostro un peronismo a la criolla, puesto de manifiesto en la aparición de tendencias disímiles entre sí desde el punto de vista ideológico, cada una atrincherada en la defensa de sus propios intereses, cada una reclamando su legítimo derecho a usar la “marca” chavista, sin pagar más regalías que las que comporta la devoción al líder supremo.  En otras palabras, se trata de una suerte de chavismo a la carta, según intereses y conveniencias de los que aspiran a obtener la “franquicia” política. 

Así las cosas, no es ilógico pensar que se inicia un cambio en las coordenadas de la política nacional, expresado en un reagrupamiento de las distintas fuerzas chavistas y también, claro, de las de la oposición y, como consecuencia de ello, del mapa que ha caracterizado la vida venezolana en los últimos tres lustros. Un escenario que, pareciera, tardara algún tiempo en cuajar. Mientas tanto habrá que convivir con la atomización política, los conflictos entre fracciones y el avance de la crisis social y económica, con el consecuente aumento de las protestas de la gente, no importa cuáles sean sus simpatías políticas, pues, ya se sabe, la inflación no pregunta esas cosas.  Tampoco la inseguridad.

 

V.

No descartemos dentro de este cuadro la posibilidad de que el gobierno opte por medidas inmediatas cada vez menos democráticas. El asedio a la libertad de expresión es harto evidente. También la reciente creación de las Brigadas Especiales contra las Actuaciones de los Grupos Generadores de Violencia, ideadas para coordinar las acciones de los órganos del Estado “contra las actuaciones de los grupos violentos”.  Como bien lo advierta Provea, se trata de establecer la primacía de la seguridad del Estado sobre los derechos ciudadanos.