• Caracas (Venezuela)

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Manuel Felipe Sierra

El 8-D

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Los resultados de las elecciones del 8-D no arrojaron mayores sorpresas. En buena medida, ellos se ajustaron a las tendencias que reflejaban los sondeos de opinión. El oficialismo obtuvo la mayoría en la votación nacional y también el control mayoritario de las alcaldías, aunque reflejó una caída en relación con procesos anteriores.

La unidad opositora ganó significativos espacios en los principales centros poblados, lo que le permitió el triunfo en ciudades, hasta ahora, bajo el dominio del chavismo; mientras que la abstención se mantuvo cerca de 50%, lo cual se corresponde con la experiencia universal en este tipo de elecciones.

Una lectura política de los comicios ofrece un dato importante en el sentido de que si bien persiste la polarización, esta tiende a disminuir abriendo paso a una corriente despolarizadora. La estrategia de la oposición de convertir la consulta en una suerte de referéndum o plebiscito, que apostaba por vincular las votaciones con los controvertidos números del 14 de abril en la elección presidencial, no cristalizó en las urnas. Se trató de un planteamiento que, además de subestimar las características propias de la escogencia municipal, sirvió para blindar el universo chavista ante el temor a una derrota sumamente costosa.

Suponer que una victoria opositora el pasado domingo podía significar el punto de inflexión para propuestas como la convocatoria a una constituyente o a mecanismos que implicaran un cambio de gobierno, resultó un clásico acto de voluntarismo. Ocurrió todo lo contrario: con las cifras del 8-D se relegitimó en cambio el mandato de Nicolás Maduro hasta ahora bajo sospecha, se tiende a “normalizar” un debate político caldeado al máximo en los últimos meses y, adicionalmente, se da un generoso “voto de confianza” al CNE, un organismo que con su actuación ha servido para facilitar victorias impulsadas por el más grosero ventajismo.

En el análisis habría que tomar en cuenta también una cantidad cercana al millón de votos de partidos y grupos opositores que no sufragaron por la tarjeta única de la MUD, además del hecho cierto de que 60% de la participación habría que dividirlo entre ambos sectores, lo cual daría para cada uno de ellos un promedio de 30% frente a 40% del electorado que no se sintió motivado por una fuerte campaña a favor el voto. Es decir, la mayoría del país apuntaría a una política contraria a la polarización que hasta ahora ha resultado favorable a los objetivos del régimen. Estos elementos marcarán el proceso político de los próximos meses y obligarán tanto al oficialismo como a la oposición, representada en la Mesa de la Unidad Democrática, a mayores reflexiones, autocríticas y variantes en sus respectivas estrategias, en función de futuros eventos electorales.