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Otaviano Canuto

¿Qué es lo que mantiene retrasado al Brasil?

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Con frecuencia oímos decir que la economía de Brasil está estancada en la “trampa de la renta media.” Desde la crisis de la deuda del decenio de 1980, este país no ha reactivado la transformación estructural ni el crecimiento de la renta por habitante que había caracterizado los tres decenios anteriores, pero, con una combinación correcta de políticas, podría cambiar su suerte por fin.

La explicación prevaleciente según la cual Brasil no ha conseguido lograr la categoría de renta alta sitúa a este país en el grupo de las economías de renta media, todas las cuales trasladaron trabajadores no especializados de las profesiones con gran densidad de mano de obra a sectores de manufactura y servicios más modernos. Si bien esos nuevos empleos no requerían un perfeccionamiento de las aptitudes, empleaban mayores niveles de tecnología integrada, importada de países más ricos y adaptada a las condiciones locales. Junto con la urbanización, se intensificó así la productividad total de los factores, lo que propició un crecimiento del PIB mucho mayor de lo que se podría explicar por la ampliación de la mano de obra, del capital y de otros factores de producción, con lo que la economía ascendió hasta el grupo de renta media.

Avanzar hasta la fase siguiente del desarrollo económico es más difícil, como lo refleja el dato de que en 2008 sólo 13 de las 101 economías de renta media de 1960 había alcanzado la categoría de renta alta. Según la opinión predominante, el éxito depende de la capacidad de la economía para seguir aumentando la productividad total de los factores al hacer ascender la cadena de valor de la manufactura, los servicios o la agricultura hasta actividades con mayor valor añadido y que requieren tecnologías más complejas, un capital humano de mayor calidad y activos intangibles como las capacidades organizativas y de diseño.

En resumen, los países de renta media que aspiren a alcanzar la fase siguiente del desarrollo ya no pueden limitarse a importar o imitar las tecnologías o capacidades existentes; deben crear las suyas propias. Para ello hace falta un marco institucional sólido –incluidos, por ejemplo, un sistema educativo potente, mercados financieros bien desarrollados e infraestructuras avanzadas– que fomente la innovación y pueda apoyar cadenas de suministro complejas. Según esa lógica, la incapacidad de Brasil para seguir ascendiendo por la escala de la renta se debe a que no ha modificado su ambiente institucional.

Si bien esta evaluación en líneas generales es útil, no tiene en cuenta aspectos decisivos de la historia del Brasil, a saber, que el ascenso del país durante tres decenios hasta la categoría de renta media alta creó otras trampas del crecimiento. Una estrategia selectiva para abordar esos problemas es tan importante para la continuidad de su desarrollo como el imperativo basado en el valor añadido.

Lo bueno es que los dirigentes de Brasil parecen entenderlo cada vez mejor. De hecho, este país ya ha adoptado medidas para abordar la primera trampa del crecimiento: el legado de la inestabilidad macroeconómica en los decenios de 1970 y 1980. Si bien fueron necesarios más de dos decenios para abordar esa cuestión eficazmente, cuando en el de 1990 se aplicaron por fin la política y las reformas institucionales necesarias –y validadas después de un cambio de gobierno–, los “beneficios de la estabilización” resultantes contribuyeron a una breve y repentina aceleración del crecimiento a mediados del decenio de 2000.

Otro impedimento para el desarrollo de Brasil ha sido lo que podríamos llamar “trampa de la exclusión”. Si bien  la renta media por habitante lo sitúa entre los países de renta media alta, un porcentaje importante de la población ha permanecido empantanado en la pobreza, aun cuando el país ha obtenido posiciones mayores en algunas cadenas de valor mundiales, como, por ejemplo, la agricultura con gran densidad de tecnología, la perforación petrolera en alta mar y la industria aeronáutica. Como una educación insuficiente, unas condiciones de salud deficientes y una falta de formación en el empleo han impedido a una gran proporción de trabajadores aumentar su productividad, el crecimiento económico potencial del Brasil ha quedado comprometido.

Pero Brasil ha estado logrando también avances en ese sector. Pese  las bajas tasas de crecimiento medio, la renta del quintil inferior de la población creció más del seis por ciento anual en el decenio de 2000, gracias en gran medida a políticas sociales rentables. A condición de que el Gobierno siga aplicando una estrategia amplia de reducción de la pobreza –incluida una mejora del acceso a la atención de salud, los servicios financieros y la educación–, la productividad total debería mejorar en los próximos años.

Aun así, a Brasil le falta un gran trecho por recorrer. Para empezar, una inversión anémica en las infraestructuras tradicionales desde el decenio de 1980 ha llegado a ser una rémora cada vez mayor para la productividad total de los factores, lo que ha contribuido al desperdicio y la ineficiencia en los sistemas de producción existentes. Se podría abordarlo perfeccionando la división del trabajo en la inversión en infraestructuras y su gestión entre los sectores público y privado, con el fin de fortalecer este último.

Naturalmente, Brasil debe abordar también la cuestión del valor añadido que afecta a todas las economías de renta media, lo que entraña la necesidad de mejorar el ambiente de funcionamiento del sector privado. Así las cosas, rasgos fundamentales de dicho ambiente –entre ellos, las muchas horas de trabajo necesarias para el pago de impuestos y procedimientos burocráticos engorrosos– hacen que el costo de hacer negocios en el Brasil resulte incompatible con las cadenas de producción complejas, al tiempo que socavan la productividad al desperdiciar los recursos materiales y humanos.

Por último, para apoyar las mejoras en la prestación de los servicios, Brasil debe emprender un examen amplio de los gastos públicos. Un gasto público mayor que el necesario para financiar las funciones básicas del Estado representa una proporción importante de su PIB. La reducción del gasto que no vaya encaminado a eliminar las trampas del crecimiento en materia de exclusión e infraestructuras permitiría al Gobierno aumentar la inversión en los sectores que más la necesitan o reducir la carga impositiva al sector privado.

Brasil está en buenas condiciones para escapar de la trampa de la renta media. Corresponde a sus dirigentes aprovechar al máximo esa oportunidad.