• Caracas (Venezuela)

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Edgar Cherubini

El manto de Dios

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Este símil lo utiliza el excanciller Helmut Kohl, cuando describe los súbitos acontecimientos que condujeron a la caída del Muro de Berlín en 1989: “Cuando el manto de Dios pasa por la historia, hay que saltar y agarrarse a él. Para eso tienen que darse tres requisitos: en primer lugar, hay que tener la visión de que se trata del manto de Dios. En segundo lugar, debe sentirse el momento histórico; y en tercer lugar, hay que saltar y querer agarrarse a él. Para esto no solo se requiere valor. Se trata más bien de valor e inteligencia” (Helmut Kohl, “El triunfo de la libertad”. El País, 08/11/2009).

En los últimos 15 años, el manto de Dios ha pasado en varias oportunidades por Venezuela, la última vez fue en 2013, en los días que siguieron al 14-A. ¿Falta de visión? ¿Falta de valor? ¿Falta de inteligencia? Son preguntas que hemos escuchado formular a muchos compatriotas y, sin duda, son muy complejas las respuestas. En relación con los acontecimientos del presente habría que tener la visión de si se trata del manto de Dios y si se cumplen los requisitos de los que habla Kohl.

 

Los límites de la repugnancia

Sobre esos días cruciales y las decisiones que tomó, Kohl señala: “No solo hace falta la voluntad, sino que se requiere de una constelación de personas y acontecimientos”. Kohl se refiere aquí a las alianzas locales e internacionales que en pocas horas logró establecer con otros líderes para poder cabalgar encima de la ola provocada por la reacción de libertad que comenzaba a manifestarse del otro lado del muro, en la Alemania del Este (RDA). Sin ningún liderazgo visible, hombres y mujeres comunes habían llegado a los límites de la repugnancia contra una doctrina que, bajo el concepto de la búsqueda del “hombre nuevo” y otras manipulaciones del comunismo, representaba la historia como un movimiento de fuerzas independientes de la iniciativa humana, donde el individuo debía sacrificar su presente y su vida en función de un gobierno dirigido por patanes corruptos, un sistema miserable cuyos dogmas había que obedecer aun siendo irracionales. El 9 de noviembre de 1989, una multitud incontenible se desborda y acaba a picotazos con 28 años de oprobio, un país separado en 2 mitades desgarradas, con su gente, sus familias, sus amigos, unos en una tierra de libertad y progreso, mientras otros recluidos en una cárcel gigante: la así llamada República Democrática Alemana, un país convertido en una carcasa de horror y vilezas, un Estado militarizado, un régimen policial y represivo que, basado en la coerción, la amenaza, el espionaje de la vida privada, los asesinatos y la tortura trató de doblegar y condicionar el comportamiento de millones de individuos que al final se rebelaron por su libertad y su dignidad.

 

Indignarse ante lo intolerable

Hoy nos encontramos con una reacción de indignación estudiantil y popular que ha sobrepasado los cálculos y estrategias de los partidos y organizaciones políticas opositoras, las que durante 15 años han convalidado una y otra vez la agenda electoral fraudulenta de un régimen sin escrúpulos que en cada campaña, a través de los voceros del Alto Mando Militar, ha anunciado públicamente no estar dispuesto a reconocer la victoria opositora ni entregar el poder. Una dictadura proyectada por el régimen comunista cubano que ha despojado y arruinado al país, sometiéndolo a una brutal represión. De allí que los políticos de la oposición necesitan desarrollar el sentido de lo factible, pero también el sentido que los haga percibir lo que es intolerable.

 

Sin unión no hay resistencia

Recordemos que cuando en 2010 Stéphane Hessel publicó el manifiesto “Indígnate” (Indignez-vous!) llamando a la “insurrección pacífica”, este hombre de 93 años, antiguo combatiente de la resistencia francesa, hizo un llamado a rescatar los valores por los que su generación luchó setenta años atrás, pidiendo revivir el Consejo Nacional de la Resistencia. Haciendo un poco de historia, en 1943 se reunió por primera vez en París esta organización clandestina, liderada por Jean Moulin, representante de De Gaulle en Francia durante la ocupación nazi. En ese encuentro participaron dirigentes de los partidos políticos, intelectuales, líderes estudiantiles, delegados de las confederaciones de obreros y trabajadores de la CFTC y de la CGT, con la intención de elaborar el incipiente borrador del pacto social con los conceptos democráticos y objetivos de Estado que regirían la futura Francia liberada.

Esto sucedió tres años después del histórico llamado a la Francia Libre o Francia Combatiente (France Combattante), realizado a través de la radio por De Gaulle el 18 de junio de 1940, para organizar las primeras redes de resistencia contra el ejército de ocupación nazi y el gobierno apátrida y colaboracionista de Petain. Los franceses combatientes, en apenas tres años, se convirtieron en un ejército anónimo en ciudades, pueblos, campos y bosques, llamado el ejército de las sombras.  “Allí participaron por igual intelectuales, periodistas, personal de museos, bomberos, vendedores de mercado, mecánicos, mesoneros, entre tantos otros que se convirtieron de un día para otro en personas de acción” (Agnès Humbert, La resistencia, editorial RBA, España, 2008). Gracias al Consejo Nacional de la Resistencia se comenzaron a ver los frutos de esa unión de intelectuales, militares, políticos, agricultores, amas de casa, obreros y gente común, que significó el germen de la reconquista de la libertad.

 

Desfibrilizar la política

El pensador Buckminster Fuller afirma: “No podrás cambiar las cosas luchando contra la realidad existente. Para cambiar algo, debes construir un nuevo modelo que haga obsoleto el modelo actual” (Anthology for the New Millennium, St. Martins Press, 2001). Aparte de las demandas urgentes de la hora actual, a los nuevos líderes que surjan de esta crisis les corresponde presentar al país un nuevo modelo, ya que el actual está agotado. Deberán cambiar a una sociedad estructurada sobre la renta petrolera y un sistema político y económico que secularmente ha servido para beneficiar a las élites que se asocian al gobierno de turno. Esa es una de las causas de la ruina en que se encuentra Venezuela. El chavismo, aparte de entregar la soberanía a terceros, lo que hizo fue borrar los límites entre Estado, gobierno y partido oficial, potenciando aún más el rentismo, la centralización y la corrupción. El ingreso petrolero durante los últimos decenios, cuarta y quinta república incluidas, no se reinvirtió en lograr un desarrollo sostenible para lograr la independencia económica, industrial y productiva, mucho menos para sentar las bases de una sociedad del conocimiento. Tampoco se utilizó para empoderar al ciudadano, para que este emprendiera su propio desarrollo individual, por el contrario, ha hipotecado el futuro del país y al que ha convertido en un paria del progreso humano. Eso es indignante e intolerable.

Los jóvenes deben luchar por rescatar la política que ha perdido su voz crítica de ideas, pues la tarea más urgente es la de ensamblar las individualidades alrededor de un concepto de país que lo posicione en el mundo del siglo XXI. Una sociedad que no se encuentre en este momento ensayando modelos alternativos para su futuro, en un franco proceso de reposicionamiento ante un entorno de incertidumbres y amenazas globales, será un país frágil o en vías de extinción. Esto será así, de seguir en manos de políticos y líderes ignorantes, incapaces de entender y gerenciar con eficacia a sociedades modernas que en este momento están tratando de sacudirse modelos obsoletos de economía y política. Nunca es tarde para abrir los ojos a las nuevas tendencias, para la reingeniería del pensamiento, para el reposicionamiento y la reconducción del país. Para eso es necesario que se unan las inteligencias y las voluntades de los que desean reconstruir el país, a través de una causa que conmueva y movilice permanentemente, que despierte la voluntad y unión de todos los ciudadanos. La verdadera lucha es por un cambio de paradigmas.

Hessel tenía razón, los líderes “no nacen, se hacen”. En Venezuela, los acontecimientos de los últimos meses han hecho surgir nuevos líderes, logrando renovar la esperanza en los jóvenes al reclamar su derecho de indignarse ante lo intolerable. Hay que observar con atención si el manto de Dios pasa por Venezuela, si es así habría que agarrarse a él y no soltarse.